En el camino del olvido

Lo leí hace poco y lo pienso y repienso para que no se me olvide y sea albergue de esperanzas: unos científicos en Nueva York han descubierto una droga experimental que aplicada a ciertas áreas del cerebro borra la información allí almacenada. Una vez desarrollada -y espero que pronto-será la droga del olvido, la que remitirá a la nada aquellas experiencias y emociones desagradables que contaminan nuestro conocimiento, y como castigo eterno nos asaltan a voluntad con su carga de frustración, depresión, odios y sentimientos malsanos que nos amargan la existencia.

Una dosis, y no habrá miedos crónicos, malos hábitos, desamor, pasiones no correspondidas, vergüenzas acumuladas, traiciones, amantes perdidas, recuerdos urticantes, desencuentros, atavismos ni tiempos pasados de soledad.

Venceremos esos recuerdos que como Sísifo nos condenan al comienzo eterno, porque son un dolor que apenas se esfuma cuando ya reaparece con la misma intensidad, reencarnados como expresión de nuestras debilidades, de nuestras falencias como seres humanos. Es esa persistencia la que nos sume en la desolación y paradójicamente se convierte en el incentivo más poderoso para no olvidar.

Las pesadillas serán pasajeras, se extinguirán con la próxima dosis. No podrán robarnos el sueño ni los ensueños. Condenadas a desaparecer las madrugadas de insomnio, oscurecidas por las preocupaciones que acarrean las reminiscencias indeseadas.

Desterraremos los errores, y con el equipaje ligero de sólo las memorias preferidas nos embarcaremos cuando querramos en una ruta hacia atrás desprovista de aridez, de tramos torturantes y de espacios sombríos. Recordar será verdaderamente vivir, mejor aún, revivir lo grato, aquello que reconforta el espíritu y eleva la imaginación hasta la cima propuesta para después convertirse en creatividad. El recuerdo ya no será un tormento.

Sólo habrá lugar en el cerebro para los episodios placenteros. Ningún espacio para comidas malas pasadas, vinos agrios ni gente necia. La música que invada nuestras células cerebrales será de armonía excelsa, de ritmo perfecto, de sonoridad cristalina, conmovedora, un solo himno a la alegría, la que habremos acogido como compañera de siempre, otro recuerdo más elegido deliberadamente. Porque una dosis adicional, y habremos logrado ahuyentar la disonancia de todos esos ruidos martillantes, reales o fantasía.

¿Se imaginan el paraíso de no tener metido en la sesera al Dios constitucional, a ese cuco creado por la mente, con omnisciencia atribuida, todopoderoso, dictatorial, con el don de la ubicuidad y por tanto universal, pero que sin embargo se inventó diez mandamientos de los cuales solo uno, el quinto, ha podido ser convertido en ley universal? Si queremos, podremos olvidar al Dios racista que entre la tanta diversidad que supuestamente apadrinó escogió como favorito a un sólo pueblo. ¡Pobres gitanos, entre muchos otros pobres que al parecer no vienen de Adán y Eva pero sí comieron la manzana!

Una dosis de la droga y desapareció el Dios inmisericordioso, el que reclama tantas alabanzas que nos hace indignos y miserables, el que dicen nos creó a su imagen y semejanza, pero que sin embargo nos metió la debilidad de la mortalidad en cada molécula, en cada célula, en cada gen, en cada milímetro de sangre, en cada cabello, en cada poro. El que permite la tentación para que caigamos en ella y seamos humillados.

El infierno ya no estará ni siquiera en la mente, tampoco esos temores irracionales llevados en el recuerdo por innúmeras generaciones. Que la Parca no nos cite ni Aqueronte nos invite a su barca para ser de la generación que apagó los fuegos eternos, los purgatorios y los limbos y despidió de la memoria las sentencias bíblicas condenatorias, inventos para robarnos la calma y encadenarnos, contrabando de leyendas que se pierden en una Antigüedad que se reclama para un solo Dios verdadero, como si la verdad fuese divina y no humana. Porque si la verdad es liberación y nunca yugo, ¿no somos los humanos sus únicos dueños y merecedores? Será la droga del olvido, sí, pero también un nuevo pentotal.

Droga verdaderamente taumaturga porque hará que el cerebro se libere de todas esas enseñanzas religiosas inútiles, que reniegan de la bondad humana, porque, ¿quién ha dicho que hay que ser cristiano, musulmán o judío para querer al prójimo como a uno mismo, para ser discreto y que la mano izquierda, aunque seas zurdo y reaccionario, no sepa a quién favorece la derecha, para ser el buen samaritano? Droga verdaderamente taumaturga porque ya no habrá primera piedra que tirar; y nada quedará en la memoria que impida la despenalización del aborto; y que los legisladores legislen de acuerdo a su mejor conciencia, y no reducidos por el terrorismo verbal de unos pocos.

Habrá, eso sí, que inventarse nuevas leyes que condenen ciertos olvidos y preserven la memoria histórica. La desmemoria terapéutica no se aplicará a los delitos contra la sociedad y ni siquiera con receta médica podrá ser servida a los jueces honestos; sí a los deshonestos, para que ignoren quién les pagó a la hora de dictar sentencia. Prohibido olvidar a los gobernantes malos, a los políticos mentirosos, a los farsantes de algunas ONGs, y cómo eran algunas señoras antes de salir del consultorio del cirujano plástico.

Los científicos de Brooklyn que trabajan con esta droga redentora aseguran que también tendrá la virtud de activar la memoria, por lo que será un paso importante para vencer el Alzheimer. Memoria contra la desmemoria. Borrará e imprimirá, desterrará dolor y reafirmará alegrías. Podremos fortalecer el recuerdo de quienes nos tendieron una mano amiga cuando la necesitamos, de los que nos quisieron sin que en su diccionario existiera la palabra reciprocidad, de los que nos enseñaron con el buen ejemplo, de los que nos perdonaron sin necesidad del Padrenuestro. Como sello indeleble, el recuerdo de las buenas acciones, como anticipo para decisiones futuras.

Albergo un solo temor y no sé si estarán trabajando ya en el remedio: que la droga experimental haga olvidar cómo olvidar.

Las pesadillas serán

pasajeras, se extinguirán

con la próxima dosis.

No podrán robarnos

el sueño ni los ensueños.

El infierno ya no estará

ni siquiera en la mente,

tampoco esos temores

irracionales llevados

en el recuerdo por

innúmeras generaciones.

Que la Parca no nos cite,

ni Aqueronte nos invite

a su barca para ser de la

generación que apagó

los fuegos eternos, los

purgatorios y los limbos

y despidió de la

memoria las sentencias

bíblicas condenatorias,

inventos para robarnos

la calma y encadenarnos.