Groenlandia: la posición cambió, los intereses no
Lecciones geopolíticas para construir orden en un mundo sin árbitros
En mi artículo “Groenlandia: negociando en un mundo sin árbitros”, planteé una posible salida al conflicto: no una transferencia formal de soberanía, sino un arreglo funcional basado en intereses subyacentes, capaz de mantener la soberanía danesa mientras ampliaba el control estratégico aliado sobre seguridad, defensa e inversiones sensibles.
También sugerí que el verdadero problema no era Dinamarca. Era el vacío.
El acuerdo firmado este martes en Nueva York por Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia se aproxima notablemente a aquella arquitectura: amplía la presencia militar estadounidense y modifica el régimen de defensa vigente desde 1951.
Trump comenzó desde una posición clara: Estados Unidos necesitaba Groenlandia. Habló de comprarla, adquirirla y ejercer control sobre ella. Pero esa era la posición, no necesariamente los intereses.
Una posición expresa lo que una parte dice que quiere. Los intereses explican por qué y para qué lo quiere. Y ahí parece haberse producido el giro decisivo: de quién posee Groenlandia a quién puede hacer qué en Groenlandia.
Dinamarca respondió desde una posición igualmente firme: Groenlandia no está en venta y la soberanía no se negocia.
Vistas desde esas posiciones, las partes parecían atrapadas en un conflicto distributivo: para que una ganara, la otra tenía que perder.
Pero cuando descendemos de las posiciones a los intereses, el mapa cambia.
Entre los intereses estadounidenses aparecen:
- garantizar acceso y presencia militar;
- asegurar la defensa del Ártico y del Atlántico Norte;
- impedir una presencia militar de China o Rusia;
- proteger infraestructura crítica;
- controlar inversiones estratégicamente sensibles; y
- procurar que un eventual cambio en el estatus político de Groenlandia no produzca un cambio de alineamiento estratégico.
Dinamarca tiene intereses diferentes:
- preservar la soberanía y la integridad territorial del Reino;
- evitar una ruptura con su principal aliado de seguridad;
- fortalecer la defensa del Ártico sin asumir sola sus costos; y
- preservar una relación política sostenible con Groenlandia.
Groenlandia introduce una tercera dimensión:
- preservar su derecho a la autodeterminación;
- participar efectivamente en las decisiones sobre su territorio;
- mantener abierta la posibilidad de independencia;
- atraer inversión y desarrollo; y
- evitar sustituir una dependencia histórica de Dinamarca por una nueva dependencia de Estados Unidos.
Cuando esas tres estructuras de intereses se colocan sobre la mesa, aparece lo que las posiciones ocultaban: una zona de posible acuerdo.
Estados Unidos puede obtener seguridad sin soberanía. Dinamarca puede preservar soberanía y alianza atlántica. Groenlandia puede preservar autodeterminación y seguridad.
Tres actores. Intereses compartidos y distintos. Una posible arquitectura.
Pero la negociación no termina al identificar los intereses. Alcanza su dimensión más estratégica cuando convierte esos intereses en un acuerdo capaz de producir orden.
Ahí la negociación estratégica diseña arquitectura geopolítica.
El nuevo acuerdo la amplía al incorporar nuevas áreas de defensa en Narsarsuaq y Mestersvig, además de Pituffik, para asegurar el Ártico y el Atlántico Norte, excluir presencia militar adversaria y evitar que un cambio político en Groenlandia altere su inserción en la arquitectura atlántica de seguridad.
El acuerdo aspira a algo mayor que ampliar la presencia estadounidense.
Aspira a definir las reglas geopolíticas de Groenlandia hacia el futuro.
Quién puede entrar.
Quién puede instalarse.
Quién puede invertir.
Quién queda fuera.
Y, sobre todo, qué permanece si mañana cambia la soberanía.
Los Acuerdos de Camp David y el precedente de Chipre, ambos examinados anteriormente en esta columna, ofrecen referencias distintas. El Sinaí muestra cómo preservar soberanía mientras se negocian restricciones estratégicas; Chipre, cómo administrar durante décadas la distancia entre soberanía formal y control territorial.
Groenlandia no es el Sinaí ni Chipre. Pero ambos precedentes recuerdan algo esencial: la soberanía puede preservarse mientras se negocian las reglas estratégicas del territorio.
Ahí está, probablemente, el corazón geopolítico del acuerdo: separar el futuro constitucional de Groenlandia de su futuro estratégico.
Groenlandia podría modificar su relación con Dinamarca sin modificar necesariamente su alineamiento de seguridad.
La soberanía puede cambiar. La geografía no.
Precisamente porque la geografía no cambia, las grandes potencias intentan ordenar de antemano las consecuencias estratégicas de los cambios políticos.
Desde Washington, la lógica es clara: evitar que una futura Groenlandia independiente se convierta en un espacio de competencia estratégica.
Desde Copenhague, preservar la soberanía sin asumir sola los costos de defender un territorio inmenso y crecientemente estratégico.
Desde Nuuk, la ecuación es más delicada. El acuerdo preserva la soberanía danesa y la autodeterminación groenlandesa, al tiempo que amplía las garantías de seguridad estadounidenses. No es un detalle: marca la frontera entre seguridad compartida y subordinación política.
Porque una cosa es construir un orden geopolítico funcional hacia afuera. Otra es construir un orden políticamente legítimo hacia adentro.
La negociación estratégica, además de satisfacer intereses y distribuir derechos y obligaciones, puede organizar poder, establecer límites y construir las expectativas sobre las que descansa un orden.
La pregunta de largo plazo es más exigente:
¿Puede construirse seguridad estadounidense sin convertir la soberanía danesa en una ficción ni la autodeterminación groenlandesa en una promesa vacía?
Si el acuerdo consigue hacerlo, podría ordenar el espacio estratégico hacia afuera. Su legitimidad interna dependerá de que Groenlandia conserve margen real para decidir su futuro.
Hay otra dimensión. Una negociación eficiente no se mide solo por el valor sustantivo que crea, sino por el valor relacional que preserva: confianza, comunicación y capacidad de cooperación futura.
La presión sobre Groenlandia generó fricciones con Dinamarca e inquietud en la OTAN. El acuerdo puede terminar siendo mejor diseñado que el proceso que condujo hasta él.
¿Era necesario consumir tanto capital de confianza para alcanzar una zona de acuerdo que, en buena medida, ya existía?
Las grandes potencias siempre han podido organizar espacios estratégicos. Lo difícil —y lo que distingue poder de liderazgo— es hacerlo sin vaciar de contenido la soberanía de los aliados ni la autodeterminación de los pueblos.
Ahí aparece la negociación en su dimensión más estratégica: no solamente para conciliar intereses, sino para generar opciones, incorporar criterios de legitimidad, preservar relaciones y convertir asimetrías de poder en una arquitectura capaz de producir orden.
Groenlandia puede convertirse así en un ensayo sobre una pregunta central del nuevo orden internacional:
cómo negociar el poder para construir orden sin convertirlo en la simple administración del poder del más fuerte.
Porque construir orden no consiste solo en conseguir que los demás acepten nuestras condiciones.
Consiste en construir condiciones que los demás también tengan razones propias para preservar.