E pluribus unum
Rodaba, no, reptaba; no, gateaba, por una de esas autopistas inmensas que carcomen la geografía norteamericana cuando leí la pegatina en la defensa trasera de un todoterreno enorme. Me rebasaba, lo adelantaba y perdía de vista, pero prontamente estaba de nuevo a mi lado en un ir y venir de monotonía, al mismo ritmo de aquellas filas interminables de vehículos de todos los colores, cilindradas y marcas adheridas a la superficie cementada de los carriles de la carretera, en una retención del tráfico de no menos de 40 kilómetros.
La pegatina fue el chispazo para distraerme del pensamiento cada vez más persistente de que aquello era "La autopista sur", el cuento prodigioso de Julio Cortázar, quien, inspirado en los atascos de tránsito en las tardes dominicales en las inmediaciones de París, explora la naturaleza humana a través de un submundo de solidaridades e insolidaridades, amores, pasiones y situaciones imposibles. Pensé que nunca saldría de aquel laberinto de máquinas, cemento, ruido e impaciencia, y que el mío era otro cuento, el de nunca acabar. "Dios es tan grande que no cabe en una sola religión" (God is too great to fit in one religion). Reacción instantánea: hay tantos y tantos vehículos en el estado de Massachussetts que no caben en el Masspike. Demasiado simple, corto y torpe, cuando sobra el tiempo para reflexionar, cortesía de la prisión en que se había convertido aquel trecho a mitad de una de las principales vías de comunicación en Nueva Inglaterra.
E pluribus unum, la frase en latín en el escudo
norteamericano, lo explica en pocas palabras:
de todos, uno; unidad en la diversidad. En Jerusalén,
epicentro vital de las tres principales religiones
monoteístas, hay también tres días reservados
al Señor: viernes para los musulmanes;
sábado para los judíos,
y domingo para los cristianos.
Quizás la idea de un solo Dios contraviene características de la idiosincrasia humana, como son la diversidad y la libertad, manifiestas ambas en los orígenes mismos de las religiones monoteístas. Adán, Eva y el fruto prohibido son un himno a la libertad, y no una lectura acomodada que presenta el episodio como una lección a partir de los riesgos y consecuencias de la desobediencia. Desobediencia por demás debida, porque, como diría el desaparecido hace poco Saramago, se trata de una versión de un Dios prepotente, arbitrario, dictatorial e irrazonable. La pegatina merece otra consideración: la naturaleza humana es tan grande que desborda la idea de un solo Dios. Hay otros principios, y no la noción de un Dios único, homogéneo, invariable, los cuales nos unen en una diversidad acomodada a factores que no controlamos y que originan comportamientos y culturas tan variadas como la naturaleza y las etnias.
Bueno que así sea, porque se nos abre todo un mundo de oportunidades insospechadas, de riquezas para ser vividas e imaginadas sin el corsé de un solo Dios verdadero, con un set de reglas para todos. E pluribus unum, la frase en latín en el escudo norteamericano, lo explica en pocas palabras: de todos, uno; unidad en la diversidad.
En Jerusalén, epicentro vital de las tres principales religiones monoteístas, hay también tres días reservados al Señor: viernes para los musulmanes; sábado para los judíos, y domingo para los cristianos. Y para quienes no nos adscribimos a credo alguno y en la variedad encontramos un motivo permanente de celebración, tres días para disfrutar de la diversidad que enriquece el espíritu humano y lo obliga a ser un explorador en alerta permanente. El etnocentrismo es una plaga, un germen que embota la mente y nos circunscribe a un mundo empequeñecido por nosotros mismos y nuestras circunstancias.
Para el gusto se hicieron los sabores. Quizás sea el paladar donde la diversidad se exprese con mayor amplitud, a juzgar por los ingredientes, productos y técnicas para satisfacerlo. El pan, por ejemplo, aparece como la comida por excelencia en la cultura latina occidental. Tanto así, que para nosotros es sinónimo de sustento. La principal oración de los cristianos, el Padrenuestro, lo reafirma al implorar por el "pan nuestro de cada día". Pero ese pan, como lo concebimos, amasamos y comemos, sufre una transformación en su función, sabor y forma de cocción a medida se avanza en la geografía de Europa y Asia. Desaparece por completo junto a la civilización del trigo cuando se avistan las fronteras del Lejano Oriente y el Sudeste asiático. ¿Alguien ha visto pan como el nuestro en un restaurante chino, japonés, malayo o vietnamita auténtico? Los cristianos son omnívoros, pero el cerdo categoriza como maldición en las religiones judía y musulmana.
