El discipulado ilustrado
Mis abuelos Luis Temístocles del Castillo y Dolores Rodríguez Objío -directora del colegio de niñas El Amparo que operaba en San Carlos, considerado por sus programas entre los establecimientos de nivel "Superior" en la Memoria del ministro del ramo de 1890- apoyaron la obra educativa de Hostos. Al grado de sustentar el primero en 1889, en su condición de diputado, que el Congreso unicameral le concediese un voto de reconocimiento especial por su aporte al desarrollo de la enseñanza en el país. Pretextando que igual mérito correspondía al arzobispo Meriño, al padre Billini y al educador Peña y Reynoso, paradójicamente un ex alumno de Hostos, Luis A. Bermúdez, llevó la voz cantante para oponerse a esta iniciativa. Pese a una intervención brillante a favor del proyecto del presidente de la Cámara, Manuel de J. Rodríguez, los votos a favor se contaron en minoría: del Castillo, Leovigildo Cuello, Luis Pichardo Brache, Mariano Rodríguez Objío, y el presidente Rodríguez.
Su vástago mayor, el educador, jurista, orador y político Luis Conrado del Castillo (1888-1927), fue un continuador de este compromiso familiar patentizado en su actuación como diputado y uno de los líderes de la resistencia cívica a la ocupación norteamericana, junto al poeta Fabio Fiallo, el tribuno Arturo Logroño y el jurista Américo Lugo, abanderados del movimiento de la "pura y simple". Joaquín Balaguer hace una semblanza apasionada de Luis Conrado en su obra Los Próceres Escritores, electrizado por su potencia oratoria y su don de improvisación, rasgos que pudo aquilatar en un mitin de la Semana Patriótica celebrado en la plaza principal de Santiago. Directivo del Partido Nacionalista que fundara Américo Lugo en 1925, su Enseñanza Cívica (1915) sirvió de texto a varias generaciones. Fallecido en un accidente automovilístico cuando se dirigía a la finca familiar en la carretera Duarte, una calle en Santo Domingo, un liceo secundario en El Seybo y una escuela primaria en Gaspar Hernández honran su memoria.
Entre el discipulado directo de Hostos figuraba Lucas T (Tomás) Gibbes, a quien en 1910 el escritor guatemalteco radicado en Europa, Enrique López Carrillo (1873-1927), le dedicara su obra El Mikado y su Corte. Referido por Félix Evaristo Mejía en 1930 como "el procero Gibbes (Lucas), domiciliado luego en París por todo el resto de su vida, y allí recién fenecido en olor de copiosa ilustración y amor de Patria, que nunca olvidaba". Conforme refiere Guillermo Piña Contreras en ensayo sobre Pedro Henríquez Ureña, Gibbes ocupó un alto cargo en la Librairie Ollendorff, que editó Horas de Estudio de nuestro preclaro humanista.
Un rápido rastreo indica que se dedicó con éxito a la traducción de libros de texto, como lo evidencia el Compendio de historia general de Gustav Ducoudray, llevado por Gibbes del francés al castellano. Obra de 448 páginas, ilustrada con 53 grabados y 25 mapas, en 1943 acumulaba 14 ediciones a cargo de Hachette, Buenos Aires, utilizada en las escuelas secundarias de Dominicana y Costa Rica. De Albert Malet, tradujo Roma, curso de historia para la segunda enseñanza (168 p. 109 gr. y 6 mapas), editado en 1922 en Paris por Hachette. Grecia, publicado por Agencia General de Librería en Buenos Aires, en 1920. Los tiempos modernos, París, Hachette, 1922, 206 p. 83 gr. y 11 mapas. Historia del Oriente: Egipto. Caldea. Palestina. Fenicia, Persia, de A. Malet, con la colaboración de Carlos Maquet. "Versión castellana cuidadosamente corregida por Lucas T. Gibbes", Librería Hachette, 1922. 133 p. 98 grabados, 10 mapas. De Malet y Julio Isaac, La Edad Media, Hachette, Bs. Aires, 1922.
