Don Juan Tenorio en Cuba
José Zorrilla, autor de Don Juan Tenorio, arribó a La Habana a fines de 1858 procedente de Veracruz, tras atravesar el golfo acompañado de tres padres agustinos y llevado por su amigo Cipriano Cagigas, un emprendedor editor gallego radicado en México. Ignorante del motivo específico del viaje, nuestro autor se enteraría en la capital cubana que Cagigas se proponía desarrollar un proyecto de inmigración de trabajadores yucatecos. Para ello, el empresario se escudaría en el buen nombre del literato para así abrir puertas y conseguir los permisos para el negocio.
"Usted no sabe lo que vale su nombre -me dijo con su flemática tranquilidad habitual-. Déjese usted guiar, y dentro de dos años podrá usted poner al hijo de Júpiter y de Letona, con sus nueve holgazanas de Musas, a tejer esparto en el patio de su casa de usted, que podrá tenerla propia", le habría dicho. ¿Cuál era el plan para este zarpazo tan a la moda entonces, después y ahora en estas islas infortunadas?
"Mientras yo daba seis lecturas, que por seis mil duros tenía apalabradas en el Liceo, él prepararía la introducción en Cuba de una colonia de trabajadores yucatecos asalariados, para lo cual debía yo adquirir el beneplácito de quien correspondía en la Isla adquiriendo él los buques y el capital necesarios. Una vez planteado el negocio, él lo traspasaría a una casa de los Estados Unidos, y yo debía de volver a Méjico a instalar allí con privilegio de seis años, cuatro sillas-correo mensuales, enlazadas con cuatro buques españoles semanales, para dar al comercio mejicano cuatro correos al mes, en lugar del único mensual de la compañía inglesa, a quien iba enderezada la competencia.
Anselmo Portilla, que debía llegar de New York, debía traer escrito un luminoso folleto sobre estas dos combinadas especulaciones con cuyo folleto debía yo presentarme ante el capitán general... Anselmo de la Portilla era el primer periodista de las Américas, y el más leal y claro defensor de los intereses españoles en Méjico." Se trataba de un destacado poeta e historiador santanderino promotor de la amistad hispanoamericana, director y fundador de periódicos en México y New York. Cagigas había hecho los amarres previos, faltándole sólo el remache cubano. Con un crédito debajo del brazo de 70 mil pesos y 20 mil más que esperaba conseguir, empezaría "a rodar el carro" de su proyecto.
Tras una visita al Diario de la Marina para noticiar el arribo del literato, se produjo una invitación cursada por el capitán general de la Isla don José de la Concha, marqués de La Habana, quien ofrecería en su palacio un baile de recepción a huésped tan distinguido de las letras hispanas.
"El autor de Don Juan Tenorio no podía aparecer ridículo ni anticuado en tan aristocrático salón", requiriendo traje apropiado para el éxito de la tarea que le asignara el empresario. Llevado adonde el italiano Porzio, el sumun de la sastrería elegante habanera, encontró atestado su taller pret-a-porter por la gran demanda de fracs para la fiesta. Allí escuchó Zorrilla, "veinte onzas por mi frac a las nueve de la noche", oferta de "un mancebo de rizado cabello, inglesas patillas, ojos negros, orlados de fenomenales pestañas, un dandy, criollo del moreno y gracioso tipo que por las islas abunda." Porzio, "romano por el nombre, florentino por lo artista, napolitano por el ingenio y veneciano por su buen aire y forma social", le dijo a Zorrilla: "-Usted no puede dejar de asistir al palacio; muchos se quedarán sin frac, pero usted tendrá el suyo a las nueve en punto de la noche de pasado mañana".
Mientras el escritor se sometía a los ajetreos del mundo habanero, su amigo Cagigas enfermó gravemente de fiebre amarilla -mal conocido también como vómito negro-, siendo inútiles los tratamientos a que lo sometieron los facultativos. Entre ellos, el denominado método preventivo, consistente "en trasvasar a su estómago con una jícara el contenido de una lata de cuatro libras de aceite de almendras dulces". Recurso que le resultó extraño pero entonces se empleaba. Ya con Anselmo Portilla en La Habana y asistido por el padre Solís, un viejo condiscípulo en el Seminario de Nobles de Madrid ahora superior del colegio de los jesuitas, Zorrilla ofreció los últimos auxilios a su amigo enfermo, reanimándole antes de fallecer con "una dosis de ácido fosfórico en medio vaso de agua".
Atribulado por la muerte del gallego -que de paso abortaba sus fantásticos planes de enriquecimiento rápido-,el poeta desestimó la vida mundana habanera y se recluyó, concentrándose en la preparación de las lecturas acordadas con el Liceo.
