La extraordinaria fuga de Elena de Handal
No me importa estar en esta celda inmunda, en la oscuridad, golpeado y sangrante. Yo sé que mi vida pende de un hilo tan delgado como las hebras de su cabello, y su recuerdo, su olor y esa mirada tremenda con que me caló desde que la vi llegar, me dan fuerzas para aguantar. No me importa, incluso, que entren de nuevo estas bestias que reparten golpes a los presos para poder irse a dormir en paz. No me inquieta que, por haber sido oficial, o quizás, ¿quién sabe?, por todavía serlo, ellos se ensañen cada noche conmigo. Puedo ver el placer animal de estos rasos carniceros en el lento machacar de mi cara, en su predilección por aplastar mi nariz y por salpicarse con la sangre que salta de mis labios. Ya nada me duele, y, claro, ellos no pueden saberlo, y por eso siguen, bufando, jadeando, turnándose en la labor de quebrarme a golpes, de molerme por placer, por impunidad, por morbo, por vengar la manera en que otros oficiales los han tratado antes. Y ni imaginan que mientras me machacan, yo estoy lejos, muy lejos, tan lejos como se puede estar en los brazos de Elena de Handal, o sea, del otro lado del mundo.
Aparentemente todo comenzó hace más o menos un mes, cuando estando de servicio en el paso fronterizo que separa Dajabón de Haití se acercó a la línea de demarcación un auto destartalado, cubierto de polvo, ronroneando como un gato y chirriando a cada golpe del timón y de los frenos. Recuerdo que lo vi acercarse en medio de la quemazón del mediodía, cuando parece que la tierra se levanta, volatilizada por el resol, y se sabe, de sobra, que los perros no siguen a los amos por la calle. Estaba yo sentado en una silla recostada a la garita, y miré, involuntariamente, a mi reloj de pulsera. Sin saber cómo ni por qué, se me escapó algo así como "¡Qué bien!"
Cuando el auto se detuvo, sin que cesara del todo el escándalo del motor, tuve la sensación, por demás inquietante, de que caía en el medio de la carretera una lluvia de mariposas desalentadas, y que a lo lejos se había escuchado una especie de gong chino, presagiando la hora de la verdad. Estando de frente al resplandor del mediodía, apenas pude distinguir por los cristales de las ventanillas, los rostros demacrados de tres niños que me miraban con el desamparo de los náufragos, y al volante alguien que, de entrada, no vi muy bien, y que me pareció una especie de musculoso cochero medieval, envuelto en los pliegues del misterio. Cuando abrió la portezuela y puso un pie en el suelo, comprendí, de golpe, que se trataba de una mujer, y más que de una mujer, de una verdadera diosa.
Ella saltó con agilidad del vehículo y me dio la espalda, sin importarle mis grados, mis polainas, mi sombrero, ni los fusiles de los rasos que miraban, boquiabiertos, semejante aparición. Era la mujer más bella que habíamos visto en la vida, nada que ver con los cueros groseros a que estábamos acostumbrados, más, incluso que Divina Roca, que, por su belleza y su apetito de machos estuvo a punto de desatar una guerra fronteriza, y si bien es cierto que la recién llegada solo se mostró en su pleno esplendor al despojarse del guardapolvo gris y el sombrero marimacho que llevaba, todo lo adivinamos, solo de ver cómo ese pie divino, con gracia inigualable, hollaba el polvo de la carretera.
Es verdad que para mis 25 años no tenía mucha experiencia con mujeres, pero por la poca alcanzada, y por los comentarios de los más viejos, sabía de sobra que una mujer que está bien buena, siempre se le nota, aunque trate de ocultarlo; aunque solo le veas la quijada, o una ceja, o el dedo chiquito del pie izquierdo. Y no más ver aquel pie delicado asentarse en la carretera supe que llegaba mi desgracia, la mujer soñada, la misma por la que se acabó mi vida militar y mi carrera, y probablemente, hasta mi vida. Y dije "¡Qué bien!", de la nada, porque sin que nadie me lo explicara, y sin tener a mano ninguna razón especial, supe enseguida, como tras un alumbramiento, que había llegado Elena de Handal a mi remoto puesto fronterizo de la provincia Libertador, y que pedía pasar al otro lado con sus tres hijos.
