El analfabetismo bajo las narices del Estado
El peligro de administrar la precariedad en lugar de reducirla
Sin duda, es una mala señal y no solo por el dato en sí, sino porque revela una falla de coherencia del Estado consigo mismo. El Siuben registra a los hogares más pobres y vulnerables del país, los mismos que deberían estar bajo la mirada constante de la política social. Es decir, este no es un universo invisible: está identificado, georreferenciado y monitoreado. Por eso resulta tan preocupante que, dentro de esa población prioritaria, el analfabetismo no disminuya, sino que crezca.
La alfabetización es un requisito mínimo de ciudadanía. Sin lectura y escritura no hay acceso real al empleo formal, ni a servicios públicos, ni a información confiable, ni a formación técnica, ni siquiera a los mecanismos básicos de defensa frente a abusos. Quien no puede leer, queda condenado a depender de otros, y esa dependencia perpetúa la pobreza.
Si la política social se limita a transferir dinero sin asegurar capacidades elementales, termina funcionando como una red que sostiene sin impulsar. Si el Estado protege sin emancipar, administra la precariedad en lugar de reducirla.
Este deterioro debe encender alarmas inmediatas. Hay que actuar con urgencia: alfabetización de adultos, seguimiento comunitario y coordinación efectiva entre educación y protección social. Prohibido resignarse a que la vulnerabilidad sea hereditaria.