Tamboril, su río y su poeta
Evocación bucólica y memoria ambiental en los versos de Tomás Hernández Franco
«De golpe vi un lomo de agua parda que rodaba sobre el río y se lanzaba rugiendo en la que
Parecía plácida superficie; lo vi avanzar, descender y tornar a levantarse; lo vi hirviendo, arrojando espumas rojizas; rascar con furia las márgenes; lo vi agitarse, sacudirse, encresparse como una persona poseída de un frenesí… Yo estaba asustado, lo confieso. Veía salir el agua del recodo y la veía adueñarse del lugar. Pensaba en la noche anterior, tan dulce, tan hechicera, y pensaba también en los campesinos a quienes la inundación arrebataría cerdos y reses y arrojaría de sus casas…”
Juan Bosch - (“El río y su enemigo”) -
En más de un ensayo hemos destacado el entrañable amor que siempre sintió el poeta Tomás Hernández Franco por su pueblo natal: Tamboril. Amor que se resume en su muy famosa y afectiva confesión: “Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centro América y en Santiago”
Y en uno de esos ensayos, Presencia de Tamboril en las obras de Tomás Hernández Franco, publicado en el suplemento “Coloquio”, del periódico “El Siglo” (20-5-1989), apuntábamos que el Tamboril en que nació, creció y vivió Hernández Franco «Se trataba de un Tamboril con un escaso desarrollo urbanístico o poblacional, constituido por una sola calle, habitado por un reducido número de moradores, rodeado de árboles gigantescos y bañado por las mansas aguas del río Licey». Y en el párrafo siguiente ampliamos la idea al sostener que:
«El Tamboril de Hernández Franco era, en tal virtud, un Tamboril pequeño y casi despoblado, libre de los ruidos impertinentes que los tiempos modernos con su progreso electrónico y tecnológico se han encargado de sembrar en el seno de este municipio. Era un Tamboril pacífico, tranquilo y silencioso. Era una aldea o, si se quiere, era una ciudad rural. Y en ese mundo casi campestre, en un hermoso y amplio patio, a escasos metros de la iglesia católica, entre robles y platanales, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes y muy próximo a la ribera del ya mencionado arroyo Licey, estaba ubicada la casa donde residió junto a su familia el poeta tamborileño, autor de “Yelidá…»
De ahí la presencia recurrente del otrora manso río en los versos y en los cuentos de Tomás H. Franco, como bien se aprecia en muchos de los sonetos insertos en el apartado que lleva por título “En la calma aldeana” de su libro Rezos Bohemios (1921):
«Es muy puro el encanto de esta noche de luna,
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata,
y un arroyo murmura, como un canto de cuna,
monorrítmicamente su perenne sonata…»
(Media noche)
«… Florece en mí el fastidio que me infunde lo igual,
todo es igual, lo mismo… el arroyo que ríe…,
el viento que murmura por entre el robledal».
(Tristeza del domingo)
«¿… Te acuerda del arroyo que siempre gluglutea,
cual si contase un cuento pasional a la aldea,
envuelto en el misterio de un divino secreto…?
(La aldea está triste)
Pero no sólo en los versos. La presencia de ese río cantarín, risueño y murmurador también podemos apreciarla en la obra narrativa del celebrado bardo tamborileño. Y muy particularmente en su último libro de cuentos publicado: Cibao (1951) y, como parte de este, en el cuento “Mingo”:
«Así, sin ninguna otra fórmula, quedó el muchachito incorporado a nuestra vida, a la casa, al corral, al potrero, al platanal, a la pocilga, al arroyo…» (p.36)
«Mingo nos enseñó muchas cosas admirables. Sabía agarrar a los pollitos sin que se alarmaran las gallinas, jugar con los terneros sin que se enfurecieran las vacas… meter las manos debajo de las piedras del arroyo y sacar camarones y jaibas… (p.38) … Nada ni nadie podía enojarse contra aquella manera de tener los ojos abiertos y sonreír, ni jaiba del arroyo …, Algo así como si el río, la nube, el viento … se hubieran puesto todos de acuerdo …» (p.38)
Ese río que tan presente estuvo en los versos y en el mundo existencial del poeta, ya no es tan “risueño”, “murmurador”, “cantarín” y “glugluteador” como antes. El Licey de ahora es un río que cada cierto tiempo reclama su espacio humanamente arrebatado y, por ende, cuando la lluvia arremete con su furia impetuosa, se ha convertido en un ente rabioso, violento ,destructor y causante de que en Tamboril, en décadas recién pasadas, cientos de personas hayan sido víctimas de sus devastadores efectos y sumidas en una dramática condición de damnificadas, por lo que manos protectoras han debido intervenir para reponerles sus viviendas o parte de los bienes que el histórico arroyo les destruyó.