De Richard Nixon a Donald Trump

Las lecciones de Vietnam y China aplicadas al conflicto contemporáneo con Irán

MEMORÁNDUM DESCLASIFICADO

Consejo de Seguridad Nacional

Washington, D.C.

Archivo original: NSC-74-118

Clasificación original: TOP SECRET / EYES ONLY

Documento liberado bajo revisión de archivos presidenciales

De: Richard Nixon

Para: Donald J. Trump

Asunto: Vietnam, China e Irán

Señor Presidente:

He visto antes este patrón.

Después de Vietnam aprendí a desconfiar de las guerras donde los objetivos militares son claros, pero los objetivos políticos permanecen ambiguos.

En Washington solemos creer que la demostración de fuerza resuelve automáticamente los problemas estratégicos. Vietnam me enseñó que no siempre es así. Descubrimos demasiado tarde que destruir capacidad militar no necesariamente destruye voluntad política.

Las naciones no siempre necesitan derrotar militarmente a Estados Unidos. A veces les basta con impedirle alcanzar plenamente sus objetivos políticos.

Durante años interpretamos Vietnam como un problema militar. No lo era exclusivamente. Era una disputa sobre cuánto estaba dispuesto a soportar cada bando y cuánto tiempo podía sostenerlo.

Cuanto más escalábamos, más crecían las expectativas de una victoria absoluta. Y mientras mayores eran esas expectativas, más difícil se volvía políticamente cualquier resultado imperfecto.

Los países más poderosos rara vez entienden cuándo una guerra deja de ser principalmente un problema militar y comienza a convertirse en un problema de percepción política.

Durante los últimos años de Vietnam, muchos en Washington seguían midiendo progreso militar mientras el verdadero problema comenzaba a desplazarse hacia otro terreno: la percepción internacional sobre los límites del poder estadounidense.

Ese tipo de erosión rara vez aparece en los informes militares. Aparece después, lentamente, en la mente de aliados, adversarios y actores neutrales. Las guerras prolongadas rara vez destruyen de inmediato la capacidad militar de una nación poderosa. Lo que deterioran es algo más delicado: previsibilidad, credibilidad y percepción de control.

Los países más poderosos suelen reconocer demasiado tarde cuándo una serie de victorias tácticas comienza a producir agotamiento estratégico acumulativo.

Recomiendo evitar cualquier escalada cuyos objetivos políticos no puedan ser definidos con precisión desde el inicio.

Intervenir suele ser más sencillo que cerrar políticamente una intervención. Las guerras comienzan a complicarse cuando los objetivos militares permanecen más claros que los objetivos políticos.

Recuerdo noches en la Casa Blanca donde los reportes militares mostraban avances tácticos mientras simultáneamente crecía algo mucho más peligroso: la percepción de que Estados Unidos podía seguir escalando indefinidamente sin acercarse necesariamente a un resultado político definitivo.

Esa diferencia importa.

Destruir objetivos suele ser más fácil que administrar las consecuencias políticas de su destrucción.

En Beijing comprendí algo adicional. La gran lección de China no fue solamente diplomática. Fue histórica.

Comprendí que algunos adversarios respondían a lógicas más profundas que la fuerza o la presión diplomática.

Quien no entiende la historia no podrá entender la guerra.

Recuerdo una conversación con Zhou Enlai durante mi visita a Beijing. Hablábamos sobre estabilidad, tiempo y poder. En algún momento comprendí que los líderes chinos pensaban en siglos mientras Washington respondía a ciclos políticos, titulares y demostraciones inmediatas de fuerza.

Las civilizaciones acostumbradas históricamente a la resistencia suelen calcular el tiempo de manera distinta a las democracias sometidas a presión electoral inmediata.

En política internacional, el tiempo también es una forma de poder.

Nunca coloque a una civilización antigua frente a la opción exclusiva entre humillación total o resistencia prolongada.

Las naciones suelen escoger la resistencia.

Mao entendía eso. Zhou Enlai también. Henry Kissinger comprendía perfectamente que el equilibrio muchas veces exige más realismo que fuerza retórica.

En Beijing comprendí algo que no había comprendido completamente en Vietnam:

el poder no consiste únicamente en golpear más fuerte.

También consiste en preservar la arquitectura de credibilidad alrededor del poder.

Toda gran potencia enfrenta eventualmente esa tentación:

confundir capacidad de destrucción con capacidad de producir orden político sostenible.

Aprendí en Vietnam los límites de la coerción.

Comprendí en China la importancia del equilibrio.

Por eso observo con interés la situación actual con Irán. La historia rara vez ofrece repeticiones exactas. Lo que ofrece son patrones. Y algunos de ellos me resultan familiares. Las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas: cuáles son los objetivos políticos reales, cuánto costará alcanzarlos y qué orden surgirá después.

El verdadero problema contemporáneo de Estados Unidos no es la falta de poder militar, sino la dificultad de transformar poder en orden político.

Los adversarios de Estados Unidos observan menos nuestras victorias tácticas de lo que Washington imagina. Observan nuestros límites y suelen aprender de ellos.

Hay guerras donde la pregunta no es quién destruye más. La verdadera pregunta es quién logra imponer la narrativa histórica del resultado.

En política internacional, sobrevivir muchas veces es interpretado como victoria.

Ya he visto antes este patrón.

Nunca subestime el poder político de sobrevivir.

Porque la capacidad de resistir también produce poder.

La negociación no siempre aparece cuando una potencia es débil.

A veces aparece cuando el precio de la victoria comienza a ser demasiado alto.

La historia está llena de acuerdos imperfectos que terminaron siendo más sostenibles que victorias perfectas.

Recomiendo cautela frente a cualquier estrategia que convierta objetivos limitados en expectativas públicas ilimitadas.

Cuando una nación poderosa promete rendición total, cualquier negociación posterior empieza a parecer una concesión.

Ese fue uno de los problemas centrales de Vietnam.

Y sospecho que puede convertirse nuevamente en uno de los problemas centrales de nuestro tiempo.

No todo adversario necesita derrotar a Estados Unidos para alterar el equilibrio mundial.A veces basta con resistir.

Si después de una escalada máxima Estados Unidos termina negociando una coexistencia imperfecta, entonces el problema deja de ser exclusivamente militar.

El problema pasa a ser cómo será recordada históricamente la escalada.

La historia rara vez humilla inmediatamente a las grandes potencias. Primero les permite seguir siendo poderosas mientras se erosiona la credibilidad de su capacidad para imponer el orden.

Estados Unidos posee recursos, instituciones y capacidades que ninguna potencia había acumulado en esa escala.

Pero ninguna gran potencia conserva indefinidamente su posición por inercia.

La fortaleza acumulada puede sostener el poder durante años.

Los errores acumulados también pueden erosionarlo.

Precisamente por eso debe distinguir cuidadosamente entre capacidad de coerción y capacidad de producir orden político sostenible.

Vietnam no destruyó inmediatamente el poder estadounidense. Alteró algo más delicado: la percepción internacional sobre los límites del poder estadounidense.

Las grandes potencias no comienzan a declinar el día que pierden una guerra.

Comienzan a declinar el día que el mundo descubre que incluso sus victorias tienen límites.

Richard Nixon

37th President of the United States

__________

Recreación literaria inspirada en hechos históricos y en la trayectoria diplomática y política de Richard Nixon.

Nelson Espinal Báez Associate MIT - Harvard Public Disputes Program at Harvard Law School. Presidente Cambridge International Consulting.