Cosas de aquí

El dominicano se vive quejando por todo, menos por las cosas que le interesan. El grito se escucha en el cielo cada vez que le suben un peso a la gasolina, pero paga miles de pesos por la entrada a shows que valen mucho menos.

Se podría decir casi como regla, que protesta por aquellos asuntos que sabe que no puede arreglar, como un desahogo que no pasará de ser palabras al viento. Sin embargo, no toma acciones contundentes con lo que califica de abusos en contra suya.

Al mismo tiempo, el dominicano se niega a cambiar de hábitos. Por ejemplo, sigue consultando con los mismos médicos que lo insultan no aceptando su seguro médico y, además, paga sumas altas por consulta. Todos critican la situación de los hospitales, pero nadie le mete el diente al abuso en los consultorios privados.

Cuando se observan esas conductas, se explica por qué las autoridades no hacen mucho caso a las protestas, y dejan pasar el libertinaje en los medios de comunicación.

Los insultos no tumban gobierno, parecen decir.