Cuando la desesperanza fue rutina y muerte

Carrusel de duendes, difuntos y olvidados.

Cinco esquinas, la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, que acabo de leer en un par de noches, me resulta un gran guiño del Nobel a tres de sus temas preferidos: el sexo y sus e?uvios, la libido exaltada al máximo en partidas dobles y tripartitas, que remonta a su Elogio de la madrastra; el suspenso que genera una acción criminosa, ese thriller que ya está en otros de sus libros como ¿Quién mató a Palomino Molero?; y, las trapisondas de las cuestionadoras tramas políticas que, como en este caso, comandó el fujimorismo, que desde otros ángulos hemos leído en Historia de Mayta y en La Fiesta del Chivo.

Vargas Llosa celebra sus ochenta años de vida con una novela que regresa a sus líneas narrativas de origen, casi lo mismo que hizo Gabriel García Márquez cuando en 2004, a sus 77 años, publicara su última novela con todas las agravantes narrativas y estilísticas de las anteriores, un guiño colosal a todo su tránsito literario, Memoria de mis putas tristes, un homenaje que quiso hacer el inolvidable escritor colombiano a La casa de las bellas durmientes del novelista Yasunari Kawabata, primer Nobel de Literatura japonés.

Una que otra vez se ha dicho, no con toda razón aunque sí con alguna, que los novelistas suelen volver, como se dice del asesino al lugar del crimen, al ámbito donde sus personajes crecieron o al espacio donde sus tramas se desarrollaron. A veces no se notan a simple vista, otras sí, pero la guiñada a sus fantasmas narrativos es casi una seña de identidad de los auténticos creadores. He tenido necesariamente que pensar en ello, cuando he concluido la lectura de ese Carrusel de duendes, difuntos y olvidados en el que Giovanny Cruz Durán se ha subido para irse a escudriñar desde los entresijos purulentos del mal vivir, las copiosas rebatiñas del odio acumulado, las poluciones de la carnalidad y los mágicos conjuros de los dioses sincréticos que arman las desdichas de las vidas consagradas a sus destinos.

Como García Márquez y Vargas Llosa, Giovanny Cruz es un reincidente. El dramaturgo conoce, igual que Thomas de Quincey, que el asesinato puede ser considerado como una de las bellas artes. Y por eso, suele regresar siempre al lugar del crimen. Desde el teatro o desde la narrativa. El perímetro de las andanzas de sus personajes es coartada delirante para su liza y sementera para cubrir desafíos. Vuelve y vuelve. Hace un trazado, perfila sus hondonadas, sujeta sus bridas, amartilla sus entramados y decanta la guarnición de sus vigilias en el abrevadero de la tragedia humana que describe. Su novela, es una vuelta a las ?ores y espinas de La Virgen de los Narcisos. Vuelve y vuela. “Vuela en tu nostalgia/ vuela en tu tristura/ te vestiste de blanco/ de ausencia y amargura”. El canto fúnebre del coro de cabareteras y conmilitones de la cofradía que despide a la virgen que uncida de pureza quiere verse hermosa vestida de novia, quiere sentirse iluminada por la luna grande, quiere verse pura y quiere olvidar para ser novia de todos sus narcisos. Es el mismo coro griego, entre distancias traumáticas, que desfila frente al narrador en el momento culminante de la historia, portando velas blancas y negras, sonrientes, como si fuesen piezas de un carrusel, esparciendo mantras e incienso, en un bautismo de misterios que corona su narración.

Reincidencia victoriosa la de Giovanny Cruz cuando en esta novela regresa a uno de sus temas centrales: el panteón vudú y los servidores de misterios que hicieron su entrada triunfal en aquella Amanda Eloísa Mercedes de atabales, botín de deseo, voz de caminos que siempre llevan al Sur. De ese Sur por donde corre la desdicha de Los Olvidados, el pueblito rodeado de dunas y difuntos que fue dejado al arbitrio de la soledad y a la sombra de la misericordia por años eternos. Papá Legbá Manosé, Belié Belcán, Anaísa Dantó, Candelo Sedifé, Metresilí Danto Pié, Ogún Balendyó y el Barón Samedí, vuelven a ser invocados por el narrador con la misma fuerza que en el teatro, con la misma fuerza que en la vida. Amanda se quedó con el atabal, con la melodía del atabal que el negro Antonio toca frenéticamente. Y Dolores Guillermina, con seriedad ritual, invoca a los dioses y sus misterios para rendir honor al elegido.

Acostumbrado, en el teatro, en la narración, en la vida, a dejarse acompañar de ángeles y demonios, el teatrista y el novelista, ambos a dos, zanjan discrepancias para sumergirse en los vientos anfibios de la religiosidad popular y desde esa fronda construir el guión de la crítica social y política, con todas sus consecuencias, con todas sus revelaciones, con todas sus saetas. En el drama humano que exhibe la narrativa y el teatro de Giovanny Cruz, está insertada siempre la tragedia, el clamor hacia los arcanos, la esotérica vigilia de la desesperanza, y sobre todo, el temor, el odio, la desconfianza, las licencias de los sueños, el desenfreno de las pasiones, la lujuria desorbitada, los giros de la codicia, el duelo y el amor entrecruzados, los duendes, los locos, las dunas, los difuntos y los olvidados. En el Sur o en cualquier otro tramo de la geografía. Los olvidados por los conjuros. Y los olvidados por las conjuras del poder y sus dislates.

