La decepción de Máximo López Molina

Sin nada que ver con los trágicos acontecimientos de la primavera de 1972 en Bruselas, se vio envuelto en la red de calumnias con que la izquierda revolucionaria dominicana, a falta de argumentos verosímiles, suele desacreditar a sus dirigentes.

Cuando Máximo López Molina y Andrés Ramos Peguero instalaron en el 12 de la avenida José Trujillo Valdez (hoy Duarte), el Movimiento Popular Dominicano (MPD), organización política de confesión marxista-leninista, no sabían que atreverse a desafiar la intolerancia de Trujillo y su dictadura les abría de par en par las puertas de acceso al privilegiado mundo de la leyenda. Ramos Peguero fue víctima de la Guerra fría en los inicios de la Pax americana que el gobierno de Joaquín Balaguer (1966), tenía la misión de poner sobre raíles durante los años que siguieron a la firma del Acta institucional el 3 de septiembre 1965 y ponía fin a cuatro meses de guerra civil; López Molina falleció en París el pasado 22 de agosto decepcionado por la ingratitud de sus compañeros de lucha revolucionaria.

Niño durante los días que siguieron al ajusticiamiento de Trujillo, recuerdo cuando López Molina fue deportado por el Consejo de Estado en 1962; escuché hablar del fundador del MPD cuando se levantó en armas en protesta contra el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Bosch en 1963. Apresado rápidamente fue deportado a Francia; también después de la Revolución de Abril cuando sus compañeros de partido le acusaron de no respetar el centralismo democrático de ser incapaz de aceptar el principio marxista de crítica y autocrítica y, sin miramientos, le expulsaron de la organización que, junto a otros dominicanos, había fundado en 1956 en La Habana.

Consciente de las contradicciones internas que evolucionan en toda formación política, acusó la decisión de sus camaradas y formó el Partido Comunista Ortodoxo que no tuvo el éxito que su fundador esperaba. La trágica muerte de Maximiliano Gómez en Bruselas (1972), y poco después el cobarde asesinato de Miriam Pinedo, así como la destacada participación del fundador del MPD por esclarecer la muerte “accidental” de Gómez y el sádico asesinato de la viuda de Otto Morales jugaron un papel de considerable importancia en la cadena de decepciones que fueron minando la inquebrantable moral del histórico dirigente comunista dominicano.

Sin nada que ver con los trágicos acontecimientos de la primavera de 1972 en Bruselas, se vio envuelto en la red de calumnias con que la izquierda revolucionaria dominicana, a falta de argumentos verosímiles, suele desacreditar a sus dirigentes. Una más de las tantas decepciones con que le respondían sus camaradas.

López Molina pudo aceptar que no se le reconociera su papel protagónico en la repatriación del cadáver de Maximiliano Gómez a República Dominicana; que le expulsaran del MPD; que trataran de manchar su reputación. Lo aceptó con humildad; en cambio, Huguette Lefrère, la francesa que abandonó a su marido para entregarse al proscripto revolucionario dominicano que conoció durante uno de sus exilios en Francia, no tenía la misma disposición ni los mismos principios ideológicos que su compañero para aceptar tan estoicamente la ingratitud revolucionaria y decidió, para protegerlo según decía, aislar a su marido tanto de camaradas, de la revolución como de su país. Tuvo éxito.

Recuerdo cuando conocí por pura casualidad a López Molina. Fue una tarde de marzo de 1988 cuando Juan Bosch vino a París a presentar Vers le port d’origine, la colección de cuentos que había traducido junto a mi esposa, Françoise Mironneau, por cuenta de la editora Alinéa. Nos paseábamos entonces por el boulevard Saint-Germain y al llegar a los alrededores del Café de Flore, escuchamos llamar: “¡Juan Bosch!”. Agradablemente sorprendido, Bosch reconoció a Máximo López Molina y Huguette Lefrère, su esposa.

Aprovechando la cercanía del Café de Flore nos acomodamos en una mesa de la terraza. Durante poco más de dos horas los años nostálgicos del exilio dominicano en Cuba se apoderó de la conversación pasando por la corta estada de don Juan y doña Carmen en el Hotel du Danube en 1969 propiedad de la esposa de López Molina. En ese entonces Bosch daba los toques finales a su polémica Dictadura con respaldo popular.

Juan Bosch que las decepciones y traiciones abundan en su intensa y prolongada actividad política no preguntó ni mencionó las razones del aislamiento de López Molina, pero Huguette Lefrère, como si leyera el pensamiento del insigne político y escritor, comenzó a justificar las razones que la motivaron a aislar a su esposo de la vida política dominicana después de la muerte de Maximiliano Gómez en Bruselas en 1972. Si había escapado a los aparatos represivos de la dictadura de Trujillo y del gobierno de Balaguer, las repetidas decepciones y la mezquindad de sus camaradas, además de la diabetes, darían con su vida. Su decisión fue drástica, pero tenía que protegerlo. Bosch guardó un silencio condescendiente; doña Carmen como esposa de político que había sido víctima de tantas o más decepciones y traiciones, solidaria con madame Lefrère comentó: “Te comprendo, Huguette, te comprendo”.

Acompañamos a López Molina y su esposa hasta el 58, rue Jacob en donde Bosch, didáctico como siempre, nos mostró la tarja de bronce que engalana la fachada del Hotel du Danube: “En este lugar John Adams, Benjamin Franklin y John Jay firmaron el 3 de septiembre de 1783 el tratado de paz que puso fin a la guerra de independencia de Estados Unidos”.

Diplomático. Escritor; ensayista. Academia Dominicana de la Lengua, de número. Premio Feria del Libro 2019.