De utopías
La integración de las Antillas frente al desafío del desarrollo regional
A propósito de mis dos artículos anteriores en los que el doctor Joaquín Balaguer concede una entrevista imaginaria al filósofo Vitriólico, a algunos lectores les ha extrañado la mención que dicho líder político hace de una futura integración económica de la República Dominicana con Haití, coronada con una constitución común.
Lo anterior choca con las fuertes convicciones expresadas por dicho estadista respecto al daño que sufre la dominicanidad, tanto en términos biológicos, espirituales, culturales, como económicos, al permitir la inmigración haitiana.
Las palabras atribuidas al doctor Balaguer proceden de lo expresado por él en algunos de sus libros y discursos. Y están condicionadas por el uso de su retórica para obtener fines políticos de corto plazo. Lo importante no es lo que diga un estadista, un político, o un individuo, sino lo que muestra la huella que va dejando a través de su discurrir en el tiempo.
En otro orden, la historia de la humanidad muestra enfrentamientos, tragedias, barbaries, acontecidas entre pueblos primitivos que mantuvieron una rivalidad perenne y que luego entraron en fase de cooperación y forjaron alianzas.
Sin ir muy lejos, las dos cruentas guerras mundiales del siglo pasado enfrentaron a Francia con Alemania, con la participación en cada lado de pueblos aliados, lo que no constituyó obstáculo para que después de la última conflagración esos pueblos constituyeran lo que hoy en día se conoce como la Unión Europea.
Ha sido un largo y exitoso proceso que aún no ha concluido, pues requiere ceder espacios sensibles de soberanía.
En un lúcido discurso pronunciado el pasado 2 de febrero, Mario Draghi dice, refiriéndose a la constitución de un nuevo orden mundial: “Seamos claros. Agrupar países pequeños no produce automáticamente un bloque poderoso. Este modelo tiene un nombre: confederación… Un grupo de Estados que se coordina sigue siendo un grupo de Estados, cada uno con derecho a veto, cada uno con sus propios cálculos, cada uno vulnerable a ser eliminado uno por uno. Para convertirse en una potencia, Europa debe pasar de ser una confederación a una federación”.
Poniendo el foco en nuestra área geográfica, es oportuno recordar que Eugenio María de Hostos soñó con una confederación de las grandes islas de Las Antillas de habla española, incluyendo también a los países de Centroamérica, como un paso previo a la integración de las naciones americanas de habla hispana.
En nuestro caso (Las Antillas) no se trataría de aspirar a ejercer hegemonía sobre nadie. Pero sí a potencializar nuestros recursos en busca del desarrollo de nuestros pueblos. La integración llevada al notable nivel alcanzado por Europa serviría a los fines de expandir un mercado común, ampliar el intercambio, coordinar políticas básicas, fortalecerse mutuamente.
Dentro de un esquema de ese tipo a Haití le estaría reservado jugar su papel, participar, interactuar, beneficiarse de las relaciones mutuas, mejorar la situación socioeconómica de su pueblo.
Para que eso suceda habría que superar lo obvio. Si producimos lo mismo se hace cuesta arriba fortalecer el intercambio, aunque siempre hay margen para exprimir pequeñas ventajas comparativas y para negociar en mejores condiciones con otros bloques o superpotencias, abandonando el papel de gaviota solitaria que desafía la inclemencia e inmensidad del mar.
El proceso puede que sea largo, pero susceptible de concretarse en cualquier momento. Así, cuando Europa menos se lo esperaba se vio conminada a establecer fuertes lazos de unión para poder aspirar a seguir siendo una potencia económica, con lo cual nada impide que, entre los antillanos, centroamericanos, latinoamericanos ocurra lo mismo.
Eso sí, existe una certeza. Mientras Haití no recupere por sí mismo un orden interno mínimo y fortalezca las instituciones básicas, habrá poco margen para la cooperación constructiva. Tampoco lo habrá mientras no supere las lacras educativas y sanitarias.
Lo dicho es dominio de sus atributos soberanos. De la misma manera que nuestro dominio exige que dediquemos todos los esfuerzos para mejorar las condiciones de trabajo y acallar a quienes apuestan por la sustitución de nuestros trabajadores por inmigrantes, indocumentados o no, sobre el criterio de que el dominicano no quiere trabajar, o no cuenta con las destrezas requeridas.
Lo prioritario es poner el orden en nuestro país y estimular que el sistema productivo demande trabajo de los dominicanos, para lo cual es imprescindible que el sistema educativo y las políticas públicas fomenten el aprendizaje y la cultura del trabajo, en vez de estimular la dependencia de subsidios y remesas.
De hecho, cada vez son más notorias las muestras de que ocupaciones productivas formales de mayor relieve están siendo cubiertas por extranjeros, al igual que las del mercado informal.
Siendo así, lo perentorio es resolver el problema descrito. A partir de ahí podría entrarse en el terreno de la cooperación, integración, con el propósito de impulsar las potencialidades de cada pueblo, jamás con el de que uno de ellos arrastre al otro hacia la decadencia. Y eso último no es baladí, ni podemos permitírnoslo.