El doñismo

La metamorfosis física y emocional del doñismo

Circula la errante leyenda de que “don” es un acrónimo de la expresión “de origen noble”. Eso es falso. En realidad, deriva del latín dominus, que significa señor, amo o dueño. Desde el medioevo (siglo X) se reservaba para distinguir a la nobleza, al clero y a las personas de alta sociedad.

El titulo social que acreditaba el vocablo se fue diluyendo con el tiempo, y hoy, al menos en nuestra cultura, no deja de ser una molestosa mención que cualquier mujer u hombre evita; en caso de dudas, reto usarlo para llamar a una cuarentona todavía “dura”:  si no exige inmediata corrección —con un concluyente “seeeñora”— “arrojará” una afilada mirada que se recordará de por vida.

Y es que el término “doña” perdió todo cuño nobiliario, quedándose con una sola acepción: ser viejo o vieja.  En el caso de la mujer provoca una aversión en ocasiones neurótica, y, lejos de agradar, fastidia. Si se usa en diminutivo —o sea, “doñita”— ya no solo es anciana, también es indigente. De esta manera, “doñita” suele aludir a esa viejita indefensa que pide al público, o a la que hay que asistir cuando solicita algún trámite burocrático. Aquel respetado trato que en otros tiempos encarnaba esta palabra devino en un obsesivo karma de la petite bourgeoisie urbana.

Así las cosas, emerge el “doñismo” como concepto inédito que define un síndrome metamórfico de condición irreversible y que transforma a una mujer madura —que aún viste jeans ajustados, va al gimnasio y simula gustarle a Bad Bunny— en una institución civil andante. Tal mutación aparece entre los 39 años y la primera mamografía de control.

Desde el ángulo de la morfología física el doñismo viene aparejado con el “cilindrismo” o “cubismo”, condición que implica la pérdida absoluta de la curvatura aerodinámica, cediendo el cuerpo sus accidentes anatómicos naturales (curvas, flancos y ondulaciones) para devenir en un tubo humano uniforme.

El cilindrismo se resiste al vestido entallado; es el creador del "blusón playero tres cuartos" y de los pantalones con elástico en la cintura. Supone la abolición total de las curvas, de manera que el pecho, la cintura y la cadera se unen en un bloque armónico, compacto y liso. Las fajas dejan de ser un secreto para ocasiones especiales y se convierten en “soporte estructural” de uso cotidiano. Los tacones, por su parte, son reemplazados por zapatos con plantillas ortopédicas camufladas, ya que la prioridad no es verse alta, sino sobrevivir al suelo.

El doñismo presenta igualmente un cuadro sicoemocional matizado por un histerismo desbocado que afecta el sistema nervioso. Sus manifestaciones más distintivas son reacciones estridentes y compulsivas que se expresan con notable frecuencia en monólogos dirigidos al vacío, como el que se improvisa en lugares públicos, rematado con una frase temática: "¡Ay, señores, pero esto no hay quien lo aguante!" al revisar, por ejemplo, la estampilla del precio del pollo congelado en un supermercado.

Ese nerviosismo doñil es igualmente hipocondríaco y le da sentido de pertenencia a todas sus enfermedades —“mi” rinitis o “mi” erupción— seguidas del tratamiento indicado por “mi” especialista, que, con cierto orgullo, recomienda como el mejor. El bolso de mano deja de albergar maquillaje y cosméticos para contener un arsenal de analgésicos, antiácidos, toallitas húmedas y mentas Halls para el aliento, así como los recibos de agua, luz, cable, colegio y… la chequera.

La doña desarrolla un mal humor preventivo que potencia al entrar ya enfadada a cualquier despacho o caja, asumiendo la ineptitud del dependiente o el mal servicio de la institución. Por igual, sufre de una hipersensibilidad auditiva: cualquier ruido le provoca una irritante sensación de molestia no disimulable y que reclama sin reparar en modales. Ese cuadro apareja la incontenible necesidad de hablar de forma compulsiva. Habla de todo con detalles no pedidos. No emplea el WhatsApp para enviar mensajes; lo usa para grabar podcasts existenciales.

¡Pero no! ¡No lo vamos a permitir! Es la asonada que se levanta en contra del doñismo desde las trincheras pequeñoburguesas. Las consignas salen del gym, a golpes de zumba, y con atuendos de licras. La resistencia asoma con mancuernas, ácido hialurónico y lifting facial. El objetivo no es envejecer con dignidad, es retrasar el severo decreto del doñismo a través del desacato biológico. Es la negativa a obedecer la orden de apagar la música, bajarse de los tacones, usar pantis de tiro alto (matapasiones), cubrir las piernas o empezar a tejer.

La guerra no es con drones ni misiles balísticos, es con vaporizadores, radiofrecuencia facial (RF), ultrasonido/HIFU y fototerapia LED/IPL. Las bases militares están en los quirófanos y tienen comandos activos en las unidades de rinoplastia, abdominoplastia, ritidoplastia e himenoplastia.

La consigna proclamada a todo pulmón es unánime: “rescatar la dignidad del colágeno perdido”, una nueva “Marsellesa” cantada con la fuerza épica de la juventud eterna. “Somos y seremos jóvenes” es el mantra que invita a reprimir todo histerismo doñil con una vibra zen gestionada en sesiones de yoga y en juntas menopaúsicas.

La insurgencia persigue la abolición total del doñismo y la imposición de una nueva dictadura estética: el imperio de la mujer madura. La estrategia es entronar en una sociedad de fina superficie —banal— los patrones de belleza de la feminidad madura. La piel satinada con retinol, el cabello con ondas perfectas y un vestuario de tres salarios mínimos no tolera competencias. Las veinteañeras ya no son rival para vencer; ahora son vistas con conmiseración por no poder pagar un entrenador personal musculoso, un chofer para menudas diligencias, terapia spa o un buen set de hilos tensores.

El éxito de esta rebelión ha puesto en el centro de la admiración plástica a la mujer realizada —que le da portada a la crónica social o a la de marketing empresarial—, estéticamente impecable y adicta a las tendencias vanguardistas. Hoy venció la mujer madura, la heroína que hizo rendir al doñismo en una era “deconstructiva” de paradigmas.

PD. El doñismo ideológico no demorará en acusar de “panfleto misógino” esta sátira y de seguro mandará al autor al patíbulo de las redes sociales, sin oír siquiera su defensa ni esperar la versión dedicada al “don andropáusico” en una próxima entrega.

A la memoria de dos eminentes antidoñistas: Olga Altagracia Morel de Reyes y Elka Scheker. ¡No a la bata de algodón!

Abogado, ensayista, académico, editor.