La paradoja del pequeño
Las consecuencias de la guerra del Golfo apenas comienzan a sentirse
Las consecuencias de la guerra del Golfo apenas comienzan a sentirse. No disparamos un solo proyectil, no firmamos tratado alguno, no asistimos a negociaciones, y, sin embargo, pagamos, con la misma puntualidad que los beligerantes, la factura de una guerra ajena.
El Banco Central proyecta un costo adicional de US$900 mm en la factura energética de este año, mientras la inflación superará el 5 % entre el segundo y el tercer trimestre, su mayor pico precisamente en estos meses. A ello se suman menos inversiones, menor crecimiento y una incertidumbre que se cuela en cada decisión, desde la canasta familiar hasta la planificación empresarial.
Esa es la paradoja de los pequeños: no eligen sus guerras, pero heredan sus costos. Las grandes potencias negocian armisticios y reparten responsabilidades; los países periféricos solo reciben las cuentas, sin haber sido consultados ni compensados.
Poco cabe hacer salvo lo de siempre: administrar con prudencia lo que no controlamos, fortalecer lo que sí depende de nosotros y aprender, una vez más, la lección de la paciencia de Job. Quizás esa sea, al final, la única ganancia posible de este episodio: recordar que la causa ajena nunca es garantía de la propia, y que la mejor defensa de un país pequeño sigue siendo la prudencia con que administra su propia casa.
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