De la incertidumbre nacen los grandes cambios

—Profesor y filósofo Vitriólico, ¿la falta de ética del trabajo a que usted se refería en un artículo anterior, es acaso generalizada?

Afortunadamente no, querido alumno. Hay todo un país que vibra, estudia, crece, trabaja, aprende, adquiere disciplina laboral, lucha por progresar. No todo está perdido, siempre que cambiaran las políticas.

—¿Cambiar qué? ¿Las políticas o a los políticos, filósofo?

Ojalá pudiera aplicarse aquella famosa estrofa de la canción infantil que dice “ambos a dos, matarile rile rile, ambos a dos matarile rile ron”, o sea, cambiar las políticas y también a los políticos.

—Carajo, profesor, yo sabía que usted no me iba a defraudar. Al paredón con ellos, carajo, al paredón.

Un momento, no te embales. Frena tus ansias.

—No coja miedo, profesor.

Es cierto que la clase política, con las excepciones de rigor, no ha estado a la altura de las circunstancias y ha aprovechado el alto grado de ignorancia de la población para medrar en río revuelto.

—Paredón para ellos, profesor, físico y también moral.

Joven alumno, Abimbaíto, no agites el avispero que las colmenas son muchas y las avispas están irritadas en extremo. Hay que ser sensatos y prudentes. Ten en cuenta que la inestabilidad que surgiría no convendría a nadie. La paz social es absolutamente necesaria para el progreso de los pueblos.

—Si, pero no a cualquier precio, ¿verdad?

En el fondo, mi alumno, lo importante es la regeneración moral del sistema político, acompañada por un cambio en las políticas. Si la sociedad dominicana creara consciencia y presionara, pudiera dar un salto cualitativo admirable.

—Caramba, usted pasa a velocidad de lucero del pesimismo al optimismo.

El asunto es simple. La sociedad tiene que enfocarse en lograr que las instituciones funcionen con independencia, y cortar de cuajo las fuentes de que se nutre el clientelismo.

—Filósofo, eso parece muy aéreo. Precise, por favor, precise. No me deje halando aire.

Lo sabes pues lo has vivido, quienes llegan al poder empiezan de inmediato a crear las condiciones para no bajarse nunca de la silla de alfileres. Y retuercen las instituciones para que sirvan a sus propósitos.

—Y, ¿cómo lo logran?

Lo primero que hace el arquetipo de político populista es asegurarse de que cada poder del Estado esté dirigido por gente que le sea fiel y confiable. En estos casos la independencia de criterio y de carácter es un obstáculo.

—Ah, caray.

Al mismo tiempo, inflan la nómina pública y multiplican el gasto corriente, no para resolver lo que a la ciudadanía le interesa y necesita, sino para crear una base cautiva de votantes.

—Siga diciéndome.

Hace un tiempo descubrieron el encanto de la política social de subsidios y lo fácil que resulta convertirla en plataforma clientelista, en vez de canalizar esos recursos a través de instituciones como, por ejemplo, la seguridad social, sin color partidario ni grupal.

—Y yo que me creía que la intención era otra.

Balaguer, en un tiempo, realizaba visitas a los pueblos y comunidades para inaugurar obras y promover al mismo tiempo su figura de estadista, con abundancia de gente transportada y pagada con recursos públicos que portaba letreros encomiando su gestión bajo la consigna de “gobierno que trabaja, país que progresa”. Y obvio, acompañadas de carteles que pedían su continuidad. Con el paso del tiempo ha cambiado la forma, pero en el fondo todo sigue igual.

—No, filósofo Vitriólico, ahora hay visitas sorpresas. Eso es distinto, ¿o no lo es?

Es otra manera imaginativa de hacer lo mismo. Los gobiernos del siglo XXI son mediáticos y algún día se convertirán en virtuales.

—Me voy a deprimir profesor. Y cual es la razón de que el pueblo no reaccione.

Son varias, pero una de ellas es su mansedumbre.

—Pues yo creía que era un pueblo aguerrido.

En momentos determinados ha llegado a alcanzar cimas épicas, pero tiende a ser manso. Eso explica la permanencia por tanto tiempo de un Lilís, o de un Trujillo. La falta de educación hace que lo domeñen con facilidad, que lo embrujen con espejitos, que adore un becerro que reluce creyendo que es de oro.

—Pero filosofo venerado, se ha ido muy lejos con esos ejemplos. ¿Es que no los hay más cercanos?

Están a la vista.

—No me diga más. Estoy confundido.

A pesar de todo, mi querido alumno, debes de saber y creer en que hay futuro. Las virtudes de este pueblo son muchas y relucirán con esplendor cuando empiecen a funcionar las instituciones. La gran tarea es apuntalarlas. Y cuando adquieran independencia y sean dirigidas por seres con carácter, conscientes de su papel histórico, será el comienzo de un nuevo amanecer que iluminará el trayecto de la patria.

—¿Cómo? ¿Usted está en su sano juicio?

A veces, lo que parece imposible se encuentra a la escasa distancia de estirar la mano. De ahí, de las grandes incertidumbres, suelen nacer los grandes cambios.

No olvides que la política, al igual que la banca, depende de la confianza. La gran virtud es ganarla y mantenerla. Cuando hay riesgo de perderla, se abre un amplio abanico y cualquier acción o derivación es posible.

—Y eso usted lo ve cercano, Profesor.

Pienso que existe la oportunidad de que se empiece a regenerar las instituciones públicas y partidarias y de que se introduzcan las reformas fundamentales, económicas y sociales, que ayuden a cohesionar y aumentar el potencial de cambio de la sociedad.