Guerra legítima, no legal
La inoperancia de los organismos internacionales ante la guerra global
La humanidad se encuentra en un peligrosa encrucijada que podría decantarse en las próximas horas o días mediante acuerdos de buena voluntad (si prevaleciera la sensatez), o de un apocalíptico enfrentamiento armado (si predominaran las pasiones).
En un artículo de hace un par de semanas decía: “El mundo de hoy carece de norte. Se habla de un derecho internacional que solo existe en papeles envejecidos, violados cotidianamente, pues la verdad es que desde hace mucho tiempo impera la razón de los más fuertes. Se habla de guerra ilegal, para referirse a la actual contra Irán, como si alguna vez alguna guerra hubiese sido legal”.
En efecto, ¿es acaso legal la guerra existente entre Rusia y Ucrania? ¿Pakistán y Afganistán? ¿Lo es la asimétrica y de baja intensidad que desde hace tiempo prevalece en oriente medio protagonizada por milicias armadas por Estados como Irán contra naciones establecidas? ¿O entre Israel y milicias palestinas y árabes?
¿Hacen algo los organismos internacionales para impedirlas, salvo taparse los ojos y hablar de ayuda humanitaria para dejar todo igual sin resolver el fondo de las cosas? Están maniatados, repletos de burócratas inmersos en peroratas interminables que consumen recursos cuantiosos. En su lugar los más poderosos imponen su prédica.
Julio César Castaños Guzmán expone en un artículo reciente: “En estos tiempos líquidos, nos encontramos ante el dilema existencial de continuar revestidos con el manto envenenado del centauro Neso, que terminó matando a Hércules; o, finalmente, nos decidimos a combatir valientemente por un mundo mejor, comprometiendo la propia vida…blandiendo firmes la espada del derecho y la justicia”.
Frente al concepto de legalidad debería privilegiarse el de legitimidad como base de un orden internacional que nunca dejará de ser el de aquellos capaces de imponer por su propia fuerza su criterio, pero que podría hacer terreno favorable a los más débiles si se diseñara con propósitos elevados.
El objetivo debería ser que imperara el derecho y la justicia, basados en el cumplimiento de una legitimidad encarnada en el respeto integro y comprobado a los derechos individuales dentro de cada Estado: a la integridad física, libertad de expresión, igualdad ante la ley. Y de ellos se derivan otros.
Es decir, colocar al individuo como el pleno sujeto de derechos. Su estricto cumplimiento constituiría la fuente que acreditaría a los Estados para ejercer su fuerza coercitiva como actores empoderados para interactuar en defensa de principios como los de soberanía, no intervención, libre circulación en espacios internacionales...
Los incumplimientos podrían ser castigados mediante el uso proporcional de la fuerza en caso necesario, poniendo al individuo como causa eficiente de ese ordenamiento.
Es decir, primero, habría que sostener un orden interno de cabal respeto a los derechos humanos. En segundo lugar, un orden internacional basado en el cumplimiento del requisito primario. Y, en tercer lugar, un orden económico justo, que permita a la humanidad salir de sus taras ancestrales y desarrollar sus capacidades en convivencia estimulante.
Volviendo al conflicto actual, en un reciente artículo Pedro J. Ramírez, director del diario El Español, afirma que la causa que invoca la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel, no es ilegítima.
Lo razona así: “La república islámica de los ayatolás es un régimen opresor, responsable de graves violaciones de derechos humanos, de la represión sistemática de mujeres y disidentes y de la proyección de violencia a través de milicias en toda la región. Nadie que crea en la libertad puede, por tanto, dejar de desear el fin de esa tiranía teocrática ni ignorar que la disuasión frente a sus ambiciones nucleares y expansionistas es una necesidad estratégica”.
En el otro extremo está la amenaza proferida hace poco por el presidente de los Estados Unidos de destruir a toda una civilización antigua (Irán) si no se aviene a negociar o rendirse, probablemente utilizada como arma psicológica de presión. O la de querer asegurar el destino de Israel a cambio de expoliar a los palestinos de sus territorios históricos, en vez de buscar entendimientos mutuos que hasta ahora el odio recíproco y la espiral de violencia han impedido conciliar.
Ya el asunto no admite más remiendos, sino soluciones permanentes. Son las puntas que tendrán que ser acercadas para acceder a un orden global distinto.
Y dentro del mar de confusión resulta inexcusable, ejemplo de carencia de responsabilidad, que los demás países líderes del globo asistan expectantes al espectáculo que mantiene en vilo a la humanidad, sin que nadie se atreva a participar para poner coto a violaciones, viejas o nuevas, o solucionar controversias.
El mundo luce escaso de estadistas. Eso sí, será distinto cuando después de tanto desatino termine este conflicto.