Cuando grabar importa más que salvar

Crónica de una tragedia convertida en contenido

Hay escenas que dicen más que cualquier discurso. La del viernes, en Santiago, es una de ellas: un hombre herido, desangrándose en la acera, rogando: “¡Ay, no me dejen morir!”, mientras a su alrededor no había manos, sino, cámaras.

Deivy Abreu Quezada, de 40 años, no solo enfrentaba una herida grave. También estaba rodeado de curiosos que lo “entrevistaban”, como si la urgencia fuera el relato y no la vida. Alguien mencionó llamar al 9-1-1. Fue al final. Demasiado tarde.

Algo se ha invertido. Primero se graba; luego, si queda espacio, se ayuda. El impulso ya no es socorrer, sino, registrar. Como si la validación digital pesara más que la sangre que se escapa.

No es la tecnología el problema. Los teléfonos han servido para denunciar y exigir justicia. Pero lo de Santiago no fue denuncia. Fue espectáculo. Y ahí está la línea que no deberíamos cruzar.

Entre grabar y salvar hay una diferencia esencial: una acción convierte al otro en contenido; la otra lo reconoce como persona.

Ni siquiera hacía falta heroísmo. Bastaba presión sobre la herida, una llamada inmediata, algo de sentido común. Pero nadie llegó a tiempo.

Y entonces queda la pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de ser comunidad para actuar como audiencia?

Ese viernes, alguien necesitaba manos. Y recibió cámaras.

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