Encíclica y visita del Papa a España
El Papa León XIV sacude a España con un mensaje de unidad y carisma
El reciente viaje a España del Papa León XIV (Madrid, Barcelona y Canarias), ha puesto al descubierto a una figura pletórica de carisma, cuyo discurso conmueve, atrae la mirada y la reflexión de los pueblos. Luego de un período de preparación ha comenzado a dejar marcada su huella. Se atisba que podría llegar a ser profunda.
En Madrid, millones de personas, entusiasmadas, no cesaron de aclamarle mientras celebraba la misa en la plaza de Cibeles. El arisco, incendiario, decalificador y divisivo Congreso de los Diputados, fue objeto del milagro de lograr ponerse de acuerdo en su totalidad por primera vez en muchos años, al valorar su discurso con un aplauso unánime que se extendió por 7 minutos, muy a pesar de que tocó puntos que afectaban el bagaje ideológico de unos y de otros.
En Barcelona, ocurrió lo mismo durante la inauguración de la torre de Jesús en la monumental catedral de La Sagrada Familia, obra magistral de la arquitectura, convertida en acontecimiento mágico religioso capaz de sacudir las fibras del más fervoroso ateo.
Este viaje y el previo realizado a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, constituye la puesta de largo de la figura del Vicario de Cristo, pero el inicio trascendente del nuevo pontificado lo marca la reciente publicación de la encíclica Magnifica Humanitas. Sobre ese documento y las derivaciones que ocurran irá plasmándose la huella perdurable de su inductor, León XIV.
La Magnifica Humanitas, continuadora de la Rerum Novarum que fortaleció la doctrina social de la iglesia, persigue “identificar nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos”.
Contempla lo que llama situación nueva: “El poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden en el imaginario colectivo”.
Se trata tanto de regular ese fenómeno, como también de afrontarlo, “a sabiendas de que las innovaciones tecnológicas ya no son dominio de los Estados, sino de un sector privado cada vez más poderoso, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”.
Lo anterior no aborda, pero tal vez sugiere, el conflicto que espera a la humanidad cuando el capital termine de controlar los medios tecnológicos que sustituirán el quehacer cotidiano, el trabajo de los seres humanos, mediante el cual se ganan el pan con el sudor de su frente, momento en el cual se creará una división en dos clases: los que poseen el control de los artefactos tecnológicos y quienes consumen sus aplicaciones. La segunda dependiente de una asignación mensual (subsidio) que marcará su empobrecido destino.
La encíclica establece dos referencias: Babel y Jerusalén.
Afirma: “Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma (Torre de Babel), la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión”.
Compara la actitud anterior con la que mostró Nehemías para construir el muro de Jerusalén: “No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones”.
De ahí que “la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”.
Clama contra el “riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo
a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico”.
Llama a “edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.
Sugiere “establecer criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz”.
Y suplica “a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar”.
Se trata de un documento bien elaborado, llamado a trascender.
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