El orden que el Estado abandonó
El caos de las motocicletas como reflejo de la impunidad estatal
El desorden de los motociclistas es, en gran medida, el resultado de una permisividad prolongada. Durante años, las autoridades han tolerado e ignorado prácticas que hoy forman parte del paisaje urbano: circular sin carné de conducir, saltarse semáforos en rojo, invadir elevados o transitar en sentido contrario.
No se trata de casos aislados, sino de una conducta extendida que evidencia la ausencia de control. Ahí radica el problema de fondo. El Estado ha fallado en su obligación primordial de imponer el orden y hacer cumplir las normas.
Cuando la infracción no tiene consecuencias, deja de ser excepción y se convierte en regla. Lo que hoy se percibe como “desorden” es, en realidad, la consolidación de una cultura de impunidad que ha sido alimentada desde la inacción.
No es justo, por supuesto, generalizar. Muchos motociclistas cumplen las reglas y trabajan dignamente. Pero el sistema, tal como está, premia al que las viola y castiga al que las respeta.
Las declaraciones oficiales llamando a poner fin al caos resultan insuficientes si no van acompañadas de medidas sostenidas y visibles. Faltan fiscalización real, sanciones efectivas y control permanente en las vías.
Mientras el Estado se haga el ciego, no tiene sentido sorprenderse de que los motociclistas se comporten como chivos sin ley.