La muerte de Claudio Nasco
Para los científicos siempre resulta un enigma el tema de la muerte. Es un proceso irreversible en la vida de todo ser, sin importar las interpretaciones que sobre la existencia humana tienen los religiosos y filósofos, que no terminan por ponerse de acuerdo.
Cuando la muerte llega, impacta a familiares, amigos y vecinos. Independientemente de las creencias religiosas y consideraciones de carácter filosófico, el hecho inflige un dolor inconmensurable.
Ese dolor se multiplica si la persona que muere es joven, pues de acuerdo con el ciclo biológico natural, la gente debe morir de longevidad. Por eso, a la mayoría de los seres humanos nos resulta difícil admitir la muerte de una persona a temprana edad. Nos desmoronamos cuando eso ocurre, y si esta vida que se pierde tiene la virtud de ser querida por sus semejantes, es mayor el dolor que nos provoca.
Si las circunstancias que envuelven la muerte fueron las de un hecho trágico, inesperado, sorpresivo, como ocurrió con Claudio Nasco, el dolor es inmenso para sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. Cuando la vida se va de esa manera, provocada por tres jóvenes que parió esta sociedad, individuos que no tienen ningún respeto por la vida humana, nos indica que en lo más profundo de la sociedad hay un mal de fondo.
Si hurgamos en los archivos de los periódicos, encontraremos cientos de casos de muertes de personas cuyos responsables aún no se sabe dónde están. El que más tengo en mi mente, por cercano, fue la muerte del hijo del general de la Policía Alexis Peña, el joven recién graduado de arquitectura, Daniel Orlando Peña Valera, de 24 años. Acribillado en la calle Fantino Falco, en Naco. Sus padres no tienen aún noticias sobre sus asesinos.
Quienes hemos hecho reporterismo en los medios de comunicación, cargamos en nuestras espaldas una bolsa repleta de historias sin contar. Hemos tenido que pasar el umbral del dolor ajeno, derramar lágrimas de situaciones que nos resultan extrañas, y reprimir angustias que nos transmiten terceros, sufriéndolas como si fueran nuestras.
Recuerdo la ocasión que desde el medio en el que me desempeñaba como reportero, se me instruyó para indagar los pormenores de la muerte de un médico que se quitó la vida, pero antes había matado a su esposa. Previo a mi salida de la redacción, sentí una pesadumbre que no puedo describir, una incomodidad terrible de la que no podía eludirme. Llegué al centro de salud privado donde tenía su consultorio el médico. Allí encontré a la joven recepcionista en un mar de lágrimas. Mi primer gran reto fue conseguir que la muchacha se calmara, de manera que me pudiera arrojar luz acerca de cómo podía hacer contacto con los familiares del galeno.
Ella misma me marcó el teléfono de la casa materna del profesional de la medicina.
-Alo, buenos días-, me dijo la voz de una mujer, que por su tono me pareció muy entrada en edad. Después de un preámbulo que sirvió para ganar cierta confianza en ella, le hice una pregunta:
-Señora, discúlpeme, ¿usted me pudiera hacer algún comentario sobre la situación que envolvió a su hijo y la esposa?
-Ay mi hijo- me dijo-, tengo 83 años y vivo aquí con otro hijo que está en una silla de ruedas convertido en un vegetal. Observa ahora lo que me acaba de pasar, estoy profundamente lacerada por este hecho, no quiero hablar de eso.
-Señora, usted me disculpa si le causé alguna molestia, gracias por atenderme, le comenté y cerré el teléfono. Cuando llegué a la redacción del medio para el que trabajaba, mi superior inmediato me conminó a sentarme frente a la máquina de escribir para redactar la historia.
-No tengo ninguna historia-, le dije. Le conté lo que había sucedido y el profundo dolor que me provocaba dejarme llevar del morbo periodístico para seguir poniendo el dedo en la llaga de aquella anciana que sufría, a pesar de no conocerla.
-Tu si estás pendejo -me respondió el veterano periodista.
Los periodistas estamos para contar la verdad, para relatar los hechos y narrar historias interesantes, pero todo profesional tiene límites que nos impone la prudencia. El morbo no puede ser el elemento esencial de un buen reportaje o crónica, pues con ello se refuerzan aquellas tendencias del periodismo amarillo que presentó credenciales en el siglo XlX, como forma de vender o contar testimonios impactantes. Cuanto más si hay un prejuicio que lleva al periodista a dar versiones sesgadas, tendenciosas o caprichosas para perjudicar a terceros.
Hay otros matices en la vida de los seres humanos que pueden ser resaltados, de manera que la intimidad, privacidad y el derecho al honor de la gente no se toque, como establece el artículo 44 de la Constitución de la República. Esa escuela de periodismo ligero y despiadado para con los vivos o muertos, y los familiares de estos, debe ser sustituida, con mayor creatividad e inventiva por parte de los periodistas, haciendo una investigación humana y más positiva. No desconozco la existencia de otros derechos fundamentales que coliden con los derechos precitados.
No estoy ajeno, por otro lado, a las capacidades desarrolladas en la Policía para manejar casos complejos porque años atrás se demostró que cuando hay voluntad para llegar a lo profundo de un crimen, la Policía lo hace. Lo que me resultó magnífico fue el manejo discrecional y profesional, de manera que los familiares, compañeros de Nasco y la sociedad quedarán satisfechos con la investigación.
Después de todo, con una muerte tan horrible como la infligida al joven comunicador, el dolor no se le puede exacerbar a sus allegados y nada podrá sustituir la ausencia que deja en quienes le quisieron. Ojalá la Policía, la sociedad y los periodistas entendamos que los derechos son iguales para todos, como establece el artículo 39 de la Carta Magna acerca de la dignidad humana; saber que la gente sufre dolor, cuenta con hijos, padres, madres y nietos, y que además de haber perdido a una persona querida, el ser humano sin distingo de clase social, color, raza o religión tiene el derecho a la privacidad y la intimidad en el duelo o fuera de éste.
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