En directo-Mi más preciada providencia

Parecería que 'agradecer' es una acción simple que no entraña ninguna dificultad. Sin embargo, la historia de la Humanidad, antes y después de Cristo, está llena de malagradecidos.

Ahora que estamos en Semana Santa, no puedo arrancarme esto del pecho. Jesús terminó cosido a palos, torturado, crucificado por un grupo de sus contemporáneos. Por un puñado de gente que no supo dar valor, que no supo a-gra-de-cer-le la sabia visión, el ejemplo tan valioso como sus palabras, su sobrenatural entereza. Jesús fue brutalmente asesinado por una claque de malagradecidos. Y, al margen de que fuera su destino, Dios ha de haber sentido una violenta dentellada al ver que fueron tantos los dispuestos a ejecutarlo.

El domingo fue mi concierto. El concierto en que mis amigos, Marel Alemany, Sergio Vargas, Pablo Milanés, José Antonio Rodríguez celebraron públicamente, libre de costo, lo que tengo caminado en política. Y a-gra-de-cie-ron que lo haya caminado bien.

Ningún buen amigo, como lo son ellos, te ríe las vagabunderías. Y ninguna militancia dura, como es la de mi Circunscripción No. 1, te tolera las vagabunderías. Y un público con buen gusto, sensibilidad e inteligencia, como el que me acompañó allí, sólo da valor a lo que verdaderamente lo tiene.

Por eso, al terminar el Concierto, todos y todas se acercaban a manifestarme su agradecimiento por el beneficio recibido: un excepcional concierto de más de dos horas de riguroso trabajo, dedicación, amor y esmero por parte de los músicos y del equipo "behind the scene". Confieso que mientras más gracias yo recibía, más a salvo me sentía de estar rodeada de malagradecidos. Pensé en Jesús de Nazaret, en mi mamá y mis tías, en mi padre, en Orlando Martínez, en tantos otros y otras que no recibieron el auxilio, el perdón, el indulto divino de contar con contemporáneos dispuestos a darle valor a aquello que, al margen de credos políticos y religiosos, lo tenía.

Y confieso que para mí, que lo disfruté, bailé y canté como cualquier mortal, ése fue mi gran regalo, mi gran bendición: descubrir que así como yo me sentía en la libre determinación de a-gra-de-cer, los que me acompañaban me premiaron exhibiendo una reverenda acción de gracias. Me recompensaron conjugando conmigo el verbo agradecer en primera persona.

Sin dudas, en Semana Santa y siempre, haber formado parte de esto es, y será para mí mi más preciada providencia. Gracias.