La duración de la crisis mundial
En un interesante y reciente artículo, el economista Moisés Naím identifica cuatro razones principales que explican la larga duración de la crisis mundial actual.
En primer lugar, la finalización del ciclo alcista de los commodities. De acuerdo a sus informaciones, durante todo el siglo XX el precio promedio de estos bienes cayó en 0.5% cada año, mientras que entre 2000 y 2010 se duplicó, para retroceder en estos últimos años.
Segundo, la desaceleración de la economía de China, que consume cerca del 40% de los commodities. El boom de los commodities en los primeros 10 años de este siglo coincidió con la expansión y mayor demanda de la economía China. La caída reciente se relaciona con la desaceleración de la economía de ese país.
Tercero, el fin del superciclo de la deuda, idea que atribuye a Roggoff, basado en el razonamiento de que después de que empresas, gobiernos y personas se han endeudado por encima de límites impensables, no parece que quede otra opción que no fuera bajar la deuda y comprimir consecuentemente el consumo y la inversión.
Cuarto, la posibilidad de que se haya entrado en un periodo de estancamiento secular, criterio que pertenece a Larry Summers. Ocurre cuando hay más ahorro que inversión.
Moisés Naím afirma que “ahora los gobiernos pagarán más caro y más rápidamente sus errores en materia económica. La improvisación, el populismo y la búsqueda de atajos ilusorios prolongarán la crisis”.
Tiene razón, pero hay que hacer la salvedad de que no son los gobiernos quienes pagan los platos rotos. Son los pueblos los que ya han estado pagando las facturas en términos de desempleo, pérdida de ingresos y empobrecimiento, aunque los gobiernos sentirán las restricciones que se avecinan.
Inexplicablemente, Naím no considera factores como la expansión monetaria sin precedentes que ha sufrido el mundo, ni la espiral alcista que ha tenido lugar en el valor de los activos financieros, sin parangón o comparación con el crecimiento de los activos reales.
El mundo ha atravesado por un fuerte proceso caracterizado por burbujas financieras, inmobiliarias y de los commodities.
Y no puede soslayarse que en la base de todo se encuentra una expansión muy fuerte de las principales monedas de reserva, cuyo punto de ruptura fue la desalineación de las paridades monetarias luego del cese del patrón dólar-oro. A partir de ahí, se ha motorizado la expansión monetaria, desplomado las tasas de interés y estimulado el endeudamiento no solo para invertir sino también para consumir y especular. Y esto ha introducido grados de incertidumbre severos, por un periodo ya demasiado largo.
En consecuencia, el “estancamiento secular” a que se refiere Summers, puede muy bien sustentarse en el aumento del temor y la incertidumbre, que apunta a la necesidad de que el inflamiento de la deuda mundial y de la expansión monetaria recobre su perfil de normalidad. Por eso, asombra que no se mencione la necesidad de una reforma monetaria mundial en que se restablezca algún grado de disciplina en el ordenamiento económico.
El mundo está abocado a un proceso doloroso de consolidación fiscal. Los gobiernos tendrán que cubrirse con su propia sábana hasta donde alcance el largo de la tela.
En la Unión Europea aprobaron hace algún tiempo como norma comunitaria el objetivo de déficit fiscal cero, que es un reconocimiento de que el desajuste fiscal por si mismo induce desequilibrios generalizados que luego son difíciles de corregir.
De igual manera, los bancos centrales tendrán que ir recogiendo el exceso de monedas que pulula por doquier, todo lo cual podría llegar a tener un efecto de desinflamiento del valor de los activos, sobre todo los no reales.
En ese contexto, resulta muy extraño que todo un Premio Nobel de Economía, como Paul Krugman, insista tanto en promover el desajuste adicional de la economía mundial, según él para estimular la demanda, cuando la situación que se vive es producto de una demanda sobre excitada con desajustes fiscales, drogas monetarias y endeudamiento.
La borrachera no se cura con una nueva borrachera. La incertidumbre, a causa de los desajustes, condiciona las decisiones individuales, esteriliza y descarrila cualquier intento expansivo.
No se discute que las políticas de estímulo de la demanda adoptadas en el ciclo depresivo, funcionan. El detalle trascendente es que lo han hecho, por ejemplo en la gran depresión, a través de una economía orientada al esfuerzo de guerra, desprovista en esas circunstancias del germen especulativo y de los desajustes inmensos en el mercado de deuda y monetario que existen hoy.
Ahora, más que depresión, lo que hay es un inmenso desconcierto o desorden que inhibe el crecimiento mundial. Y no se resuelve con más endeudamiento y monedas, sino poniendo orden en las finanzas públicas y privadas y en la emisión monetaria mundial.