No por casualidad, en el episodio evangélico del exorcismo practicado por Jesús, los demonios van a asilarse en una piara que despavorida se precipita por unos barrancos. Cuando se estrenó en 1978 el filme "Expreso de Medianoche", basado en la historia real de un narcotraficante estadounidense y el juicio y castigo por sus acciones en Turquía, el revuelo allí fue enorme. No tanto por la veracidad o no de lo que se retrata con crudeza en la película, sino por una expresión que aún recuerdo a medias, salida de la boca del condenado convertido en acusador: "Ustedes no comen cerdo, pero se comportan como ellos". En abundancia en la mesa alemana y de toda Europa del Este, ese mamífero se aleja del Cercano Oriente y Turquía para reaparecer vigoroso, objeto de platos exquisitos y manjar propio de mandarines, en China y toda el Asia oriental, con excepción de los enclaves musulmanes. Y mientras los musulmanes y judíos se deleitan con el cordero bíblico y no albergan mayores remilgos si de un buen corte de carne de res se trata, la vaca es animal sagrado en la India. Y ay de quién ose dañar uno de esos rumiantes herbívoros que se ven por todos los rincones urbanos y rurales del subcontinente asiático.
Tanto es el respeto, que para evitar incidentes mayores se recomienda no conducir a los diplomáticos acreditados en la India. Por si en un descuido estropean una vaca y se arma la de Troya. Y que a nadie se antoje de un shish de cordero en China o Japón, a menos que busque un restaurante europeo en países cunas de otra muy buena mesa. El arroz, salvo en algunos puntos de la Península Ibérica e Italia, aparece muy poco en el menú europeo, del Levante y una porción del Oriente Medio. No así en Irán, Afganistán, Pakistán, la India y, por supuesto, el resto de Asia. Mientras en esos países se le adereza con especies exóticas para constituirlo en alimento de identidad propia, la historia es otra en las regiones contiguas. En éstos, es compañero obligado de una multitud de platos para que en su neutralidad de cereal simplemente hervido, sirva de base para disfrutar y resaltar la infinidad de sabores de la otra oferta en la mesa. El clima y la geografía podrían explicar, por ejemplo, el porqué la cultura de la oliva y de su rico aceite se circunscribe a regiones específicas con características similares al Mediterráneo.
En todas las cocinas se fríe y cuece en aceite, pero de procedencia diferente: coco, palma, sésamo o maní. Al mismo lugar por diferente ruta. Otras razones, y no climatológicas, influyen para que el romero, la salvia, el tomillo, el perejil, la albahaca, el laurel y el orégano tengan solo protagonismo en la cocina mediterránea y nuestras latitudes. Sin embargo, el azafrán escapó con éxito a ambos costados del Irán milenario hasta convertirse en uno de los aderezos más caros del mundo, y sello imprescindible de una buena paella española. No tuvo igual suerte el jengibre pese a su potencia y posibilidades alimenticias, por ejemplo, hallazgo frecuente en un sinnúmero de platos orientales y que solo aparece en una reducida variedad de postres en la cocina occidental, más que nada en unas galletitas a la hora del té inglés.
Pero en la tabla de alimentos dominados por la especificidad cultural, el coco es un favorito, aunque en nuestro país, no obstante su adaptabilidad a la dieta criolla y disponibilidad, se le ha relegado como ingrediente interesante a muy pocos platos, casi todos sintonizados con unos aportes étnicos del Caribe de habla inglesa. En este olvido, cocina de paja y no de coco. En el Oriente del asueto estival, el coco reina en la tradición culinaria de Tailandia, Malasia y de algunas regiones de la India y países circundantes, como Sri Lanka, la antigua Ceilán. El estado indio de Kerala, gobernado tradicionalmente por los comunistas y donde se alberga una gran parte de la creciente industria de la tecnología de la información, se le conoce como la tierra del coco. Y de allá, de la remota India, lo trajeron los portugueses por primera vez a Europa.
