Del uso antisocial de las redes sociales

Ilustracion RAMON L. SANDOVAL
No solo de buenas intenciones --de las que empiedran o no el camino al infierno--, informaciones liberadoras, espíritu revolucionario y mensajes a lo Pablo Coelho están llenas las redes sociales. Ni entre sus resultados innovadores se cuentan exclusivamente quehaceres aleccionadores como la primavera árabe, entrada ya en verano caluroso y letal en Siria y Libia. Como el talento, que al entender de Simón Bolívar se convierte en azote si deficitario en probidad, esos puntales de tecnología y testimonio del conocimiento humano han devenido en instrumentos incontrolables para burlar la ley, en flagrantes instancias de criminalidad y en levadura que solivianta otros ánimos y no precisamente los que se gastan en ajustar más las sociedades a los principios de igualdad.

De primera intención, tal reto a la autoridad es inaceptable. La tecnología tiene sentido cuando enaltece lo humano, hace la existencia más llevadera e ilumina senderos de progreso. En la sociedad democrática moderna no hay espacio para la disidencia violenta y los caminos de expresión están claramente señalizados, con límites definidos. Asertos todos plausibles por su simpleza y también cónsonos con el autoritarismo que permea mentes y cada vez menos, por suerte, gobiernos. La vieja dicotomía de blanco y negro carece de validez en la democracia que se construye cada día y en la que el ensanchamiento de las libertades es la norma, no lo contrario. A todo reverso corresponde un anverso.

Recuerdo la "Operación Burro" encaminada en España el año pasado contra una banda de narcotraficantes que se aprovechaba de un programa de intercambio informático, paradójicamente llamado eMule, para ofrecer sus servicios de venta de estupefacientes. Otra operación de la Policía Nacional española, en Sevilla, desarticuló en el 2010 una bien organizada estructura de narcos que realizaba entregas directas a clientes que obtenía a través de publicidad en páginas web o mediante intercambios en foros y redes sociales de internet.

Ayer leía en la edición digital de El País, el diario español que se autodenomina global: "Agentes de la Policía Nacional han desarticulado un grupo dedicado a la venta de estupefacientes por Internet. Publicaban reclamos como "Vendo koka, marihuana, mdma..." en páginas gratuitas, blogs y foros, en los que explicitaban su teléfono y correo electrónico de contacto. Para comunicarse con sus clientes también utilizaban perfiles en redes sociales como Facebook o Twitter y mundos virtuales como Second Life... Los miembros de la organización se encargaban de contactar con los compradores a través de correos electrónicos, mensajería instantánea, redes sociales y a través de los propios foros de opinión de los anuncios de ventas o de programas de realidad virtual".

En Vancouver, descrita por el extinto Francois Mitterrand como la ciudad más bella del mundo, un desafío deportivo degeneró hace dos meses en escenas de destrucción y caos inimaginables hasta entonces en el pacífico Canadá. En un controvertido partido de hockey, los Vancouver Canucks cayeron ante los Bruins de Boston en el final de la Copa Stanley. Peor que los hooligans ingleses, los fanáticos salieron a las calles a cometer excesos y ventilar sus frustraciones deportivas por vía de los hechos. Se valieron de las redes sociales para ganar adeptos en la ejecución de su agenda de arrebatos.

Veamos otro uso de la inteligencia al servicio de causas non-sanctas. Londres ha vivido un verano demasiado caliente, no en temperatura sino en desastres sociales. Durante 72 horas críticas, barriadas populosas estuvieron a merced de turbas engrosadas por mozalbetes exaltados que sembraban la destrucción a su paso. La chispa que encendió la hoguera de los desórdenes fue la muerte de un joven a mano de la Policía, pero bajo la superficie se esconde un volcán de razones, todas descriptivas de insatisfacciones y conflictos serios. Los motines se extendieron a territorios urbanos habitados por la "gente bien" y entre los protagonistas figuraban jóvenes a quienes no toca la exclusión social. Uno de mis restaurantes favoritos y con una estrella Michelin en su haber, a pocos pasos de la embajada dominicana en la capital británica, fue asaltado por una pandilla juvenil de encapuchados. Despavoridos, los clientes se refugiaron apresuradamente en la bodega mientras el estable- cimiento era saqueado. Iguales escenas se repitieron en tiendas de clase media, bloques de apartamentos y otras ciudades importantes, especialmente Birmingham y Manchester, en el corazón industrial del Reino Unido.

Noticias ya sabidas, pero en su momento se denunció que las redes sociales habían sido piedra de toque para coordinar los desórdenes, llamar a la insubordinación y diseminar consignas inflamatorias. A los revoltosos se les vio móviles y equipos de comunicación en mano mientras dirigían sus energías desmadradas contra propiedades públicas y privadas. Tan evidente fue el uso de la comunicación moderna, que el primer ministro David Cameron se planteó restringir o prohibir la mensajería instantánea de RIM (fabricantes de BlackBerry) y el uso de Facebook y Twitter. Los británicos se toman muy en serio lo de la ley y el orden, y los correctivos adoptados van más allá de detenciones, cargos y condenas severísimas dictadas por cortes en funcionamiento 24 horas. Incluso, dos ciudadanos fueron condenados a cuatro años de prisión por incitar a la violencia desde sus cuentas en Facebook. Se libraron del máximo de diez años porque carecían de antecedentes criminales.