Dada su situación emocional, el padre Lira le vinculó con Manuel Calvo, hacendado vasco dueño de un cafetal que se ocupó de asegurarle buen cobijo y animarle. Por eso, en sus memorias publicadas por entregas en El Imparcial de Madrid a partir de 1879 y compiladas en Recuerdos del Tiempo Viejo (2011), Zorrilla afirma: "Hay en los años de mi vida dos meses que por los más felices y los más desventurados en ella cuento, pasados en la fresca soledad del cafetal de Calvo en La Habana: febrero y marzo de 1859. Felices, por la paz y tranquilidad del aislamiento en que transcurrieron, en el trabajo asiduo de unos librejos, cuyo producto me sirvió para hacer bien y para sacar de aquella isla al honrado Anselmo de la Portilla con su numerosa prole, y al más desatinado y más incondicionalmente sumiso de mis perdidos amigos, Agustín Aynslie, desventurados, porque allí la muerte y la voluntad de Dios me dejaron solo y sin sombra, como al Judío Errante sobre la tierra".
Dice nuestro autor que entonces no recibía "periódicos, ni sabía, ni me curaba en el cafetal de Calvo de lo que sucedía en el mundo: mi alegre escocés Aynslie me había dicho que se divertía la gente mucho por aquel país, que todo era danzas y tangos de blancos y negros, que había por donde quiera diversión y jaleo, que La Habana era un bullicioso y universal Belén los días de fiesta y que, sobre todo, en el gran teatro de la Ópera, la competencia de dos artistas y los bandos en que el público por ellas se hallaba dividido, daban a las representaciones el atractivo del entusiasmo y la importancia de solemnidades".
Relata Zorrilla que "Don Manuel Calvo, asombrado de verme trabajar doce horas sin interrupción, en aquella isla donde el trabajo es por el clima centuplicadamente penoso y abrumador, comer distraído, no contar el dinero y no procurar ni descanso a mi tarea, ni placer a mi cuerpo, ni esparcimiento a mi espíritu..., me sacó del cafetal a la fuerza y me comprometió a ir los sábados a la ciudad, permanecer en ella el domingo, comer en el palacio del capitán general y asistir al teatro de la Ópera, donde me abonó para que el espectáculo escénico, la música y la sociedad dieran lenitivo a mis pesares". Así, obligado por Calvo y aconsejado por la familia del capitán general, "a quien debí las más delicadas atenciones y las consideraciones más afectuosas", nuestro autor se reencontró con su ambiente cultural.
"Asistía yo, como indiferente espectador y como desinteresado curioso, a aquellas ruidosas representaciones de la Traviatta y de la Lucía... ¿Era malo el espectáculo, artísticamente considerado, hasta el punto de no excitar mi interés ni procurarme distracción un solo momento? Nada menos que eso: jamás he asistido a más interesantes representaciones."
La primera noche que Zorrilla fue al teatro Tacón se presentaba La Traviata, con la soprano italiana Marietta Gazzaniga, alcanzando tal popularidad a su paso por Cuba que motivó un pan dulce designado Gaceñiga. Aunque Verdi no era favorito del escritor ni la cantante le pareciera extraordinaria, el público la premió "con continuos y estrepitosos bravos y aplausos", pese a "la voz ya ligeramente velada por el cansancio, las maneras un tanto vulgares y un amaneramiento pretencioso". A la siguiente ocasión fue la Lucía, con la española Josefina Cruz de Gassier, "muy agradable de abrazar y una voz deliciosísima de oír". La Gassier "era trigueña, redonda de cara y de formas, rica de pecho y de cabellera negra, riza y profusa; cejas bien acusadas, ojos tan iluminados que relampagueaban, con unos brazos olímpicamente modelados que remataban en dos manos pequeñas". Tenía "el atractivo exterior, los efluvios vitales y simpáticos de las feas que matan a celos y quitan los amantes a las hermosas".
Cosechó "nutridos aplausos", en los que no tomaron parte los admiradores de la Gazzaniga de la noche anterior. Dice que "su voz fresca y vigorosa, extensa y flexible, parecía timbrada en el cristal y templada en el agua, como las espadas de Toledo: vibraba en el tímpano y en el corazón, y su marido, que era un gran barítono y un gran actor, había perfeccionado su escuela y su acción: era la Cruz Gassier una cantante y una actriz: al concluir de cantar, el aplauso fue espontáneo y universal, pero las butacas de mi alrededor no se rompieron los guantes al marcar dos palmadas".
