El efecto Teflón: por qué el desgaste se queda en los ministros
Cuando los problemas no se pegan al presidente
En la política existe un concepto tan gráfico como elocuente: el efecto Teflón. Alude al material antiadherente utilizado en utensilios de cocina y describe a aquellos líderes sobre quienes los problemas, los escándalos o las malas noticias parecen resbalar sin dejar huella. La más reciente encuesta de ACD Media sugiere que Luis Abinader disfruta, al menos por ahora, de un fenómeno similar.
Mientras el presidente mantiene una aprobación cercana a la mitad del electorado, el resto del Gobierno experimenta un desgaste considerablemente mayor. Apenas un 32 % valora positivamente la gestión del gabinete, frente a un 58 % que la considera mala o muy mala.
La interpretación más inmediata sostiene que los ciudadanos distinguen entre el liderazgo presidencial y el desempeño de quienes ejecutan las políticas públicas. Es una hipótesis razonable. Pero existe otra: esa separación no surge espontáneamente.
Desde el inicio de su mandato, Abinader ha desarrollado una estrategia de comunicación cuidadosamente orientada a preservar el vínculo directo entre el presidente y la ciudadanía. Su agenda pública está dominada por inauguraciones, supervisiones de obras, visitas a provincias, anuncios de inversiones, entrega de títulos de propiedad, encuentros comunitarios y actividades donde el mensaje principal es el de un Gobierno que actúa, escucha y resuelve.
No es casualidad que prácticamente cada día exista una actividad presidencial positiva. La comunicación gubernamental procura que la imagen del jefe del Estado permanezca asociada a la acción, a la cercanía y a la solución de problemas, mientras la administración cotidiana queda distribuida entre ministerios y organismos especializados.
En los sistemas presidenciales, el mandatario ocupa naturalmente el nivel estratégico del poder. Los ministros administran la operación diaria. Son ellos quienes enfrentan hospitales saturados, apagones, huelgas, retrasos burocráticos, conflictos laborales, deficiencias del transporte, problemas educativos o episodios de inseguridad. En términos políticos, absorben la fricción permanente del Estado.
El gabinete funciona, así, como un sistema de amortiguación.
Cuando un ciudadano espera horas en un hospital, responsabiliza al ministro de Salud. Si una carretera permanece inconclusa, señala al ministro de Obras Públicas. Si aumenta la delincuencia, el costo inmediato recae sobre Interior y Policía.
La propia encuesta ofrece un ejemplo casi de laboratorio. El trabajo de campo se realizó entre el 2 y el 4 de julio, exactamente cuando un agente de la Policía Nacional mató a quemarropa a un joven en Herrera, provocando una conmoción nacional, protestas y una cobertura mediática permanente.
En ese contexto resulta lógico que Faride Raful aparezca como la funcionaria peor evaluada, descendiendo de 4.7 a 4.4 puntos.
Más que medir exclusivamente su gestión, la encuesta probablemente captó una reacción emocional frente a un acontecimiento ocurrido mientras los entrevistadores recogían las opiniones ciudadanas.
Paradójicamente, ese mismo episodio apenas alteró la valoración presidencial.
Ello revela otra característica del efecto Teflón: la ciudadanía suele atribuir la responsabilidad administrativa al funcionario directamente relacionado con el problema, mientras reserva para el presidente una evaluación más amplia, vinculada al liderazgo general, la dirección política o la confianza personal.
Sin embargo, el Teflón no es un blindaje permanente.
Funciona mientras las crisis permanezcan encapsuladas dentro de los ministerios y no logren conectar con la conducción política del Gobierno. Cuando los problemas se vuelven persistentes, simultáneos o afectan dimensiones esenciales de la vida cotidiana —inflación, empleo, seguridad o corrupción— esa barrera comienza a debilitarse.
La propia encuesta insinúa esa posibilidad.
El costo de la vida continúa siendo la principal preocupación nacional, seguida por la delincuencia. Al mismo tiempo, el sentimiento predominante de confianza cae de 17.7 % a 13.3 %, mientras aumentan la preocupación y la desilusión. No son simples indicadores emocionales. Constituyen señales tempranas de erosión política.
La pregunta, entonces, no es si el presidente mantiene hoy una mejor valoración que sus ministros. Eso resulta evidente.
La cuestión verdaderamente relevante es si esa diferencia responde a una convicción profundamente arraigada del electorado o a una estrategia de comunicación que ha logrado mantener al jefe del Estado por encima del desgaste cotidiano de la administración.
Porque el efecto Teflón tiene un límite conocido por todos los gobiernos que alguna vez disfrutaron de él.
Mientras los ministros continúen funcionando como parachoques, el presidente conserva intacto su capital político. Pero cuando las crisis dejan de ser percibidas como fallas sectoriales y comienzan a interpretarse como problemas de conducción, el desgaste ya no se distribuye: asciende.
Y cuando eso ocurre, el material antiadherente deja de funcionar. Entonces, las malas noticias empiezan a quedarse pegadas justamente donde antes parecían resbalar.