Preferible otra reacción

El riesgo de la crítica automática en la gestión pública

Descontar de antemano los cambios que ejecuta el gobierno del presidente Abinader es una forma desaprensiva de crítica, venga de donde venga. Supone negar, sin examen previo, la posibilidad misma de mejora, como si toda renovación estuviera condenada al fracaso por el solo hecho de provenir del poder. Esa actitud, más que vigilancia democrática, revela pereza intelectual y una inclinación cómoda al escepticismo automático.

La crítica cumple una función indispensable en una sociedad abierta, pero pierde legitimidad cuando se ejerce como reflejo, no como razonamiento. Descalificar antes de evaluar no fortalece la democracia: la empobrece. Convierte el debate público en un intercambio de prejuicios y reduce la discusión política a consignas repetidas, incapaces de generar valor colectivo.

Un aporte más positivo —y más exigente— consiste en señalar con claridad qué políticas, qué prácticas o qué innovaciones deberían implementar los nuevos funcionarios para lograr mayor eficiencia y mayor beneficio social. Eso obliga a pensar, a conocer el funcionamiento del Estado, a proponer alternativas viables. Criticar así implica asumir responsabilidad cívica.

Gobernar es, en buena medida, un ejercicio de corrección y ajuste. No todo cambio es acierto, pero tampoco todo acierto nace perfecto. La sociedad gana más cuando observa con rigor, exige con argumentos y juzga con datos.

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