Carta al presidente
Carta abierta al presidente en el momento más decisivo de su gestión
La situación me motiva a escribirle. Al hacerlo, apelo al presidente más que al hombre, sin obviar esta última condición. Abro al público esta carta para que quien la lea pueda corroborar o desmentir sus intenciones.
Usted sabe, señor presidente, que entramos a un prematuro momento de crispación preelectoral y que cualquier posición es filtrada por los prejuicios más espinosos. Se trata de un ejercicio muy porfiado del debate, como ya es cultural en nuestra parroquia política. Asumo como rutina el escozor que podrán causar mis apreciaciones, persuadido de que algunos, más briosos, las invalidarán y otros, más cautelosos, las podrán valorar con mejor tino.
Usted, señor presidente, fue un consentido en su primer gobierno. Pocos se atrevieron a reprocharle acciones u omisiones. La sociedad seguía encandilada con la posibilidad del cambio, aquella marca electoral que hoy pierde fuerza distintiva. Esa expectativa dispensó las torpezas de su primera administración, como crédito a aquellas “buenas intenciones del presidente”, presunción que también excusó el pobre desempeño de algunos funcionarios y la demora de su gobierno para despegar.
Hoy el cuadro es distinto. Imagino que pocas veces pudo imaginar lo urticante que sería este trance o que la oposición le iba a reñir hasta las ejecutorias más simples. Definitivamente, el romance social se evapora y su gobierno es pasado por fuego lento. Paralelamente, la sociedad ve avanzar el tiempo sin advertir cambios estructurales. De manera que el balance entre lo prometido y lo ejecutado sigue siendo deudor para usted.
Sería mezquino, sin embargo, no reconocer avances reflejados en la libertad de prensa, en la actitud frente a la impunidad, en el fortalecimiento del Ministerio Público, en la confianza de la inversión, en el respeto a las libertades públicas, en la reducción de la pobreza, en la promoción de la vivienda y otros logros no menos relevantes. No aludo a obras materiales para evitarme juzgar o comparar una gestión solo por las cosas que “se ven”, debate populista convertido en el ocio político de mayor dilección. Prefiero referirme a adelantos en el desarrollo humano e institucional y a factores de inclusión social, condiciones que, citándolo a usted, “mejoran la calidad de vida de la población”, expresión convertida en cliché de su retórica gubernamental.
Una vez escribí en este medio que su primer gobierno fue un ensayo para probar si merecía otro. La sociedad le dio esa oportunidad. Ahora debe considerar que no gobierna para el presente ni para el partido; lo reta una gestión para la posteridad. Haga el gobierno que ha soñado como si fuera el único, sin ataduras partidarias ni condicionamientos de los centros fácticos. Piense en su retrato, más que en una momentánea encuesta de aprobación. Deseche tal provocación y empiece a gobernar para la historia. Tome audacia y recomience sin compromisos la decisión de terminar bien.
Sé que en lo personal SENASA le pegó duro. Prepárese para otros golpes no menos dolorosos, esos que irán revelando las auditorías o los que la torpeza de la corrupción no podrá disimular. Esperamos que estos reciban igual repulsión, pero eso no basta.
Nos complace que quiera relanzar su gobierno. De hecho, ha sido un reclamo ya viejo, pero con cambiar caras no termina la historia si siguen intactas las fragilidades de los sistemas de control. Cambiar funcionarios es más que necesario, pero atiende a una necesidad del presente y a la nación le urgen cambios de permanencia.
Le sugiero construir las bases de una reforma al Estado, sin pretensiones estrambóticas, que innove y fortalezca la fiscalización, la rendición de cuentas y las contrataciones. Y no hablo de más leyes. Me refiero a un sistema operativo que rebase la gestión preventiva. Y es que el problema, en esa materia, no es necesariamente normativo; es funcional. Aspiramos no solo a enfrentar la impunidad; también a combatir la corrupción desde sus fuentes, esas que, a pesar de los avances institucionales, se mantienen impunes como silentes estructuras mafiosas. Más que “gente honorable”, en la Administración se imponen ingenierías, procesos y controles.
Es tiempo, señor presidente, de que el activismo político y los apoyos de campañas dejen de ser criterios de atribución de puestos/contratos en la Administración pública, en desmedro del mérito o la capacidad. El Estado no puede seguir siendo un mercado de empleos para premiar la incompetencia. Se impone que en los ministerios claves la selección, incluyendo la del titular, se haga por oposición según perfiles predefinidos. Cásese con la gloria y empiece a conjurar esa maldita cultura.
Señor presidente, el crecimiento económico sin impacto en la desigualdad del ingreso no provoca ni cosquilleos. Le pido abandonar su febril entusiasmo por ese factor. Hasta en el barrio, cuando se habla del tema, la gente se pregunta “¿y para quién creció?”. En economías de alta concentración, como la nuestra, las políticas sociales deben orientarse a “democratizar” el crecimiento con sentido equitativo y racional. Cuánto desearía que, en su discurso del próximo 27 de febrero, usted omitiera el dato ya consabido de que seremos el país de mayor crecimiento proyectado para el 2026 en la región, si no viene aparejado de al menos un esbozo de políticas troncales que equilibren la distribución del ingreso más allá de los subsidios o programas sociales. Queremos planes creativos y consistentes.
Por último, señor presidente, gracias por reconsiderar el relanzamiento de la reforma fiscal. Me temo, sin embargo, que se siga el modelo de las anteriores, de corte esencialmente tributario, castigando el consumo, la renta y la propiedad sin discriminaciones positivas a favor de los de menos ingresos. Nosotros, los de mayor ingreso, debemos cargar más. Le sugiero elevar la perspectiva para comprender en el plan lo siguiente: a) la responsabilidad fiscal del Estado; b) las normas y mecanismos para el control del gasto público; c) las áreas y programas de gastos e inversiones de los ingresos derivados de la reforma; d) los cambios a la base impositiva vigente (tasas, equidad y simplificación); e) las medidas para eficientizar la fiscalización y reducir la evasión; y f) el tratamiento a las distorsiones y a los incentivos. Pero, por favor, que no nos sorprendan otra vez con una propuesta de buró.
Lejos de apostar por que le vaya mal, como algunos líderes parecen querer, me sumo al entusiasmo de un mejor futuro para la nación y para que usted pueda saldar su gestión sin mayores remordimientos. Le deseo un año inspirador a pesar de los retos.