También discípulo aventajado y predilecto de Hostos, Francisco J. Peynado Huttlinger (1867-1933), nacido en Puerto Plata y criado en Santo Domingo, fue un precoz educador que acompañó al Maestro en tareas directivas, siendo hombre de su entera confianza, al grado de manejar como apoderado sus haberes dominicanos durante su estadía de diez años en Chile. En una exposición conmemorativa del sesquicentenario del natalicio de Hostos, celebrada en 1989 en San Juan de Puerto Rico, encontré correspondencia entre ambos y un facsímil de recibo de alquiler que lo confirma, relativo a la vivienda que aquel mantenía en San Carlos, rentada por mi abuelo Luis T. del Castillo. Pancho, como se le llamaba, fue uno de los cerebros mejor dotados de su generación, vivaz, con una visión práctica de las cosas, que le granjeó sólida reputación de estadista y amplia simpatía.
Notable jurista, autor de ensayos sobre la organización del Estado, la formación del gobierno civil y la administración de las Aduanas. Positivamente evaluado por la diplomacia norteamericana, eficaz abogado de compañías extranjeras, fue negociador del Plan Hughes-Peynado, fórmula que viabilizó la salida de los marines mediante la validación de los actos del gobierno militar de ocupación, la selección del gobierno provisional de Vicini Burgos y la organización de elecciones. Candidato presidencial en 1924 por la Coalición Patriótica de Ciudadanos frente a la fórmula vencedora Horacio Vásquez y Federico Velázquez, desempeñó las carteras de Hacienda y Relaciones Exteriores, representando al país como ministro en Washington y en la VI Conferencia Panamericana. Su hermano Jacinto Bienvenido "Mozo" (1878-1940), también abogado de peso y discípulo directo de Hostos, tras ocupar importantes funciones públicas en la academia y en la judicatura, sería presidente bajo la Era de Trujillo (1938-40), acuñando la célebre inscripción "Dios y Trujillo", estampada en letrero lumínico.
Rafael Justino Castillo (1861-1933) fue otro de los productos excelentes de la escuela hostosiana. Nacido en Santo Domingo, se le reputa estudiante modelo graduado con honores en bachillerato de Letras y Ciencias y en la licenciatura de Derecho. Educador, dirigió la Escuela Preparatoria y ejerció funciones supervisoras en el sistema de enseñanza nacional. Activo en el periodismo de opinión, colaboró con los órganos de prensa El Estudio, El Maestro, El Teléfono y El Nuevo Régimen. En la carrera judicial fue juez del primer nivel, hasta integrar la Suprema Corte de Justicia, cuya presidencia ocupó, al igual que la procuraduría general de la República. En su condición de juez presidente de la Suprema, se pronunció en contra de la procedencia, en términos constitucionales, de la prolongación del mandato presidencial de Horacio Vásquez, de cuatro a seis años, prolegómeno del ascenso de Trujillo al poder en 1930. Agudo ensayista sobre temas políticos, jurídicos y sociológicos, Castillo publicó una refutación a las tesis sustentadas por José Ramón López en su texto sobre La Alimentación y las Razas.
En el discipulado hostosiano Américo Lugo (1870-1951) representa una verdadera cima, en los planos intelectual, político y ético. Conceptuado en su época por Pedro Henríquez Ureña como "la primera figura de nuestra juventud literaria", de él dijo Félix Evaristo Mejía -otra personalidad vertical- que era "el más alto, activo y docto, la primera pluma del país". Como bien apunta Roberto Cassá -uno de los principales estudiosos de la obra de Lugo, junto con Manuel Arturo Peña Batlle y Julio Jaime Julia, su compilador-, "entabló sólidos vínculos con Hostos, contándose entre sus discípulos predilectos. En una primera instancia, el talante intelectual y moral de Lugo fue hechura de Hostos. No es casual que dedicara la tesis de licenciatura al maestro." Para Cassá, "la apropiación de componentes de la doctrina de Hostos le permitió ser de los primeros intelectuales en desarrollar consideraciones sociológicas acerca de la realidad dominicana". Asimismo, el rol central conferido por Hostos al compromiso ético, le califica en este sentido como "el discípulo más aventajado" del educador borincano.