Hay otras versiones, sin embargo, que establecern un vínculo directo entre el comportamiento ofensivo de las masas y la realidad de una sociedad de consumo en la que no siempre aplica la meritocracia por la escasez de oportunidades, males que no necesitan de las redes sociales para enardecer los ánimos y patrocinar anomalías. Un estudio del periódico The Guardian asegura, tras el análisis de millones de mensajes de twitter, que no fue ésa la vía para fomentar los desaguisados.

También en Israel, que se creía un paraíso en medio de una región desierta de instituciones democráticas, millares de ciudadanos se han movilizado contra las reglas de un capitalismo crudo que privilegia el monopolio y el control del mercado de productos básicos por unas pocas familias. Las redes sociales han contribuido a difundir el mensaje, mas no son la causa de un descontento que ha puesto en jaque a las autoridades, más preocupadas con el problema de la seguridad que plantea la hostilidad de los vecinos musulmanes.

El debate sobre la tecnología de las comunicaciones al servicio del desorden y la criminalidad apenas se inicia, y es sintomático que China, a la cabeza en el palmarés de la censura cibernética, haya aprobado los esfuerzos oficiales británicos para contrarrestar el poder de convocatoria de las redes sociales.

Asistimos a un problema real que no resuelve el alegato de que las conductas desaprensivas y los levantamientos populares preceden a la revolucionaria comunicación inmediata. Como también es cierto que la costumbre antiquísima de saldar cuentas con el mensajero no eliminaba las malas noticias. La diferencia está, sin embargo, en lo instantáneo: lo virtual se convierte en tiempo real y en desventaja para las autoridades dada su incapacidad de maniobra para enfrentar las consecuencias de masas compactadas rápidamente en número y propósito gracias a la fuerza y penetración de la comunicación inmediata. Igual que en la plaza Tahrir, en El Cairo, pero con finalidades diferentes. Lo entendió muy bien Joaquín Balaguer muchos años antes cuando en uno de sus gobiernos prohibió coyunturalmente las unidades móviles que describían en directo hechos casi siempre de represión policial y movilizaciones de masas.

No cae totalmente en oídos sordos la admonición de Cameron de que "hay que detener a la gente que usa los medios sociales para la violencia", sobre todo si se trata de protestas para las que existen canales de manifestación y que se observan escrupulosamente en sociedades democráticas, caso del Reino Unido. La violencia en una democracia enraízada es intolerable. Las modernas tecnologías han ampliado la franquicia ciudadana y abierto en paralelo una caja de Pandora cuyas declinaciones están aún por verse en su toda su dimensión. La Policía de Nueva York, por ejemplo, ha formado una unidad especial para evitar la utilización de las redes sociales en empresas criminales. En San Fracisco, la Policía decretó un apagón telefónico en previsión de protestas relacionadas con el transporte colectivo.

Al igual que con la invasión de la privacidad por vía del internet y el interés público, hay una línea muy estrecha entre la censura y las medidas preventivas. Las redes sociales no son la causa mas sí un vehículo de comportamiento antisocial. Cómo demarcar los campos sin que sufran las libertades y el derecho a la libre expresión tomará tiempo y ocupará las mentes lúcidas de pensadores y guardianes del orden. Desafortunadamente, el acomodo entre la tecnología y la realidad social pasa por el mercado antes que por las constituciones liberales. RIM reveló a las autoridades sauditas áreas cruciales del protocolo técnico de su mensajería instantánea ante las amenazas de prohibición de los móviles BlackBerry. Igual ocurrió en la India y los Emiratos Árabes. Altos ejecutivos de Twitter, Facebook y RIM se reunieron ayer con las autoridades británicas para explorar el tema de las redes sociales y la violencia.

Ya señalaba que siempre hay más de un lado en el tratamiento de los problemas. También las redes sociales sirvieron para movilizar apoyo para la policía metropolitana en Londres, desbordada por los amotinados y desacostumbrada a episodios inéditos de violencia generalizada. La uniformada de Vancouver pagó con la misma moneda, urgiendo a la ciudadanía a través del internet a denunciar a los desaprensivos. Comunicación al servicio del orden, de la ciudadanía responsable y herramienta de reafirmación de las maneras civilizadas y, en fin, del sentimiento mayoritario prevaleciente en países de larga tradición democrática.

Hay un desafío abierto: evitar que un poderoso instrumento de comunicación y símbolo de modernidad se convierta en atentado constante contra las mismas libertades en las que se asienta pero sin desmedro de derechos innegociables. Todo apunta a que las redes sociales no son ya una moda pasajera sino a un complemento indispensable de la vida contemporánea, una forma de relacionarnos que llegó para quedarse. El remedio será peor que la enfermedad si acarrea impedimentos para que la tecnología cumpla su tarea renovadora, e, incluso, redentora.

La vieja dicotomía

de blanco y negro carece

de validez en la

democracia que

se construye cada día

y en la que el

ensanchamiento de las

libertades es la norma,

no lo contrario.

Hay un desafío abierto: evitar que un poderoso

instrumento de comunicación y símbolo

de modernidad se convierta en atentado constante

contra las mismas libertades en las que se asienta

pero sin desmedro de derechos innegociables.