Balaguer y Haití (2 de 2)
La sorprendente propuesta de Balaguer, una constitución común con Haití
Advertí que el doctor Joaquín Balaguer había regresado de lo que aparentaba ser una inesperada y breve siesta. Aproveché el momento para reanudar la conversación.
—Presidente —le expresé—, usted ha hablado de la amenaza haitiana en los aspectos biológico, espiritual y cultural, pero no ha dicho nada del económico, que no deja de gozar de principalía.
Esbozó una sonrisa amarga, como si ese aspecto le resultara ingrato.
—La amenaza es también económica; los indocumentados haitianos hacen una competencia desleal a los trabajadores dominicanos —argumentó.
Se detuvo. Emitió un suspiro.
—No ha habido un solo gobernante que haya tenido el coraje de tomar medidas afortunadas para resolver el acuciante problema haitiano. Esta tragedia es exclusiva responsabilidad de los gobiernos dominicanos que adoptaron una política de tolerancia o decidieron adoptar medidas absolutamente ineficaces.
En esa materia no se recuerdan medidas “eficaces” de ese largo gobierno del presidente Balaguer, aunque también es cierto que el problema se fue agravando a partir de la entrada del siglo XXI, cuando eran otros quienes gobernaban.
—Si, presidente, es verdad— me atreví a decirle—, pero no solo han fallado los gobiernos, todos (quise enfatizarlo, incluyendo el suyo), sino también la propia sociedad, los empresarios, los sindicatos, se han plegado a una especie de determinismo que consiste en dejar hacer hasta que las profecías más calamitosas se vean cumplidas. Y todo porqué defienden su propio interés, aunque sea opuesto al de la nación dominicana.
Percibí que acusaba el golpe. Se entregó a una corta meditación y ripostó.
—Haití y Santo Domingo, maestro Vitriólico, están fatalmente arrinconados en una misma isla.
—Sí. Eso lo sabemos y conocemos sus causas originarias: las devastaciones de Osorio de 1605 y 1606.
Pareció no importarle el comentario. Estaba empecinado en lanzar su órdago.
—La solución tiene que ser común —espetó, y a continuación esbozó una carcajada. El rostro se le iluminó.
—¿Común, doctor, cuando lo que se busca es evitar que la República Dominicana cargue sobre sus hombros con los problemas de Haití?
—Sí. Ya lo dije en uno de mis libros. La única solución posible es una confederación dominico-haitiana. Los pactos de integración económica establecidos en otras partes del mundo demuestran que esta solución no es una utopía.
Dicho así, a bocajarro, sorprende.
—Usted bien sabe, presidente, que la integración exige la nivelación de la situación económica de los países. Por eso se plantea un período previo, dotado de ayudas especiales para lograrlo. Es inviable si se realiza entre países con situaciones económicas e institucionales tan distintas. ¿No lo cree?
Me miró con cara de asombro. Y soltó el misil.
—Sin embargo, la integración económica no sería suficiente: haría falta una integración política. Una constitución común para ambos países que garantice la existencia en toda la isla de un régimen democrático; que reconozca bajo determinadas condiciones, la doble ciudadanía de haitianos y dominicanos.
Aquello no parecía ya solo salido del reino de la utopía, sino parte de los malabares dialécticos que fueron constantes en la vida política del doctor Balaguer: el arte de decir una cosa y su contraria, a la vez. Lo hizo con Trujillo, al igual que con Santana cuando lo trasladó al Panteón Nacional.
—Óigame, doctor, no dudo de que llegará el día en que algo así pueda ocurrir. Pero previamente tiene que producirse la concurrencia hacia arriba de los parámetros educativos, de las costumbres, cultura, niveles económicos e institucionales. Hay que trabajar con Haití para que logre despegar. Cuando lo alcance, cualquier acuerdo será posible, incluyendo el de integración económica, porque tampoco debe ser condenado ese pueblo, para siempre, a la miseria y la subyugación. Eso sí, la carga no debe recaer sobre la República Dominicana, aunque los esfuerzos por la recuperación sean compartidos con nosotros.
De súbito su rostro se iluminó. Se puso de pie.
—Del olvido del pasado puede renacer para ambos pueblos, unidos por una vecindad que les ha sido impuesta a la vez por la geografía y la historia, una indivisibilidad más honorable y duradera: la consciencia que los hombres de ambas partes de la isla deben tener tanto de sus nexos económicos y culturales, como de sus destinos comunes.
—Sí doctor— le riposté—, pero habría que evitar que impere la ley de Gresham, en el sentido de de que la moneda mala expulse del mercado a la buena. Habría que oponerse a que el pueblo menos educado, pero más populoso, expulse de los mecanismos del poder al otro pueblo y se transite entonces hacia el camino de la regresión. Mientras tanto, lo que procede es consolidar la dominicanidad y sanear el mercado de trabajo para formalizarlo y hacerlo terreno fértil para los dominicanos.
Fingió haberse dormido. Confundido, abandoné el recinto.
Nota: Las expresiones atribuidas al doctor Joaquín Balaguer En esta entrevista imaginaria fueron tomadas, en gran parte, del libro “Yo, Balaguer”, de la autoría de Pablo Gómez Borbón.