Lugo se graduó en 1889 de la carrera de Derecho en el Instituto Profesional -nuestra universidad de entonces. Esta profesión la ejerció activa y exitosamente en Puerto Plata -donde conoció a quien sería su esposa, Dolores Romero, hija de inmigrantes cubanos- como en Santo Domingo, destacándose por el sentido humanitario practicado entre clientes de origen humilde, como el caso del jornalero apellidado Williams, quien cometiera un pequeño hurto y fuera defendido brillantemente por Lugo. Tras el ajusticiamiento de Heureaux, se trasladó a la capital, donde publicó una compilación de artículos de prensa de temas diversos, bajo el título A punto largo, obra en la cual despuntan los intereses intelectuales de Lugo y se perfila su punzante estilo escritural.
Autor de tesis, Lugo abordó los núcleos temáticos que importaban a su generación de letrados -el sistema político centralista, la política personalista guiada por caudillos, el clientelismo, la debilidad institucional y los fundamentos socioculturales mismos del Estado dominicano que entendía mediatizado por la gravitación imperial, la inestabilidad y las montoneras civiles, la consistencia ética de las clases sociales- buscando en las raíces étnicas del pueblo dominicano y en su formación cultural algunas de las causas de estos males. Como buen hostosiano, prefería los partidos doctrinarios, como el Nacionalista que fundara tras la Ocupación Norteamericana, al cual renunció a finales de 1925. Fue un antiimperialista radical y militante. En la Cuarta Conferencia Panamericana reunida en Buenos Aires, en 1910, "denunció ante el mundo el imperialismo norteamericano", considerada su intervención como una de las cosas interesantes que sucedieron en ese cónclave.
Frente a la intervención, Lugo actuó con vehemencia, como lo atestigua su periódico Patria, editado entre 1921 y 1928 -cerrado por Horacio Vásquez por su firme oposición a los planes continuistas de éste-, siendo encartado judicialmente por estas razones por el régimen militar. "Señores: No estoy listo para ser juzgado. Al escribir el artículo por el cual se me imputa un delito, he entendido que cumplía un deber de dominicano. En mi calidad de ciudadano dominicano, no puedo reconocer en la República Dominicana la existencia de otra soberanía sino la de mi patria. Toda suplantación de esta soberanía, sea cual fuere el principio invocado, no es ni será a mis ojos sino un hecho de fuerza. Por consiguiente, y puesto que creo que no he cometido ningún delito y que no puedo reconocer ninguna jurisdicción sobe mi a este tribunal, no he venido a defenderme: he comparecido solamente obligado por la fuerza."
Américo Lugo cultivó la historia. En 1909 se trasladó a España y Francia en misión de investigación en los archivos de esos países, copiando una voluminosa documentación. Con motivo de su contratación para redactar una historia del país, se produjo un incidente que retrata el material del que estaba hecho este prócer de la civilidad. Trujillo había declarado que don Américo laboraba en un texto relativo a su régimen en condición de historiador oficial. Lugo remitió una carta al dictador, fechada 13 de febrero de 1936, en la que rechazó esta calificación, en virtud de que significaría subordinarse al poder y no guiarse por su conciencia. Como era de esperarse, el proyecto abortó. Pero Lugo, desafecto, pudo mantener su hidalga postura encerrado en su casona en la zona colonial.
Un rápido rastreo indica que se dedicó con éxito a la traducción de libros de texto, como lo evidencia el Compendio de historia general de Gustav Ducoudray, llevado por Gibbes del francés al castellano. Obra de 448 páginas, ilustrada con 53 grabados y 25 mapas, en 1943 acumulaba 14 ediciones a cargo de Hachette, Buenos Aires, utilizada en las escuelas secundarias de Dominicana y Costa Rica. De Albert Malet, tradujo Roma, curso de historia para la segunda enseñanza (168 p. 109 gr. y 6 mapas), editado en 1922 en Paris por Hachette. Grecia, publicado por Agencia General de Librería en Buenos Aires, en 1920. Los tiempos modernos, París, Hachette, 1922, 206 p. 83 gr. y 11 mapas. Historia del Oriente: Egipto. Caldea. Palestina. Fenicia, Persia, de A. Malet, con la colaboración de Carlos Maquet. "Versión castellana cuidadosamente corregida por Lucas T. Gibbes", Librería Hachette, 1922. 133 p. 98 grabados, 10 mapas. De Malet y Julio Isaac, La Edad Media, Hachette, Bs. Aires, 1922.
