Haití: nueve paradojas para comprender su presente

Entre la independencia conquistada y la libertad hipotecada, la tragedia haitiana

Hay historias que avanzan mediante conquistas y derrotas; otras parecen quedar atrapadas entre ambas. La de Haití pertenece a estas últimas. Una nación que protagonizó una revolución extraordinaria ha visto sucederse dictaduras, intervenciones extranjeras y promesas de reconstrucción sin conseguir consolidar una estabilidad duradera.

No han faltado esfuerzos, pero demasiadas soluciones han modificado las circunstancias sin alterar las causas de los problemas. Cambian los protagonistas; las contradicciones permanecen.

Nueve paradojas permiten asomarnos a esa historia de conquistas extraordinarias y frustraciones persistentes.

1. La independencia conquistada y la libertad hipotecada.

Haití conquistó su independencia en 1804, pero veintiún años después tuvo que pagar por su reconocimiento. En 1825, Francia, la potencia colonial derrotada, le impuso una indemnización de 150 millones de francos para compensar a los antiguos propietarios, bajo la amenaza de sus buques de guerra.

Los antiguos esclavizados debían indemnizar a sus antiguos amos. Los vencedores terminaron pagando a los vencidos.

Para cumplir la obligación, Haití se endeudó con bancos franceses, inaugurando una pesada dependencia financiera. La indemnización, posteriormente reducida a 90 millones de francos, y los préstamos asociados comprometieron sus recursos durante décadas. La independencia había sido conquistada; la libertad quedaba hipotecada.

2. Gobernantes poderosos con instituciones débiles.

La independencia tampoco resolvió la difícil tarea de construir instituciones capaces de sobrevivir a quienes ejercen el poder. François Duvalier concentró una autoridad extraordinaria, sometió adversarios e impuso obediencia durante años. Sin embargo, aquella fortaleza personal convivió con instituciones incapaces de sostener un orden legítimo y duradero.

La historia haitiana ha conocido hombres fuertes con Estados débiles. El poder puede concentrarse en una persona; la fortaleza institucional exige reglas capaces de imponerse incluso a quienes gobiernan.

3. El vacío del Estado y la multiplicación de los poderes.

Cuando las instituciones pierden autoridad, el poder no desaparece: cambia de manos. En Haití, las pandillas han ocupado espacios donde el Estado ha retrocedido, imponiendo pagos y controlando comunidades.

Algunas, vinculadas a determinados intereses políticos y económicos, han adquirido autonomía suficiente para desafiar incluso a quienes antes podían utilizarlas.

4. La prosperidad de algunos en medio del empobrecimiento de todos.

Mientras millones de haitianos padecen la inseguridad y la pobreza, determinados actores encuentran en la debilidad institucional oportunidades de enriquecimiento e influencia.

El tráfico de armas, el financiamiento criminal y los privilegios protegidos por relaciones políticas prosperan donde escasean los controles públicos. Un Estado funcional exige responsabilidades; uno debilitado permite que algunos las eludan. Reconstruir Haití supone transformar también los intereses que hacen rentable su fragilidad.

5. Elecciones para recuperar legitimidad, seguridad para poder celebrarlas.

Haití necesita elecciones para recuperar legitimidad, pero necesita seguridad para celebrarlas. La violencia, el desplazamiento de comunidades y el control territorial de las pandillas dificultan el ejercicio libre del voto.

Los aplazamientos electorales revelan el dilema: celebrarlos sin garantías suficientes amenaza su credibilidad; postergarlos indefinidamente prolonga la provisionalidad política. La legitimidad necesita seguridad para expresarse y la seguridad necesita legitimidad para sostenerse.

6. La ayuda que alivia necesidades sin superar dependencias.

Haití ha recibido durante décadas asistencia internacional para enfrentar emergencias que sus instituciones no han podido resolver. Esa cooperación ha salvado vidas, sostenido comunidades y proporcionado servicios indispensables. Pero también encierra una contradicción: cuando la ayuda termina sustituyendo al Estado, puede aliviar sus carencias sin corregir las causas que las producen.

Se atiende la urgencia de hoy mientras permanece pendiente la capacidad para enfrentar la de mañana. Y así, lo que nació como una respuesta provisional corre el riesgo de convertirse en una dependencia permanente.

La mejor cooperación no es la que consigue quedarse más tiempo, sino la que fortalece las instituciones hasta hacer innecesaria su propia presencia.

7. Las victorias militares que no consiguen construir la paz.

En 1915, Estados Unidos inició una ocupación de Haití que se prolongó durante diecinueve años. Reorganizó instituciones, construyó infraestructuras e impuso un orden sostenido por su presencia militar. Las tropas se retiraron en 1934; las fragilidades institucionales permanecieron.

Las intervenciones posteriores tampoco consiguieron consolidar una estabilidad irreversible. Las operaciones actuales contra las pandillas enfrentan un desafío semejante: recuperar territorios sin dejar intactas las estructuras que alimentan la violencia.

La fuerza puede ganar batallas y crear condiciones para la paz, pero no construirla por sí sola. Recuperar territorios exige capacidad militar; devolverles instituciones y vida cotidiana constituye una tarea política mucho más compleja.

8. La soberanía proclamada y la autoridad que depende del extranjero.

Haití defiende, con legítimo orgullo, su soberanía nacional. Sin embargo, necesita fuerzas extranjeras para recuperar territorios que sus propias autoridades no consiguen gobernar. La contradicción es profunda: un Estado jurídicamente soberano que depende de otros para ejercer una de las responsabilidades esenciales de esa soberanía.

La intervención extranjera puede ser necesaria, pero no constituye una solución permanente. La soberanía exige tanto independencia jurídica como capacidad efectiva para ejercerla. Haití tiene soberanía para decidir, pero carece de capacidad suficiente para hacer valer sus decisiones.

9. La estabilidad que necesitamos y de la que no podemos depender.

Para República Dominicana, las paradojas haitianas no constituyen una reflexión distante. Compartimos una isla, una frontera y las consecuencias de una crisis que desborda sus fronteras.

Otros países pueden concluir misiones, retirar contingentes y modificar compromisos. República Dominicana no puede cambiar de vecino.

Nuestro interés en la estabilidad haitiana es permanente, pero nuestra seguridad no puede depender de que Haití consiga alcanzarla. Debemos contribuir a su recuperación institucional sin desprotegernos frente a una posible prolongación de la crisis. Fortalecer nuestras instituciones, la seguridad fronteriza y la cooperación contra las redes criminales transnacionales constituye una responsabilidad permanente.

No nos corresponde resolver los problemas políticos de Haití ni asumir responsabilidades que pertenecen a sus autoridades. Nos corresponde defender nuestros intereses nacionales con firmeza, prudencia y visión de largo plazo.

Después de tantas intervenciones, transiciones y esfuerzos de reconstrucción, la pregunta ya no es solamente cómo recuperar los territorios dominados por las pandillas, sino quién tendrá la capacidad de gobernarlos cuando las fuerzas extranjeras se retiren.

Porque la verdadera prueba no estará en las victorias militares que otros puedan conseguir, sino en la autoridad que los propios haitianos sean capaces de sostener después de ellas.

Nelson Espinal Báez Associate MIT - Harvard Public Disputes Program at Harvard Law School. Presidente Cambridge International Consulting.