Asunto de todos
La paradoja de una cultura efusiva ante un destino social dócil
Somos caribeños, gente impetuosa. Pensar no es nuestra mejor virtud. Nos cuesta hacerlo, es un ejercicio pesado. Sentir, en cambio, es la fibra de nuestra identidad. Producimos más artistas que científicos; deportistas que ingenieros; músicos que filósofos.
Nuestro genotipo tiene varias matrices, pero la africana impone su fuerza. Por más nórdica que pretenda ser nuestra urbanidad, el cuero de los tambores nos convoca al caos. Ese espíritu incógnito anima la explosión de una idiosincrasia arrebatada; esa que reconocía el poeta cubano Nicolás Guillén en el moreno caribeño: “Tu vientre sabe más que tu cabeza y tanto como tus muslos, esa es la fuerte gracia negra de tu cuerpo desnudo”.
La espontaneidad y pasión de nuestras entregas nos distinguen como una cultura exóticamente efusiva, por eso los caribeños les servimos al planeta la más rica cesta de ritmos: la salsa y el reggae son universales; el reguetón se baila en todas las plazas del mundo y las academias de bachata se instalan en Tokio, Madrid, Roma, Montreal, Londres y Moscú.
Si bien muchos extranjeros salen fascinados por el color de nuestras expresiones, a estos les resulta complicado entender cómo un carácter así de apasionado ha sido tan dócil a sus penurias. Escuché a un académico colombiano decir: “Si los dominicanos aglutinaran la mitad de su pasión para revertir su miseria, serían en poco tiempo el Chile del Caribe”. Nunca olvido la ocurrente reacción de un amigo catalán cuando, viendo un video de una mulata que agitaba su trasero al ritmo de un dembow, dijo: “Si ustedes abonaran un poco de la energía que gastan bailando así, tumbarían sin dolor a la monarquía española”. Siempre recuerdo una frase del exnuncio polaco Wesolowski: “Admiro a la gente dominicana que soporta las dificultades con gran bondad y paciencia”.
Si nos viéramos desde afuera nos sorprenderíamos de la brutal paradoja entre ese carácter cultural y nuestro destino social. No hace ni medio siglo, un puñado de dominicanos enfrentó una ocupación imperial. Hoy ese temple parece rendirse. Y no hablamos de insurrecciones ni revueltas, sino de ejercer derechos con firmeza, organizar acciones colectivas, reclamar cambios y exigir espacios de participación. La riqueza interior del dominicano se desperdicia así en sus desamparos materiales, lo que lo deja sin capacidad para reconocerse.
Creo que nos llegó el tiempo de pensar, pero no sabemos cómo, sobre todo cuando pocas veces nos hemos preguntado colectivamente qué país queremos. La tarea se dificulta por los tropiezos que hemos tenido con los escombros de una cultura autoritaria de poder. El desafío asume así dimensiones inescrutables ante la carencia de tantas cosas: planeamiento del futuro, confianza en nuestras capacidades, respeto a los compromisos y sentido de continuidad.
Por lo pronto, debemos reorientar nuestras visiones de cambio. En esa coordenada ya no es posible seguir creyendo que “fulano es la solución”; debemos empezar a hablar de que “este plan es la solución”; de un enfoque subjetivista a otro objetivista. Al menos la sociedad ha comprendido, a golpes de decepciones, que el mesianismo político basado en la persona no reditúa, y que una gestión de gobierno tampoco hace milagros. Hoy hay una clara conciencia de que los cambios precisan de fuertes planes de futuro y que sus logros nos conciernen a todos.
La transición de una cosmovisión a otra es intricada; otras naciones han tenido que levantarse después de grandes traumas para enrumbarse hacia un futuro “concertado” que las ha colocado en los rieles del primer mundo. Y es que el tamaño de nuestros desafíos nos apela de forma tan imperativa como indistinta. La delegación que hemos hecho a los representantes políticos con base en la democracia representativa ha sido autocráticamente ejercida. La idea no es prescindir de los partidos, sino empujarlos a renovaciones estructurales y a cambios de discurso, prácticas y visiones.
Hablo de planes de desarrollo troncales, realistas y funcionales con revisión quinquenal o decenal, que comprometa inclusiones presupuestarias y políticas públicas sujetas a resultados mesurables. La idea es negociarlo políticamente y que liguen a partidos, gobierno y país. Luce quimérico, pero no hay opciones. La participación ciudadana dejó de ser elección; es obligación. Un asunto de sobrevivencia social. Negarlo es engañarse.
Pese a todo, pienso que el capital de conciencia está haciendo nobles inversiones en la República Dominicana y que hoy somos cada vez más los que estamos pensando más allá del presente. La experiencia demostrará que es posible un juego de ensueño basado en el esfuerzo de los novatos que en el pesado juego de los viejos veteranos. Pero debemos batear más con inteligencia que con fuerza. No buscamos jonrones, nos basta con pisar la primera base.