El coco atempera el curry malayo y enciende la mecha del placer que aporta la buena cocina tailandesa, donde se le encuentra...¡hasta en la sopa! Malayos, tailandeses, japoneses y chinos se identifican en el gusto por los fideos de arroz, mas no por el coco. No hay país en los cinco continentes sin restaurantes chinos. Pocas cocinas del mundo escapan a la tentación condimentada de la pimienta, también originaria de la India, excepto la china. En cambio, los japoneses la adoptaron; y ni hablar del mundo occidental, en cuyas mesas forma pareja con la sal, elemento material y concreto que, contrario a la idea de un solo Dios que no cabe en una religión, sí es universal y se la encuentra lo mismo en la tierra, que en el mar o en el aire. Y en el plato del más pobre y del más rico, amén.
E pluribus unum, la frase en latín en el escudo
norteamericano, lo explica en pocas palabras:
de todos, uno; unidad en la diversidad. En Jerusalén,
epicentro vital de las tres principales religiones
monoteístas, hay también tres días reservados
al Señor: viernes para los musulmanes;
sábado para los judíos,
y domingo para los cristianos.
Quizás la idea de un solo Dios contraviene características de la idiosincrasia humana, como son la diversidad y la libertad, manifiestas ambas en los orígenes mismos de las religiones monoteístas. Adán, Eva y el fruto prohibido son un himno a la libertad, y no una lectura acomodada que presenta el episodio como una lección a partir de los riesgos y consecuencias de la desobediencia. Desobediencia por demás debida, porque, como diría el desaparecido hace poco Saramago, se trata de una versión de un Dios prepotente, arbitrario, dictatorial e irrazonable. La pegatina merece otra consideración: la naturaleza humana es tan grande que desborda la idea de un solo Dios. Hay otros principios, y no la noción de un Dios único, homogéneo, invariable, los cuales nos unen en una diversidad acomodada a factores que no controlamos y que originan comportamientos y culturas tan variadas como la naturaleza y las etnias.
Bueno que así sea, porque se nos abre todo un mundo de oportunidades insospechadas, de riquezas para ser vividas e imaginadas sin el corsé de un solo Dios verdadero, con un set de reglas para todos. E pluribus unum, la frase en latín en el escudo norteamericano, lo explica en pocas palabras: de todos, uno; unidad en la diversidad.
En Jerusalén, epicentro vital de las tres principales religiones monoteístas, hay también tres días reservados al Señor: viernes para los musulmanes; sábado para los judíos, y domingo para los cristianos. Y para quienes no nos adscribimos a credo alguno y en la variedad encontramos un motivo permanente de celebración, tres días para disfrutar de la diversidad que enriquece el espíritu humano y lo obliga a ser un explorador en alerta permanente. El etnocentrismo es una plaga, un germen que embota la mente y nos circunscribe a un mundo empequeñecido por nosotros mismos y nuestras circunstancias.
Para el gusto se hicieron los sabores. Quizás sea el paladar donde la diversidad se exprese con mayor amplitud, a juzgar por los ingredientes, productos y técnicas para satisfacerlo. El pan, por ejemplo, aparece como la comida por excelencia en la cultura latina occidental. Tanto así, que para nosotros es sinónimo de sustento. La principal oración de los cristianos, el Padrenuestro, lo reafirma al implorar por el "pan nuestro de cada día". Pero ese pan, como lo concebimos, amasamos y comemos, sufre una transformación en su función, sabor y forma de cocción a medida se avanza en la geografía de Europa y Asia. Desaparece por completo junto a la civilización del trigo cuando se avistan las fronteras del Lejano Oriente y el Sudeste asiático. ¿Alguien ha visto pan como el nuestro en un restaurante chino, japonés, malayo o vietnamita auténtico? Los cristianos son omnívoros, pero el cerdo categoriza como maldición en las religiones judía y musulmana.
