El factor invisible que frena el virus
Se percibe la existencia de un estado de ánimo generalizado de no cumplir el cierre de actividades económicas por mucho tiempo más, estimulado por la necesidad de trabajar.
La pandemia del coronavirus tiene un efecto sanitario salvaje: hay casi 300,000 fallecidos. Y un efecto económico demoledor: contracción pavorosa de la economía mundial.
Hay evidencias de que la pandemia ha empezado a remitir, a perder agresividad. Las cifras de contagios y fallecimientos van en descenso progresivo.
Las medidas que han mostrado mayor eficacia son el lavado de manos, distanciamiento social, uso de mascarillas.
Hay otras de dudoso resultado, como la restricción de movimientos de la población y cierre de actividades económicas.
Por lo general, todas estas disposiciones han sido impuestas coercitivamente, aunque en algunos casos, como el de Suecia, han sido dejadas al criterio de la población, dado su elevado nivel cultural.
Existe otro factor relevante, invisible a los ojos de quienes no quieren ver. Todo apunta a que el calor frena el avance del coronavirus, mitiga su virulencia. Sin embargo, hasta ahora no se ha querido reconocer su impacto en la contención del virus.
Los países que emiten las estadísticas de contagio y muertes son de clima frío y no están centrados en ese elemento. Y los que son de clima cálido, como el nuestro, parecen inclinados a que las directrices les lleguen del norte para entonces decidir sus políticas, en vez de actuar según la observación propia.
Los números de contagios y muertes por coronavirus en el trópico de cáncer, en el que nos encontramos, son muy inferiores, en proporción a las respectivas poblaciones, a los de países de clima frío como los Estados Unidos, España, Suecia.
Y eso ocurre a pesar de que la disciplina social y la calidad del sistema sanitario es más baja en nuestros territorios que en aquellos de clima frío, lo cual fortalece la hipótesis del efecto del calor sobre el virus.
Las estadísticas reflejan que hasta hace poco el número de muertes por coronavirus por cada 100,000 habitantes era de 54 en España; 42 en los Estados Unidos; 21 en Suecia; 3 en la República Dominicana; 2.7 en Puerto Rico; 0.58 en Cuba; 0.12 en Costa Rica.
O sea, muchísimas menos muertes en clima cálido que frío.
Aquí, en la República Dominicana, el virus empezó a remitir desde el principio; a ser menos agresivo, más benigno. Esa tendencia se ha agudizado, porque el calor es ahora cuando ha empezado a tomar mayor control de la geografía nacional.
El país ha reaccionado ante la pandemia imitando patrones de conducta ajenos, asumiendo la paralización económica y social con riesgo cada vez más alto de empobrecimiento masivo y explosión social.
Las medidas adoptadas de confinamiento de la población, incluyendo el toque de queda parcial, no han funcionado. Lo hacen solo en apariencia, como es usual en las políticas públicas.
Ni siquiera frenan las aglomeraciones de personas en los bancos, supermercados, ni las grandes colas para inscribirse o cobrar subsidios, ni las intensas movilizaciones en los mercados informales, ni la explosión de ignorancia colectiva y aprovechamiento político ocurrida en Puerto Plata.
De nada sirve confinar por las noches, si en el día se estrechan los contactos; ni cerrar negocios, si se abren de forma disimulada y creciente, sin medidas de protección.
Se percibe la existencia de un estado de ánimo generalizado de no cumplir el cierre de actividades económicas por mucho tiempo más, estimulado por la necesidad de trabajar.
Tal estado de ánimo colectivo choca con la tentadora y atractiva práctica política de monopolizar los medios de comunicación, dictar medidas “salvadoras”, consejos paternales, conceder ayudas, subsidios. Al tiempo que se vigilan los movimientos de la población a través del sistema militar del C5i, incompatible con el estado de derecho.
Con el propósito de evitar que la crisis económica cause muchísimas más víctimas que el virus, lo que procede es (dada la comprobación de los efectos atenuantes del calor y la disfuncionalidad del confinamiento), desmontar el estado de emergencia y reanudar en brevísimo plazo las actividades económicas, aun fuere en forma escalonada, e intensificar la aplicación de aquellas medidas sanitarias y epidemiológicas cuya eficiencia ha sido comprobada.
El énfasis sanitario tendría que continuar poniéndose en el lavado de manos, distanciamiento social, uso de mascarillas en lugares públicos y realización de pruebas en mayor escala para monitorear la situación de salubridad y anticuerpos.
Acompañado, eso sí, de una intensa campaña de orientación ciudadana.
Si se aplicaran estas sugerencias, es posible que el umbral de contagios se redujera con mayor lentitud, pero, a cambio, se evitaría la emergencia de una calamidad económica y social de proporciones y consecuencias inimaginables.