NY: la provincia 33
Para muchos dominicanos, Nueva York no es exactamente una ciudad extranjera
Existe una teoría no escrita que ningún sociólogo se ha atrevido a estudiar con suficiente profundidad: para muchos dominicanos, Nueva York no es exactamente una ciudad extranjera. Es una especie de provincia extendida de la República Dominicana, con clima raro y mucho más frío. Tal vez por eso, cuando alguien anuncia que consiguió una visa americana, la reacción pocas veces es un solemne “felicidades”. Lo habitual es escuchar: “¿Y cuándo te vas para Nueva Yol?”.
Porque para el dominicano promedio, viajar a Estados Unidos no ha sido solamente una aspiración económica o turística; ha sido casi un rito de iniciación social. Existe una satisfacción difícil de explicar al recibir ese pasaporte con el visado estampado. Algunos lo observan durante días como quien acaba de recibir un trofeo olímpico. Otros lo enseñan con una discreción que dura exactamente cinco minutos antes de colocarlo estratégicamente sobre una mesa familiar para que alguien pregunte.
Y si existe una temporada especialmente seductora para ese viaje soñado, es el invierno. Ahí aparece un fenómeno curioso: personas que durante todo el año se quejan del calor dominicano, pero que de repente desarrollan una fascinación casi poética por temperaturas bajo cero. Hablan de nieve con una emoción extraordinaria. Sueñan con fotografías usando abrigos gigantes, guantes, gorros y bufandas, imaginándose una escena parecida a una película navideña.
La realidad, por supuesto, suele llegar unas horas después del aterrizaje. Porque una cosa es observar la nieve en fotografías y otra muy distinta descubrir que el viento parece tener vida propia y atraviesa hasta el último hueso disponible. El entusiasmo inicial generalmente dura hasta que alguien pronuncia la frase más repetida por los dominicanos en invierno: “¿Y cómo es que la gente vive aquí?”.
Pero aun así regresan felices. Regresan con fotografías frente a Times Square, con una bolsa de compras imposible de cerrar y con historias de supervivencia climática que incluyen expresiones heroicas como: “Eso estaba a diez bajo cero”.
Lo interesante es que no ocurre con muchos otros destinos de temperaturas similares. Probablemente influya el costo, la distancia o la dificultad de llegar. Aunque también existe otro detalle muy dominicano: siempre hay alguien allá. Un primo, una tía, un compadre, un vecino del barrio o un amigo de alguien que recibe con la clásica frase: “Aquí te hacemos un espacio”.
Porque los dominicanos tenemos una capacidad extraordinaria: aparecer en cualquier punto del mapa. Y tal vez por eso Nueva York, para muchos, dejó hace tiempo de sentirse tan extranjera.
Y toda esta reflexión surge a propósito de un dato que, visto con ojos dominicanos, quizá no sorprenda a nadie: la República Dominicana figura entre los países con mayor procesamiento de visas hacia Estados Unidos, reflejo de una relación humana, familiar y cultural que desde hace décadas une a ambos países. Más que cifras consulares, esos números parecen confirmar algo que sospechábamos desde hace tiempo: entre Nueva York y Santo Domingo existe un puente invisible construido por familias, sueños y maletas llenas hasta el límite permitido.