La dolorosa bancarrota cubana
La brecha entre el afecto histórico de los pueblos y la postura del gobierno de Cuba
La bancarrota de Cuba también alcanza su imagen, cada vez más difícil de separar de las prácticas de un sistema que durante décadas ha confundido control con autoridad y vigilancia con lealtad.
La actuación de agentes cubanos acosando a sus propios deportistas durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe, para impedir que abandonaran la delegación y permanecieran aquí, ofrece una estampa insuperable. Un Estado que necesita perseguir a sus ciudadanos para evitar que escapen termina formulando, sin proponérselo, el más demoledor juicio sobre sí mismo.
El episodio adquiere mayor significado después de la decisión dominicana de exigir el retiro de nueve diplomáticos cubanos. Resulta revelador que a pocos sorprenda la medida y que muchos la consideren perfectamente plausible. Esa percepción constituye otra derrota para La Habana.
Durante décadas, la revolución pudo atribuir buena parte de sus males al embargo estadounidense y convertir la resistencia en argumento político. Ahora resulta más inexplicable por qué tantos cubanos quieren marcharse o por qué sus deportistas deben ser vigilados cuando salen al extranjero.
Cuba y República Dominicana comparten historia, geografía, cultura y afectos que ninguna coyuntura debería borrar. Precisamente por eso conviene distinguir al pueblo cubano del régimen que lo gobierna. Los lazos históricos merecen cultivarse. Pero jamás pueden convertirse en un velo para ocultar la realidad.
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