Un mundo sin árbitro: cuando el orden deja de ordenar

Cuando los valores se invocan pero no ordenan

Portada de The Economist, 8 de enero de 2026. (The Economist)

Las grandes crisis internacionales suelen leerse desde el lenguaje de los valores.

No siempre, sin embargo, se resuelven en ese plano.

The Economist publicó recientemente, en su editorial de portada, el texto “In Donald Trump’s world, the strong take what they can” (“En el mundo de Donald Trump, los fuertes toman lo que pueden”). En él acierta en algo esencial: el viejo orden —resoluciones de la ONU, derecho internacional y valores universales— ya no organiza plenamente la conducta de las grandes potencias. No está siendo violado. Está siendo dejado atrás.

Ese orden ya estaba erosionado en Ucrania, cuando el principio de soberanía fue subordinado, en la práctica, a la lógica de las esferas de influencia.

Fue relativizado en Gaza, donde el lenguaje de los derechos universales se volvió selectivo, condicionado y asimétrico.

Y ahora se rompe explícitamente en el hemisferio occidental, no por accidente, sino por decisión.

Lo relevante no es un episodio aislado, sino el patrón: las reglas dejaron de producir obediencia. El sistema internacional siguió existiendo formalmente, pero perdió capacidad real de ordenar conductas, incluso para quienes lo diseñaron y sostuvieron durante décadas.

Trump no inaugura ese colapso: lo declara muerto y actúa en consecuencia.

Conviene precisarlo, porque no es una idea nueva: Trump no es la causa; es la consecuencia. La consecuencia de un orden que llevaba años perdiendo autoridad, de instituciones que dejaron de generar obediencia y de un lenguaje moral que ya no bastaba para organizar el poder. No es una anomalía del sistema; es un síntoma de su agotamiento.

Este escenario no es producto de una sola decisión ni de un solo país. Es el resultado de años de tensiones acumuladas, fracasos compartidos y de un sistema internacional que dejó de producir autoridad incluso para quienes lo construyeron. Buscar culpables individuales es más cómodo; entender el agotamiento estructural es más exigente.

Venezuela se ha convertido en el escenario hemisférico donde ese nuevo mundo se expresa sin matices. La captura de Nicolás Maduro —tal como ha sido narrada— no equivale, en este momento, a una transición democrática clásica. Es, en el mejor de los casos, un reordenamiento del poder. Cae el hombre; permanece la maquinaria.

No se trató de una invasión ni de un cambio de régimen, sino de una incursión quirúrgica. Delcy Rodríguez, las estructuras armadas fragmentadas, los colectivos y las redes de coerción siguen ahí. El paciente no está sano. Apenas ha salido del shock.

Ese dato confirma una realidad incómoda, pero central: el poder real no desaparece con la caída de una figura. Las transiciones no ocurren en el vacío, sino en territorios donde el control efectivo está en manos de aparatos armados, estructuras de seguridad y redes de lealtad construidas durante años.

Por eso, el escenario más probable no es ni la liberación romántica ni el colapso total, sino uno intermedio: un tránsito controlado, vigilado, limitado, lleno de concesiones, donde nadie obtiene lo que “merece”, pero quizá se evita lo irreparable. No es un destino. Es un paso.

Ese desfase explica muchas lecturas fallidas del momento actual. Aquí reaparece un error recurrente del análisis contemporáneo: mirar la realidad como si fuera un tribunal, cuando lo que tenemos delante es un quirófano político.

Desde ciertos marcos liberales se critica la llamada “Doctrina Donroe” porque no apela a valores, prioriza recursos y poder, y negocia con actores armados en lugar de con demócratas populares. La crítica es comprensible. Pero comete un error decisivo: confunde descripción con prescripción.

Describe con precisión un mundo más duro, más transaccional y menos normativo, sin que ello implique legitimarlo ni convertirlo en modelo. Pero lo juzga como si aún existiera la alternativa que lo hacía innecesario. Como si el orden anterior siguiera disponible y bastara invocarlo para restaurarlo.

Trump no destruye ese orden.

Constata su agotamiento y gobierna como si ya no existiera.

No opera en el plano de la persuasión moral, sino en el de la reconfiguración del poder: altera incentivos, redistribuye costos y actúa bajo la premisa de que el árbitro ya no está en la cancha (National Security Strategy of the United States). Eso no lo hace virtuoso. Pero lo vuelve estratégicamente legible.

Tal vez el error está en hablar únicamente de “desorden”. Lo que desaparece no es el orden, sino el árbitro.

Conviene decirlo con claridad, porque es una advertencia largamente formulada:

las transiciones no las hacen los actores moralmente preferibles, sino los políticamente capaces.

No es una afirmación normativa. Es una constatación histórica.

Durante años se advirtió —no como consigna, sino como análisis— que el poder duro sin poder blando no es sostenible; que la fuerza sin legitimidad encarece cada victoria; que la autoridad no se impone, se reconoce.

La ley, la democracia y las instituciones no son un lujo normativo: son la infraestructura que hace posible la inversión, reduce el costo del riesgo y vuelve sostenible cualquier proceso de recuperación económica (Ricardo Hausmann).

Hoy, los hechos confirman esa advertencia, no como teoría, sino como experiencia acumulada.

El problema surge cuando se confunde el deseo con el diagnóstico. Cuando se analiza la política internacional como quisiéramos que fuera, no como es. Pero los hechos no ceden ante las aspiraciones: exigen lectura racional, no consuelo moral.

Las transiciones no pueden pensarse como juicios: exigen un quirófano, no un tribunal.

Venezuela no es una excepción. Es un anticipo.

El anticipo de un mundo donde las reglas existen, pero ya no obligan; donde los valores se invocan, pero no ordenan; donde el orden ya no se presenta como universal, sino como expresión directa de poder.

En ese mundo, los países que no desarrollen capacidad propia —Estado, cohesión interna, desarrollo económico, productividad, diplomacia, comunicación, negociación e influencia estratégica— no serán víctimas morales; serán simplemente irrelevantes.

La irrelevancia, en política internacional, no es una injusticia: es el riesgo estructural al que quedan expuestos quienes operan en un mundo en el que el orden dejó de ordenar.

 

Nelson Espinal Báez Associate MIT - Harvard Public Disputes Program at Harvard Law School. Presidente Cambridge International Consulting.