También discípulo aventajado y predilecto de Hostos, Francisco J. Peynado Huttlinger (1867-1933), nacido en Puerto Plata y criado en Santo Domingo, fue un precoz educador que acompañó al Maestro en tareas directivas, siendo hombre de su entera confianza, al grado de manejar como apoderado sus haberes dominicanos durante su estadía de diez años en Chile. En una exposición conmemorativa del sesquicentenario del natalicio de Hostos, celebrada en 1989 en San Juan de Puerto Rico, encontré correspondencia entre ambos y un facsímil de recibo de alquiler que lo confirma, relativo a la vivienda que aquel mantenía en San Carlos, rentada por mi abuelo Luis T. del Castillo. Pancho, como se le llamaba, fue uno de los cerebros mejor dotados de su generación, vivaz, con una visión práctica de las cosas, que le granjeó sólida reputación de estadista y amplia simpatía.
Notable jurista, autor de ensayos sobre la organización del Estado, la formación del gobierno civil y la administración de las Aduanas. Positivamente evaluado por la diplomacia norteamericana, eficaz abogado de compañías extranjeras, fue negociador del Plan Hughes-Peynado, fórmula que viabilizó la salida de los marines mediante la validación de los actos del gobierno militar de ocupación, la selección del gobierno provisional de Vicini Burgos y la organización de elecciones. Candidato presidencial en 1924 por la Coalición Patriótica de Ciudadanos frente a la fórmula vencedora Horacio Vásquez y Federico Velázquez, desempeñó las carteras de Hacienda y Relaciones Exteriores, representando al país como ministro en Washington y en la VI Conferencia Panamericana. Su hermano Jacinto Bienvenido "Mozo" (1878-1940), también abogado de peso y discípulo directo de Hostos, tras ocupar importantes funciones públicas en la academia y en la judicatura, sería presidente bajo la Era de Trujillo (1938-40), acuñando la célebre inscripción "Dios y Trujillo", estampada en letrero lumínico.
Rafael Justino Castillo (1861-1933) fue otro de los productos excelentes de la escuela hostosiana. Nacido en Santo Domingo, se le reputa estudiante modelo graduado con honores en bachillerato de Letras y Ciencias y en la licenciatura de Derecho. Educador, dirigió la Escuela Preparatoria y ejerció funciones supervisoras en el sistema de enseñanza nacional. Activo en el periodismo de opinión, colaboró con los órganos de prensa El Estudio, El Maestro, El Teléfono y El Nuevo Régimen. En la carrera judicial fue juez del primer nivel, hasta integrar la Suprema Corte de Justicia, cuya presidencia ocupó, al igual que la procuraduría general de la República. En su condición de juez presidente de la Suprema, se pronunció en contra de la procedencia, en términos constitucionales, de la prolongación del mandato presidencial de Horacio Vásquez, de cuatro a seis años, prolegómeno del ascenso de Trujillo al poder en 1930. Agudo ensayista sobre temas políticos, jurídicos y sociológicos, Castillo publicó una refutación a las tesis sustentadas por José Ramón López en su texto sobre La Alimentación y las Razas.
