Un bulo contemporáneo

El tráfico de órganos como una fiebre de desinformación recurrente

Cada cierto tiempo, como una fiebre que reaparece, vuelve a circular el rumor del supuesto tráfico de órganos. Cambia el país, cambia el contexto, pero el relato es siempre el mismo: una amenaza invisible, una conspiración tan vasta como inverosímil, una explicación cómoda para angustias reales, como la desaparición de niños o el miedo difuso a un mundo que no siempre comprendemos.

La idea de un tráfico clandestino de órganos, operando al margen de los sistemas sanitarios, pertenece más al territorio del mito urbano que al de la medicina. Un trasplante no es un acto improvisado ni una cirugía de esquina. Requiere compatibilidades complejas, equipos altamente especializados, infraestructura hospitalaria, bancos de tejidos, controles cruzados, trazabilidad clínica y protocolos estrictos. Nada de eso puede ocultarse en la trastienda de una organización criminal sin dejar un rastro inmediato y escandaloso.

La medicina moderna, precisamente por respeto a donantes y receptores, ha construido un sistema de controles que hace prácticamente imposible un mercado secreto de esta naturaleza.

Creer en estas historias es errar en el diagnóstico y distraer la atención de los problemas reales. Desechemos los temores infundados. Una sociedad madura no se gobierna por rumores, sino por hechos. Los hechos, en este caso, son tercamente prosaicos.

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