Cultura y anfictionía

El valor de la lectura frente al espejismo digital de las pantallas

En el acto protocolar de inauguración de la Vigesimooctava Feria Internacional del Libro celebrado en el Teatro Nacional, sentí regocijo al contemplar la enternecedora y motivadora escenificación de una abuela anciana, portadora de un libro grande, conversando con sus tres pequeños nietos sobre su contenido. Los niños porfiaban que es más fácil y entretenido ver las cosas en las imágenes del teléfono móvil o del iPad, en vez de verlas en un libro.

El entendimiento de los pequeños se iluminó cuando la abuela les mostró la página en blanco, dejada así para que la imaginación del lector la construyera. Los menores se dieron cuenta de que imaginar por sí mismos, pensar, crear, desarrollar capacidad crítica es muy diferente a no tenerla. Una enriquece, la otra embrutece. Es lo que distingue a los humanos del resto de especies.

Abre un libro; abre un mundo es el esperanzador lema de la feria, planteado en momentos en que las pruebas escolares muestran un declive preocupante de la capacidad de lectura y de comprensión de los alumnos.

Abrirlo y comprenderlo es el gran reto del sistema educativo. Abrir un mundo solo se consigue cuando se lee y entiende el contenido plasmado en el papel y en medios digitales. Cabe la posibilidad de que los libros se editen y no se abran; o si se abren, no se comprendan.

Por esa razón, no resulta extraño ni incongruente que se asista a un boom de la escritura dominicana, medido por la cantidad de libros que se ponen en circulación, paralelo con la creencia de que cada vez se lee y se entiende menos, como lo corrobora la prueba Pisa.

Los discursos pronunciados fueron congruentes y bien hilvanados. El del poeta José Mármol, a quien se le dedica la feria, causó emoción al verse sorprendido y avalada su inspirada métrica por la admiración y amor profesados por su esposa e hijos, visibles en la proyección de un hermoso video preparado para la ocasión. Es una honra para sus coterráneos que la feria lleve su nombre.

Panamá hizo gala de su calidad anfictiónica. E instó a los presentes en el acto a convertir la feria en lugar de encuentro de culturas, de diálogo, entendimiento, intercambio.

Es oportuno recordar que, en su Carta de Jamaica, escrita en 1815, Simón Bolívar expresó su sueño de forjar una gran nación continental: "Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; [...]”.

Y agrega: “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración...".

El libertador pensaba en una confederación, no federación. No en un gigantesco estado soberano como llegaría a ser los Estados Unidos, sino en una asociación de países unidos por intereses comunes, vinculados por tratados. Es probable que prefiriese la federación, pero tuviese conciencia de los enormes obstáculos levantados por las ambiciones de poder.

A instancias del propio Simón Bolívar, se convocó en junio de 1826 al Congreso Anfictiónico de los países de América a ser celebrado en el istmo de Panamá. La América de habla hispana y portuguesa estaba relativamente unificada en varias grandes naciones.

Al congreso asistieron representantes de la Gran Colombia (Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá), Perú, Méjico, Provincias Unidas de Centroamérica (Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua). Y no asistieron Brasil, las Provincias Unidas del Mar del Plata (Argentina), Paraguay y Chile.

Entre los puntos de agenda estaban: Organización de un cuerpo de normas de derecho internacional; contribución de cada país para cubrir los gastos militares comunes; celebración de tratados de comercio y de navegación; … También estuvo presente la inquina de las nuevas naciones contra su antigua metrópoli, España. Lo discutido y aprobado no fue ratificado. Predominó la tendencia a erigirse en cola de ratón y a dispersar los esfuerzos soberanos.

Pasarían decenios para que América Latina se planteara la necesidad de la integración económica, concebida como unión económica y política. No ha sido posible, para pesar y aflicción de nuestros pueblos.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.