Algunas lecciones de la crisis brasileña
Brasil se hunde cada día más en una recesión que parece no tener un fin. En un año, el país, que hace una década asombraba al mundo con cifras estratosféricas, se ha desplomado un 4.5%, sin ninguna esperanza de que mejore. Es la recaída más violenta de los últimos 20 años. Algunos analistas apuntan que va camino de ser la peor recesión en 80 años. Nada se escapa al hundimiento: el consumo familiar –uno de los motores de los venturosos años del expresidente Lula– retrocede un 4.5%. Nadie se fía, nadie compra y nadie vende. Sobre todo porque el desempleo —otro fantasma en alza— llega ya al 8%, y nada augura que no siga subiendo. El País, diciembre 2015
Cuando Dilma Rousseff ascendió al poder político en 2011, lo hizo en medio de altas expectativas de que mantendría el ritmo de crecimiento de la economía brasileña, continuaría con la estabilidad de precios y que nuevos segmentos de la población saldrían de la pobreza. Igualmente, se pensó que redefiniría la política de permisibilidad –algunos dicen de complicidad- de la corrupción que aplicó su predecesor Lula da Silva. Y por un tiempo se pensó que esas expectativas serían satisfechas; especialmente, cuando sometió a la justicia, por corrupción, a algunos funcionarios del gobierno de Lula. Sin embargo, la situación de la economía brasileña comenzó a tomar un giro hacia lo peor, y nuevos escándalos de corrupción comenzaron a minar la credibilidad de reelecta presidenta. Básicamente, el escándalo de Petrobras unido a los sobornos pagados por dos de las más importantes firmas constructoras del país suramericano terminaron por desplomar la maltrecha popularidad de la Rousseff. Hoy se estima que apenas el 10% de los brasileños apoya a su gobierno; una especie de reversión de la fortuna.
El modelo brasileño –tan admirado por muchos en el país- como era previsible comenzó hace buen tiempo a dar muestras de agotamiento. El fin de la bonanza de los precios de las materias primas de exportación de Brasil, en combinación con un masivo programa de intervención gubernamental y una presión tributaria por encima del 35% del PIB crearon las condiciones para la desaceleración de la economía, la cual registra crecimiento negativo en los tres primeros trimestres de este año; lo que sumado a niveles inflacionarios de dos dígitos –muy por encima de la meta de inflación- han deteriorado las condiciones de vida de los brasileños, y reducido significativamente la productividad laboral y la competitividad.
Las mayores restricciones presupuestarias han estado acompañadas de un creciente proceso de endeudamiento, principalmente en moneda local luego de acumular una deuda externa superior a los 200 mil millones de dólares, que no ha evitado que el desempleo se haya disparado por encima del 8%; y que muchos brasileños que habían salido artificialmente de la pobreza han regresado a ella como consecuencia de la crisis.
Es obvio que el modelo económico de Lula privilegió el corto plazo, en detrimento del medio y largo plazo, y hoy Dilma Rousseff está cosechando los frutos de los errores de su predecesor. Una vez más la crisis no estalla en manos de quien la gestó. El endeudamiento permite continuar la fiesta hasta que se hace imposible endeudarse más y aparece la resaca. Aun así se trata de una responsabilidad compartida entre ambos gobernantes, pues la Rousseff dio continuidad a lo que era considerado un nuevo modelo –fallido por demás- de desarrollo económico, capaz de sacar de la pobreza a millones de brasileños.
La crisis brasileña derrumba el mito –muy socorrido en nuestro país- de que la baja presión tributaria causa altos niveles de endeudamiento, y que la proporción de la deuda publica dominicana cercana al 50% del PIB es consecuencia de una presión tributaria por debajo del 15% del PIB. En el caso brasileño es todo lo contrario; la presión tributaria es la más alta de la región, mientras que la deuda púbica se ubica por encima del 60% del PIB. Dada una presión tributaria tan alta se esperaría que la proporción de la deuda fuera mucho más baja. Pero no es así; lamentablemente, el gobierno brasileño enfrenta una situación fiscal muy delicada, con la complicación de que no tiene muchas opciones.
Por un lado, tiene muy poco espacio fiscal para endeudarse; y por otro lado, la presión tributaria es muy alta para considerar un incremento de los impuestos. Una política monetaria más flexible solo agregaría más oxígeno a la ya alta inflación. De manera que el único camino posible es la austeridad. Sin embargo, la aplicación de una política de austeridad tendría una enorme resistencia de la opinión pública, pues mayores sacrificios sociales y económicos no pueden entenderse en el marco de una crisis de credibilidad originada en los escándalos de corrupción que parecen no detenerse en ningunas de las puertas palaciegas.
Por eso, la presidenta Dilma Rousseff se ve como parte del problema y la mayoría de los brasileños pide su destitución, pues cualquier programa de estabilización económica descansaría en la credibilidad de quien tiene el poder y el liderazgo para implementarlo. Y ese no es el caso de la Rousseff... Creo que es inteligente aprender de los errores ajenos. ¿Estamos a tiempo?
@pedrosilver31
Pedrosilver31@gmail.com
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