No por casualidad, en el episodio evangélico del exorcismo practicado por Jesús, los demonios van a asilarse en una piara que despavorida se precipita por unos barrancos. Cuando se estrenó en 1978 el filme "Expreso de Medianoche", basado en la historia real de un narcotraficante estadounidense y el juicio y castigo por sus acciones en Turquía, el revuelo allí fue enorme. No tanto por la veracidad o no de lo que se retrata con crudeza en la película, sino por una expresión que aún recuerdo a medias, salida de la boca del condenado convertido en acusador: "Ustedes no comen cerdo, pero se comportan como ellos". En abundancia en la mesa alemana y de toda Europa del Este, ese mamífero se aleja del Cercano Oriente y Turquía para reaparecer vigoroso, objeto de platos exquisitos y manjar propio de mandarines, en China y toda el Asia oriental, con excepción de los enclaves musulmanes. Y mientras los musulmanes y judíos se deleitan con el cordero bíblico y no albergan mayores remilgos si de un buen corte de carne de res se trata, la vaca es animal sagrado en la India. Y ay de quién ose dañar uno de esos rumiantes herbívoros que se ven por todos los rincones urbanos y rurales del subcontinente asiático.
Tanto es el respeto, que para evitar incidentes mayores se recomienda no conducir a los diplomáticos acreditados en la India. Por si en un descuido estropean una vaca y se arma la de Troya. Y que a nadie se antoje de un shish de cordero en China o Japón, a menos que busque un restaurante europeo en países cunas de otra muy buena mesa. El arroz, salvo en algunos puntos de la Península Ibérica e Italia, aparece muy poco en el menú europeo, del Levante y una porción del Oriente Medio. No así en Irán, Afganistán, Pakistán, la India y, por supuesto, el resto de Asia. Mientras en esos países se le adereza con especies exóticas para constituirlo en alimento de identidad propia, la historia es otra en las regiones contiguas. En éstos, es compañero obligado de una multitud de platos para que en su neutralidad de cereal simplemente hervido, sirva de base para disfrutar y resaltar la infinidad de sabores de la otra oferta en la mesa. El clima y la geografía podrían explicar, por ejemplo, el porqué la cultura de la oliva y de su rico aceite se circunscribe a regiones específicas con características similares al Mediterráneo.
En todas las cocinas se fríe y cuece en aceite, pero de procedencia diferente: coco, palma, sésamo o maní. Al mismo lugar por diferente ruta. Otras razones, y no climatológicas, influyen para que el romero, la salvia, el tomillo, el perejil, la albahaca, el laurel y el orégano tengan solo protagonismo en la cocina mediterránea y nuestras latitudes. Sin embargo, el azafrán escapó con éxito a ambos costados del Irán milenario hasta convertirse en uno de los aderezos más caros del mundo, y sello imprescindible de una buena paella española. No tuvo igual suerte el jengibre pese a su potencia y posibilidades alimenticias, por ejemplo, hallazgo frecuente en un sinnúmero de platos orientales y que solo aparece en una reducida variedad de postres en la cocina occidental, más que nada en unas galletitas a la hora del té inglés.
Pero en la tabla de alimentos dominados por la especificidad cultural, el coco es un favorito, aunque en nuestro país, no obstante su adaptabilidad a la dieta criolla y disponibilidad, se le ha relegado como ingrediente interesante a muy pocos platos, casi todos sintonizados con unos aportes étnicos del Caribe de habla inglesa. En este olvido, cocina de paja y no de coco. En el Oriente del asueto estival, el coco reina en la tradición culinaria de Tailandia, Malasia y de algunas regiones de la India y países circundantes, como Sri Lanka, la antigua Ceilán. El estado indio de Kerala, gobernado tradicionalmente por los comunistas y donde se alberga una gran parte de la creciente industria de la tecnología de la información, se le conoce como la tierra del coco. Y de allá, de la remota India, lo trajeron los portugueses por primera vez a Europa.
El coco atempera el curry malayo y enciende la mecha del placer que aporta la buena cocina tailandesa, donde se le encuentra...¡hasta en la sopa! Malayos, tailandeses, japoneses y chinos se identifican en el gusto por los fideos de arroz, mas no por el coco. No hay país en los cinco continentes sin restaurantes chinos. Pocas cocinas del mundo escapan a la tentación condimentada de la pimienta, también originaria de la India, excepto la china. En cambio, los japoneses la adoptaron; y ni hablar del mundo occidental, en cuyas mesas forma pareja con la sal, elemento material y concreto que, contrario a la idea de un solo Dios que no cabe en una religión, sí es universal y se la encuentra lo mismo en la tierra, que en el mar o en el aire. Y en el plato del más pobre y del más rico, amén.