La cigua palmera se amuralla
Cuando la naturaleza decide habitar entre escombros metálicos
En Arroyo Hondo, donde la ciudad todavía intenta recordar que fue verde, una cigua palmera ha tejido su nido con alambre. Es un dato curioso y una metáfora que conmueve en ese punto preciso de la geografía, donde lo urbano roza —y a veces hiere— lo natural.
Allí, en ese patio sacudido por la caída de una penca, la cigua, nuestra ave nacional, hizo lo que sabe hacer: construir. No con la pureza intacta de las fibras del campo, sino con los restos que deja la explosión urbana: hilos metálicos, fragmentos duros, vestigios de obra. Su nido, amurallado, es refugio y adaptación llevados al límite.
Hay algo profundamente dominicano en esa escena. La cigua, emblema discreto de nuestra identidad, se adapta. No se lamenta por la pérdida del entorno original sino que reinterpreta. Bajo el mismo sol que seca sus plumas, convierte el metal en abrigo permanente.
Arroyo Hondo deja de ser entonces un simple lugar del mapa para volverse símbolo. Un país que crece, a veces sin mirar atrás, y una naturaleza que negocia su permanencia. ¿Aprendemos de la cigua? Tal vez en entender que resistir no es endurecerse, sino saber tejer con lo disponible. Incluso cuando lo disponible —como el alambre— parece negarnos la ternura de la naturaleza.