¡Arriba los empresarios!
Como abogado mercantil y consultor empresarial he acompañado por tres décadas a emprendedores de distintas tallas. Los asisto en la organización legal, corporativa y financiera de sus ideas. Me involucro en la construcción de su futuro, ese que nace con el latido de tantas ilusiones, algunas sorprendentemente incautas. Una buena parte de mi trabajo es confrontarlos con la realidad que no quieren ver. Los he visto crecer a golpe de desvelos y obstinados arrojos. Muchos se quedan en el camino; otros, después de llegar, sucumben; algunos se levantan y se hacen colosos imbatibles a expensas de inenarrables sacrificios. Pocas sensaciones me reportan tanto agrado como sentirme confirmado en sus realizaciones y saber que en ellas de alguna manera yacen mis rastros.
En un país tan hostil, invertir es para intrépidos. Dominan trabas salvajes de convivencia económica: una burocracia escabrosa, un aparato judicial inoperante, un sistema registral tardo, una autoridad pública atada a patrones corruptos de gestión y una cultura informal en los negocios y el trabajo.
He asistido con orgullo al capital local y al extranjero. No muy pocos inversionistas han corrido en desbandada, acosados por condiciones tribales de competencia y sin poder quebrar las duras contenciones a sus proyectos por el “pecado” de entrar a mercados dominados por viejos oligopolios. No aguantan las embestidas y terminan rendidos con la peor fama del país.
La mayoría de los operadores oligopolistas mantienen alianzas de titanio con los gobiernos; colocan a sus burócratas en agencias estratégicas para bloquear inversiones competidoras y facilitar los privilegios de las propias. Controlan a los funcionarios y a los gremios empresariales, los que usan como piezas de un engranaje de poder para detentar las agendas reguladoras y monopolizar los grandes proyectos de inversión pública.
Pocas iniciativas se mueven en los despachos oficiales sin que esos núcleos sean consultados. Ellos bendicen o conjuran a los gobiernos según sus conveniencias. Se asumen como la fuerza del bien y los oráculos de la institucionalidad. Desde su óptica, los gobiernos mejor valorados son los más consecuentes con el cuadro de sus intereses. Están en todas las agendas, comisiones y viajes del Ejecutivo como los iconos de la economía. Cualquier desacato a sus designios se interpreta como un golpe a la libre empresa o un atentando a la ajada competitividad; ese concepto desgastado que se licúa como pretexto arenoso en sus discursos para mantener viejas dispensas.
En el caso de este Gobierno, la relación con ese sector ha sido nupcial. Ha gozado de los tratos que no tiene legítimamente cualquier otro empresario. En reciprocidad, esa élite le ha consentido al Gobierno todos sus extravíos. A pesar de condenar desde los gremios los atentados a la institucionalidad, su maleable retórica se desdobla para, en los aposentos, negociar los verdaderos libretos de poder, esos que no se publican, pero que ruedan disimulados entre las comidillas sociales.
Al lado de esos poderes se consolida el empresariado de las contrataciones públicas. Son los grandes de la economía del Estado. Han creado tinglados impenetrables y opacos de contratación: repartos de obras, pago de sobornos, comisiones de reverso y sobrevaluaciones. Sus dominios no se tocan porque en nuestra cultura han impuesto el mito de que los empresarios son los buenos y las víctimas de las flagelaciones estatales. Se asean con el favor de los de tradición y se dotan de medios de comunicación, fórmula aséptica para entrar sin máculas en las grandes constelaciones familiares, esas que presumen que en el país nada puede moverse sin su soberano permiso.
Hubo un tiempo en que los políticos se plegaban a los dominios y antojos de esos núcleos; hoy son estos los que sustentan este estatus político en una asociación de recíproca sumisión para que las cosas sigan como están. “Silencio por poder” es la ecuación que rige, como pacto implícito, esos vínculos corporativos con los centros públicos. Cualquier cambio en las reglas de juego los pone nerviosos. Por suerte sus fachas pierden apariencia, sus abolengos no intimidan ni sus llamados son atendidos como órdenes marciales. La pasada experiencia del diálogo de cúpula sobre la crisis pos electoral demostró que los tiempos han cambiado, aunque ellos, en su ensimismamiento, apenas lo han advertido. Siguen aferrados a quiméricas autovaloraciones. Solo pensar que tres adolescentes tuvieron más fuerza de convocatoria social que esas viejas marcas de tradición es para reflexionar. Pero no se dan a espacios autocríticos, califican como resentida cualquier valoración en contra y ven como enemigos a los pocos que les enrostramos sus complicidades.
Sí, ¡que vivan los empresarios! Pero aquellos que pese a todos esos valladares libran la lucha diaria para sobrevivir en condiciones desiguales de competencia. Los que sin contar con tales resortes empujan emprendimientos audaces y salen exitosos. ¡Que vivan los empresarios! Los que no reclaman honores por pagar impuestos ni dar empleo; los que no pasan facturas ni les reclaman a los gobiernos tratos preferentes en nombre de sus cuotas de empleo o de sus “títulos nobiliarios”; los que no necesitan apalancamientos privilegiados para hacer negocios a puro músculo. ¡Que vivan los empresarios! Ese inmenso colectivo de pequeños esfuerzos que le da dinamismo a la economía aun desde la informalidad sin exigir crónicas épicas, ceremonias de exaltación ni más derecho que el que le dan las leyes. Esos que no usan su fuerza de mercado para intimidar, dominar o aplastar.
¡Que vivan los empresarios! Los que pagan calladamente sus impuestos y no les sacan sus declaraciones a los gobiernos para procurar acomodos, preferencias ni ventajas. Los que no hacen pasarelas con sus inversiones o sus donaciones ni necesitan puestos en consejos de gobiernos ni en comisiones oficiales para mostrar su “compromiso con el país”. Los que soportan las agresiones fiscales y pagan los sobrecostos de la ineficiencia del sistema, incluyendo la corrupción de los políticos empresarios y de los empresarios políticos, a la postre la misma cosa. Los que pese a todo creen en el país, aunque este no les retribuya justamente sus ingentes inversiones de vida. Creo, defiendo y amo a ese empresario.