Giovanny Cruz volvió a la historia del crimen y a su lugar desterrado, con los mismos personajes que hicieron su tránsito de duelo y desamor, de hambre y olvido en los entretelones de la maldad y sus silencios largos, de la esperanza y sus sonrojos cortos. Lo he dicho ya. El asesino vuelve al lugar de su crimen. El escritor regresa a sus fantasmas, a sus duelos, a sus mitos, a sus personajes, a sus tramas. Lo que leemos hoy en la novela de Giovanny Cruz es lo que el autor teatral puso en escena con sus Duendes y locos de las dunas, Premio Nacional de Teatro Cristóbal de Llerena 2011. En el teatro, sus personajes me ofertan su decir y su camino sin libertad para pensarlos a mi mejor arbitrio. En la novela, puedo dibujar mentalmente las figuras y los recovecos, las arrugas y los gestos de cada uno de ellos con entera y excitante imaginación. Entiéndaseme. Es sólo un decir. Un auscultar. Una mira puesta sobre el dintel de la evocación y la fantasía. Guillermina y Nicodemo, una pareja sin hijos que medra en las oportunidades y arriman hombros en el oficio de la venganza. Nicolasa y sus extravíos, sus acertijos, su callada manera de ser y de sentir. Nicolasa, partera del agua que llega y que luego se va cuando el ingeniero Iván Villeta se la lleva al hombro para paliar otra necesidad y dejar a la intemperie la esperanza acuífera de los olvidados. Dolores, “amazona caribeña de glúteos perniciosos”, hetaira que dejó sus mejores días en la espera y que galopó sobre Villeta llena de la pasión del desamor y el oculto deseo de la vindicta. Yogo-Yogo, Taíno, Tamayo, sobreviviendo entre dramas personales vinculantes. Y, entre todos ellos, el río que es el aliento que los une y que es también batalla perdida, ilusión pervertida, duelo.

La vida miserable de Los Olvidados, es combinación de muerte lenta con anhelos de progreso, de bienestar entre dunas y duendes. Es velorio y secretismo, de donde surge la historia y se desgaja la verdad escindida. Pueblo de arena, Los Olvidados, entre arenas olvidadas por donde un río surgió de la magia y luego volvió a desaparecer, para finalmente, cuando la desesperanza fue rutina, volver a aparecer entre alarmas y eslabones. Como el eslabón perdido que el final reserva.

Historia hidráulica, no se habrá dicho de mejor forma, donde un crimen levanta la polvareda del olvido y el entierro en vida de los olvidados. El narrador, Carlos Espinal, y los caballos o médium que tutelan la historia -guiños sobre guiños- y una gran metáfora que entre planos narrativos que suben y bajan, suscribe en el costado del mito el asombro del destino. Laberintos que se ofrendan como señuelos narrativos inciertos pero veraces. Y verdades expuestas a la luz del farol de aquellos doce años quejumbrosos. Y la aldea, la aldehuela sureña sembrada sobre el sol y las impredecibles consecuencias de su sed añeja. “Era dura y triste la vida en la aldea. Llegar allí y pretender convivir con Dolores, Colasa, Guillermina y Nicodemo lucía de locura”. Y la fiesta que levantó heridas, que tomó de manos el pasado para desaguarlo en una botella. La fiesta que, cuando concluyó y la lascivia fue señuelo, dejó sin vida, en la arena de las dunas y frente a las estrellas, al “gran señor de las aguas del país”. Y la bachata de José Manuel Calderón –nunca hubo otra mejor- sirviendo de marco a una de las mejores escenas de la trama.

Al ingeniero Villeta lo mató Fuente Ovejuna. Había matado todo un pueblo hacía más de diez años. “Entre todos hemos enterrado a los muertos en las arenas de estas dunas. Y nosotros nos quedamos sólo para ir muriendo lentamente también. ¡Desvió el río! Lo desvió porque necesitaban el agua para una gran construcción y después lo olvidaron. ¡Lo olvidó él! ¡Nos envenenó a todos!”. Lo cuenta Dolores que consumó el crimen, que todos en Los Olvidados asumieron como propio. “Todos, todos fuimos socios en el asunto!”, consintió Colasa. Ella que le coció la boca con los anzuelos de su caña de pescar ilusiones “para que nunca más vuelva a dar la orden de que se roben un río”. “¡Y vuelve y vuelve! ¡El Colorao! ¡Y vuelve y vuelve! ¡El Colorao!”.

Esta historia merecía ser contada.

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Carrusel de duendes, difuntos y olvidados. Giovanny Cruz Durán. Editorial Santuario, 2015 / 259 pp.

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