¿Y por qué no una mujer?
Perspectivas sobre el liderazgo político femenino y el acceso a la Presidencia de la República
República Dominicana ha avanzado mucho en la participación de las mujeres. Están en las universidades, dirigen empresas, sostienen hogares, administran instituciones y ocupan posiciones relevantes en prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional.
Son médicas, maestras, empresarias, juezas, periodistas, legisladoras, funcionarias, emprendedoras y líderes comunitarias. Sin embargo, todavía ninguna ha alcanzado la Presidencia de la República.
Quizás ha llegado el momento de preguntarnos, con absoluta naturalidad: ¿por qué no una mujer?
La pregunta no debería resultar extraña ni revolucionaria. En una democracia madura, el acceso a la más alta posición del Estado debería depender de las capacidades, la trayectoria, las propuestas y la confianza que una persona sea capaz de generar en la ciudadanía, independientemente de si es hombre o mujer.
La política contemporánea dominicana ofrece referentes femeninos con experiencia de gestión.
Carolina Mejía hizo historia en 2020, al convertirse en la primera mujer elegida alcaldesa del Distrito Nacional y cuatro años después obtuvo la reelección. Raquel Peña, de su lado, llegó ese mismo año a la Vicepresidencia de la República, después de desarrollar una trayectoria vinculada a la academia y la administración.
A ese recorrido femenino se suma Margarita Cedeño, quien también marcó un precedente en la política dominicana. Durante ocho años ocupó la Vicepresidencia de la República, entre 2012 y 2020, después de haber sido primera dama y desde esas posiciones desarrolló una amplia presencia en la vida pública y en programas de carácter social.
Son tres recorridos distintos que permiten observar cuánto espacio han conquistado las dominicanas en posiciones que durante décadas estuvieron ocupadas mayoritariamente por hombres.
Y no son casos aislados. Muchas administran presupuestos, toman decisiones complejas, forman equipos, solucionan problemas y sostienen familias enteras mientras desarrollan sus carreras profesionales.
No creo que una mujer deba llegar a la Presidencia simplemente por ser mujer. La capacidad, la honestidad, la experiencia, la preparación y el compromiso con el país deben pesar siempre. Tampoco cualidades como la honradez, la sensibilidad, el cuidado o la buena administración pertenecen exclusivamente a un género.
Pero tampoco debería ocurrir lo contrario: que ser mujer represente una barrera silenciosa, un requisito adicional o una duda que los hombres no tienen que superar.
Durante demasiado tiempo hemos asociado el poder político con figuras masculinas. Cambiar esa imagen también forma parte de la evolución de una sociedad.
Después de tantos presidentes hombres, resulta legítimo imaginar otro episodio en nuestra historia democrática: una mujer subiendo las escalinatas del Palacio Nacional no para acompañar al presidente, ni para asistir a una ceremonia, sino para ocupar el despacho principal.
El país decidirá quién y cuándo. Lo verdaderamente trascendente sería que, llegado ese momento, ser mujer nunca más fuese visto como un obstáculo para llegar.