Le pareció la Gassier muy superior a la Gazzaniga, "jamás había oído la parte de Lucía tan magistralmente cantada; pero la Gazzaniga era siempre superiormente aplaudida". Intrigado, se preguntó "¿Qué había entre aquellas dos mujeres?" Para responder: "La política americana. La Cruz representaba y era sostenida por los españoles: la Gazzaniga representaba las estrellas de la bandera yankee: los separatistas, los filibusteros, Cubita libre". Cuando se debatía entre la tutela de España y la anexión a EEUU, destino de los azúcares cubanos.
"La noche del beneficio de la Gazzaniga sus partidarios la ofrecieron muchas alhajas y un arpa (cantó la Saffo) de plata, con las cuerdas de oro y las virolas de brillantes. A la Gassier se la ofreció en el suyo: en el primer entreacto, una cartera vieja en una bandeja rota, pero contenía 25,000 duros en billetes; en el segundo entreacto, 12,000 duros en que los españoles dotábamos a su hija de ocho años, y en el final, hasta las cuatro mil onzas. Así estaba el teatro de La Habana cuando fui yo a Cuba en 1859".
Anselmo Portilla, que debía llegar de New York, debía traer escrito un luminoso folleto sobre estas dos combinadas especulaciones con cuyo folleto debía yo presentarme ante el capitán general... Anselmo de la Portilla era el primer periodista de las Américas, y el más leal y claro defensor de los intereses españoles en Méjico." Se trataba de un destacado poeta e historiador santanderino promotor de la amistad hispanoamericana, director y fundador de periódicos en México y New York. Cagigas había hecho los amarres previos, faltándole sólo el remache cubano. Con un crédito debajo del brazo de 70 mil pesos y 20 mil más que esperaba conseguir, empezaría "a rodar el carro" de su proyecto.
Tras una visita al Diario de la Marina para noticiar el arribo del literato, se produjo una invitación cursada por el capitán general de la Isla don José de la Concha, marqués de La Habana, quien ofrecería en su palacio un baile de recepción a huésped tan distinguido de las letras hispanas.
"El autor de Don Juan Tenorio no podía aparecer ridículo ni anticuado en tan aristocrático salón", requiriendo traje apropiado para el éxito de la tarea que le asignara el empresario. Llevado adonde el italiano Porzio, el sumun de la sastrería elegante habanera, encontró atestado su taller pret-a-porter por la gran demanda de fracs para la fiesta. Allí escuchó Zorrilla, "veinte onzas por mi frac a las nueve de la noche", oferta de "un mancebo de rizado cabello, inglesas patillas, ojos negros, orlados de fenomenales pestañas, un dandy, criollo del moreno y gracioso tipo que por las islas abunda." Porzio, "romano por el nombre, florentino por lo artista, napolitano por el ingenio y veneciano por su buen aire y forma social", le dijo a Zorrilla: "-Usted no puede dejar de asistir al palacio; muchos se quedarán sin frac, pero usted tendrá el suyo a las nueve en punto de la noche de pasado mañana".
Mientras el escritor se sometía a los ajetreos del mundo habanero, su amigo Cagigas enfermó gravemente de fiebre amarilla -mal conocido también como vómito negro-, siendo inútiles los tratamientos a que lo sometieron los facultativos. Entre ellos, el denominado método preventivo, consistente "en trasvasar a su estómago con una jícara el contenido de una lata de cuatro libras de aceite de almendras dulces". Recurso que le resultó extraño pero entonces se empleaba. Ya con Anselmo Portilla en La Habana y asistido por el padre Solís, un viejo condiscípulo en el Seminario de Nobles de Madrid ahora superior del colegio de los jesuitas, Zorrilla ofreció los últimos auxilios a su amigo enfermo, reanimándole antes de fallecer con "una dosis de ácido fosfórico en medio vaso de agua".
Atribulado por la muerte del gallego -que de paso abortaba sus fantásticos planes de enriquecimiento rápido-,el poeta desestimó la vida mundana habanera y se recluyó, concentrándose en la preparación de las lecturas acordadas con el Liceo.
Dada su situación emocional, el padre Lira le vinculó con Manuel Calvo, hacendado vasco dueño de un cafetal que se ocupó de asegurarle buen cobijo y animarle. Por eso, en sus memorias publicadas por entregas en El Imparcial de Madrid a partir de 1879 y compiladas en Recuerdos del Tiempo Viejo (2011), Zorrilla afirma: "Hay en los años de mi vida dos meses que por los más felices y los más desventurados en ella cuento, pasados en la fresca soledad del cafetal de Calvo en La Habana: febrero y marzo de 1859. Felices, por la paz y tranquilidad del aislamiento en que transcurrieron, en el trabajo asiduo de unos librejos, cuyo producto me sirvió para hacer bien y para sacar de aquella isla al honrado Anselmo de la Portilla con su numerosa prole, y al más desatinado y más incondicionalmente sumiso de mis perdidos amigos, Agustín Aynslie, desventurados, porque allí la muerte y la voluntad de Dios me dejaron solo y sin sombra, como al Judío Errante sobre la tierra".