En el discipulado hostosiano Américo Lugo (1870-1951) representa una verdadera cima, en los planos intelectual, político y ético. Conceptuado en su época por Pedro Henríquez Ureña como "la primera figura de nuestra juventud literaria", de él dijo Félix Evaristo Mejía -otra personalidad vertical- que era "el más alto, activo y docto, la primera pluma del país". Como bien apunta Roberto Cassá -uno de los principales estudiosos de la obra de Lugo, junto con Manuel Arturo Peña Batlle y Julio Jaime Julia, su compilador-, "entabló sólidos vínculos con Hostos, contándose entre sus discípulos predilectos. En una primera instancia, el talante intelectual y moral de Lugo fue hechura de Hostos. No es casual que dedicara la tesis de licenciatura al maestro." Para Cassá, "la apropiación de componentes de la doctrina de Hostos le permitió ser de los primeros intelectuales en desarrollar consideraciones sociológicas acerca de la realidad dominicana". Asimismo, el rol central conferido por Hostos al compromiso ético, le califica en este sentido como "el discípulo más aventajado" del educador borincano.
Lugo se graduó en 1889 de la carrera de Derecho en el Instituto Profesional -nuestra universidad de entonces. Esta profesión la ejerció activa y exitosamente en Puerto Plata -donde conoció a quien sería su esposa, Dolores Romero, hija de inmigrantes cubanos- como en Santo Domingo, destacándose por el sentido humanitario practicado entre clientes de origen humilde, como el caso del jornalero apellidado Williams, quien cometiera un pequeño hurto y fuera defendido brillantemente por Lugo. Tras el ajusticiamiento de Heureaux, se trasladó a la capital, donde publicó una compilación de artículos de prensa de temas diversos, bajo el título A punto largo, obra en la cual despuntan los intereses intelectuales de Lugo y se perfila su punzante estilo escritural.
Autor de tesis, Lugo abordó los núcleos temáticos que importaban a su generación de letrados -el sistema político centralista, la política personalista guiada por caudillos, el clientelismo, la debilidad institucional y los fundamentos socioculturales mismos del Estado dominicano que entendía mediatizado por la gravitación imperial, la inestabilidad y las montoneras civiles, la consistencia ética de las clases sociales- buscando en las raíces étnicas del pueblo dominicano y en su formación cultural algunas de las causas de estos males. Como buen hostosiano, prefería los partidos doctrinarios, como el Nacionalista que fundara tras la Ocupación Norteamericana, al cual renunció a finales de 1925. Fue un antiimperialista radical y militante. En la Cuarta Conferencia Panamericana reunida en Buenos Aires, en 1910, "denunció ante el mundo el imperialismo norteamericano", considerada su intervención como una de las cosas interesantes que sucedieron en ese cónclave.
Frente a la intervención, Lugo actuó con vehemencia, como lo atestigua su periódico Patria, editado entre 1921 y 1928 -cerrado por Horacio Vásquez por su firme oposición a los planes continuistas de éste-, siendo encartado judicialmente por estas razones por el régimen militar. "Señores: No estoy listo para ser juzgado. Al escribir el artículo por el cual se me imputa un delito, he entendido que cumplía un deber de dominicano. En mi calidad de ciudadano dominicano, no puedo reconocer en la República Dominicana la existencia de otra soberanía sino la de mi patria. Toda suplantación de esta soberanía, sea cual fuere el principio invocado, no es ni será a mis ojos sino un hecho de fuerza. Por consiguiente, y puesto que creo que no he cometido ningún delito y que no puedo reconocer ninguna jurisdicción sobe mi a este tribunal, no he venido a defenderme: he comparecido solamente obligado por la fuerza."
Américo Lugo cultivó la historia. En 1909 se trasladó a España y Francia en misión de investigación en los archivos de esos países, copiando una voluminosa documentación. Con motivo de su contratación para redactar una historia del país, se produjo un incidente que retrata el material del que estaba hecho este prócer de la civilidad. Trujillo había declarado que don Américo laboraba en un texto relativo a su régimen en condición de historiador oficial. Lugo remitió una carta al dictador, fechada 13 de febrero de 1936, en la que rechazó esta calificación, en virtud de que significaría subordinarse al poder y no guiarse por su conciencia. Como era de esperarse, el proyecto abortó. Pero Lugo, desafecto, pudo mantener su hidalga postura encerrado en su casona en la zona colonial.
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