El presupuesto y los peligros del Leviatán
El leviatán es un monstruo marino de siete cabezas que viniendo de la mitología ha permeado su presencia en la literatura política y económica, desde la obra clásica de Hobbes que lleva ese nombre hasta los "Límites de la Libertad", del premio Nobel de Economía James Buchanan. En el presente, el leviatán es sinónimo del gigantismo estatal: un Estado hipertrofiado por una intervención en la economía desordenada, improvisada y carente de una articulación a la lógica que subyace en la toma de decisiones de los agentes económicos.
Pero la lógica económica para un individuo común y corriente no es necesariamente la lógica que guía la acción de los individuos en el campo político. Destacados economistas, como en el caso del modelo Stigler/Peltzman, consideran que los políticos, en sentido general, tienen una función objetivo diferente a la del resto de los mortales. En lugar de la neoclásica función de maximización de beneficios, ellos persiguen la maximización del apoyo político, asumiendo que el poder político se gana y se pierde mediante la decisión libre y mayoritaria de los votantes, independientemente de que haya reelección o no.
El problema es que la ecuación de beneficio político basada en el voto pudiera introducir distorsiones importantes en la toma de decisiones vinculadas con las políticas públicas, creando un sesgo a favor del corto plazo y, por lo tanto, perjudicando el balance inter generacional que debe tener toda decisión de política, en el marco de la continuidad del Estado. Es sumamente difícil, desde esta óptica, abordar los problemas con soluciones más eficientes, cuando los resultados podrían ser apreciados, posiblemente, después de concluido un mandato presidencial. El inmediatismo y la urgencia política son enemigos de soluciones de largo plazo. Y esto se refleja, lamentablemente, en una agudización de los ciclos económicos.
Al observar los detalles que se han dado a conocer a la opinión pública, nos llama la atención que en el presupuesto del 2014 se mantienen algunas tendencias que mueven a preocupación, considerando, justamente, ese aspecto inter generacional. En el caso particular del endeudamiento público, se mantiene la tendencia de incrementarse año tras año. Desde el año dos mil hasta la fecha, la deuda del sector público no financiero se ha sextuplicado, superando en agosto los US$21,000 millones de dólares, incluyendo cerca de US$3,500 millones de Petrocaribe, los que según un ex ministro del área económica fueron dedicados, casi en su totalidad, a cubrir el subsidio eléctrico. Es decir que las futuras generaciones tendrán que asumir el subsidio a nuestro consumo presente de electricidad. Adicionalmente, en el 2014 se contempla, de acuerdo con datos publicados por la prensa, un endeudamiento neto por unos USD1, 800 millones, para lo cual el gobierno tendrá que recibir desembolsos de deuda por un monto superior a los US$4,000 millones.
En el contexto de una función de maximización del voto, el endeudamiento encaja perfectamente, pues pospone las decisiones que en el corto plazo pudieran tener un alto costo político. Es el camino más corto para los actores políticos, pero el más largo y problemático para la economía de los individuos y de las empresas. Primero, porque los gobiernos no pueden endeudarse indefinidamente; y segundo, porque, casi inevitablemente, nuevas cargas impositivas surgirán como necesarias. Cuando los tomadores de decisiones públicas no mantienen un control estricto del endeudamiento, es la propia realidad que a través de las denominadas crisis de la deuda resuelve el problema.
Un endeudamiento creciente plantea el reiterado tema de la sostenibilidad. Una regla simple para determinar si un nuevo endeudamiento agrega insostenibilidad es la relación entre su tasa de interés real y la tasa real de crecimiento del PIB. Si dicha tasa es superior (dado un nivel determinado balance primario) al crecimiento real de la economía, entonces la nueva deuda gravitaría negativamente sobre la sostenibilidad. En el caso de la emisión de títulos públicos con altas tasas de interés es evidente que han estado agregando insostenibilidad de la deuda pública. De hecho, la capacidad de endeudamiento del Estado, tomando como medida la capacidad de pago, se encuentra agotada, si observamos que alrededor del 40% de los ingresos tributarios tiene que ser dedicado al servicio de la deuda pública. Más grave aún, si incluimos el subsidio a la CDEEE, aproximadamente el 50% de los ingresos tributarios serán consumidos, en el 2014, por esas dos partidas.
Igualmente preocupante es la evolución que muestran el gasto corriente y el de capital. En el año 2000 por cada peso ejecutado como gasto de capital se gastaban RD$2.47 en gasto corriente; en el 2005 esta relación subió a 2.83, y en el 2010 a 3.44. En la presente ejecución presupuestaria, con datos al mes de julio, se tiene que dicho ratio se deterioró aun más, pues alcanzó un valor de 5.84, al verificarse un gasto corriente acumulado de RD$203,564.7, en un contraste muy marcado con los RD$34,851.8 en gasto de capital.
En realidad, la dinámica presupuestaria está transitando por una ruta que de no ajustarse en el corto plazo pudiera desembocar en un nivel tal de insostenibilidad que obligaría al gobierno a una nueva reforma tributaria, con todas sus implicaciones negativas para la economía. El déficit fiscal planeado de 2.8% del PIB para el 2014, igual al planeado en el 2013, significa que en el presente ejercicio presupuestario no se podrá cumplir con esa meta.
Agregarle cerca de un 15% al tamaño del presupuesto vigente para que en el 2014 el gasto público sobrepase los RD$600 mil millones no luce una decisión apropiada en las actuales circunstancias. Se le debe poner un freno al crecimiento del leviatán, o prepararnos para las consecuencias.
@pedrosilver31