Dice nuestro autor que entonces no recibía "periódicos, ni sabía, ni me curaba en el cafetal de Calvo de lo que sucedía en el mundo: mi alegre escocés Aynslie me había dicho que se divertía la gente mucho por aquel país, que todo era danzas y tangos de blancos y negros, que había por donde quiera diversión y jaleo, que La Habana era un bullicioso y universal Belén los días de fiesta y que, sobre todo, en el gran teatro de la Ópera, la competencia de dos artistas y los bandos en que el público por ellas se hallaba dividido, daban a las representaciones el atractivo del entusiasmo y la importancia de solemnidades".
Relata Zorrilla que "Don Manuel Calvo, asombrado de verme trabajar doce horas sin interrupción, en aquella isla donde el trabajo es por el clima centuplicadamente penoso y abrumador, comer distraído, no contar el dinero y no procurar ni descanso a mi tarea, ni placer a mi cuerpo, ni esparcimiento a mi espíritu..., me sacó del cafetal a la fuerza y me comprometió a ir los sábados a la ciudad, permanecer en ella el domingo, comer en el palacio del capitán general y asistir al teatro de la Ópera, donde me abonó para que el espectáculo escénico, la música y la sociedad dieran lenitivo a mis pesares". Así, obligado por Calvo y aconsejado por la familia del capitán general, "a quien debí las más delicadas atenciones y las consideraciones más afectuosas", nuestro autor se reencontró con su ambiente cultural.
"Asistía yo, como indiferente espectador y como desinteresado curioso, a aquellas ruidosas representaciones de la Traviatta y de la Lucía... ¿Era malo el espectáculo, artísticamente considerado, hasta el punto de no excitar mi interés ni procurarme distracción un solo momento? Nada menos que eso: jamás he asistido a más interesantes representaciones."
La primera noche que Zorrilla fue al teatro Tacón se presentaba La Traviata, con la soprano italiana Marietta Gazzaniga, alcanzando tal popularidad a su paso por Cuba que motivó un pan dulce designado Gaceñiga. Aunque Verdi no era favorito del escritor ni la cantante le pareciera extraordinaria, el público la premió "con continuos y estrepitosos bravos y aplausos", pese a "la voz ya ligeramente velada por el cansancio, las maneras un tanto vulgares y un amaneramiento pretencioso". A la siguiente ocasión fue la Lucía, con la española Josefina Cruz de Gassier, "muy agradable de abrazar y una voz deliciosísima de oír". La Gassier "era trigueña, redonda de cara y de formas, rica de pecho y de cabellera negra, riza y profusa; cejas bien acusadas, ojos tan iluminados que relampagueaban, con unos brazos olímpicamente modelados que remataban en dos manos pequeñas". Tenía "el atractivo exterior, los efluvios vitales y simpáticos de las feas que matan a celos y quitan los amantes a las hermosas".
Cosechó "nutridos aplausos", en los que no tomaron parte los admiradores de la Gazzaniga de la noche anterior. Dice que "su voz fresca y vigorosa, extensa y flexible, parecía timbrada en el cristal y templada en el agua, como las espadas de Toledo: vibraba en el tímpano y en el corazón, y su marido, que era un gran barítono y un gran actor, había perfeccionado su escuela y su acción: era la Cruz Gassier una cantante y una actriz: al concluir de cantar, el aplauso fue espontáneo y universal, pero las butacas de mi alrededor no se rompieron los guantes al marcar dos palmadas".
Le pareció la Gassier muy superior a la Gazzaniga, "jamás había oído la parte de Lucía tan magistralmente cantada; pero la Gazzaniga era siempre superiormente aplaudida". Intrigado, se preguntó "¿Qué había entre aquellas dos mujeres?" Para responder: "La política americana. La Cruz representaba y era sostenida por los españoles: la Gazzaniga representaba las estrellas de la bandera yankee: los separatistas, los filibusteros, Cubita libre". Cuando se debatía entre la tutela de España y la anexión a EEUU, destino de los azúcares cubanos.
"La noche del beneficio de la Gazzaniga sus partidarios la ofrecieron muchas alhajas y un arpa (cantó la Saffo) de plata, con las cuerdas de oro y las virolas de brillantes. A la Gassier se la ofreció en el suyo: en el primer entreacto, una cartera vieja en una bandeja rota, pero contenía 25,000 duros en billetes; en el segundo entreacto, 12,000 duros en que los españoles dotábamos a su hija de ocho años, y en el final, hasta las cuatro mil onzas. Así estaba el teatro de La Habana cuando fui yo a Cuba en 1859".