Los niños se llamaban Emilia, Rosita y Miguel. Lo supe por el pasaporte, donde estaban pegadas sus fotos, y donde también rezaba que la madre era británica, por nacionalidad, aunque de sangre árabe y nacida en Cabo Haitiano, y lo peor de todo: casada. "Tienen sed y hambre, señor teniente-me dijo-No dejará usted que unos inocentes se le desmayen en plena carretera, ¿verdad?" Y claro que no lo permití, pero más que por los niños, por aquellos ojazos y ese pelo cortado a lo garzón, aquellos labios carnosos que musitaban letanías de hembra, en susurros, y ese olor precursor que aspiré de ella, no más acercarme unos pasos, cuando le tendí la mano a los muchachos y los invité a sentarse bajo un árbol, a la sombra del camino, tras ordenar a un raso que volase a buscar limonada, raspadura, frutas, pollos, víveres, y todo lo que quisieran, que para algo allí estaba el teniente Julio Morales, con la boca abierta, deslumbrado, apabullado por su madre, sin poder articular palabra, ante la revelación definitiva del sentido del Universo en una cara y un cuerpo de mujer.
Ella se sentó a fumar, directamente sobre la hierba, con las piernas hacia atrás, bajo las nalgas, como si fuese una beduina en un aduar. La languidez era su espacio natural, y dejar caer los ojos, su exasperante especialidad. Temblé, me estremecí como afiebrado, balbuceé una conversación torpe, no recuerdo siquiera cómo pude hilvanar dos frases con algún sentido, y después de comer, los niños empezaron a revolotear a nuestro alrededor. Ella me contó que habían desembarcado en San Pedro de Macorís, y que por estar en tránsito hacia Haití, donde los esperaba su marido, el padre de los niños, no tenía más documentos que su propio pasaporte, pues no sabía que para pasar la frontera, necesitaba, además, un permiso de la Policía. "¿Verdad que Usted, señor teniente, nos ayudará?"-me dijo- Y, ¿cómo negarme? "Claro que la ayudaré, señora"-le respondí. Y lo hice, no faltaba más.
La desgracia llegó en la persona del Inspector de Inmigración que estaba destacado conmigo en aquel puesto olvidado de todos, en medio de la nada y el resol. El inspector Allies no fue privilegiado con las miradas de Elena de Handal, más bien debió sentir el frío con que ella mantenía a raya a las sabandijas. Hombrecito mustio y casposo, acostumbrado a cobrar derecho de pernada a las pobres haitianas que pasaban llorosas, siguiendo el rastro de sus maridos braceros, nada sabía de galanterías y requiebros. Confinado en la barbarie de la fuerza y en la superioridad que le regalaban los infelices, no pudo hacerse notar y sintió crecer en sus entrañas de charol, la rabia y la necesidad de venganza. La vomitó en su cablegrama 69, fechado el 1 de julio de 1940, a las 17.35 horas, dirigido al Licenciado Antonio Tallado, Director General de Inmigración. En él le comunicaba que "… a la llamada Elena de Handal, y a sus hijos, le había franqueado el paso de la frontera, por Dajabón y sin tener los permisos correspondientes, el teniente Julio Morales, Jefe del Destacamento…".
Todo lo demás fue simple trámite. Al día siguiente, el Licenciado Tallado remitía el caso al Secretario de Estado de Interior y Policía "… para los fines que la Superioridad estime pertinentes". El 5 de julio, el general de Brigada Héctor Bienvenido Trujillo, Jefe del Estado Mayor del Ejército Nacional, envió una comunicación al oficial comandante de la Cuarta Compañía para que "… se sirva requerir al teniente Julio Morales una explicación respecto al paso indebido que le concedió a la Sra Elena de Handal, para cruzar la frontera, sin estar provista del permiso requerido por ley". Ese mismo día respondí, por escrito, que había consultado al Inspector de Inmigración y le había pedido preguntar por teléfono, como en otros casos, si podíamos franquear el paso, y que al no recibir respuesta en contra, procedí a permitirlo. El 8 de julio fui arrestado.
¿Vale de algo explicarles que, aquel día, por mi humilde puesto fronterizo, una diosa atravesó la línea? ¿Dejarían de pegarme, por ello, o me pegarían más fuerte? ¿Renunciarían a matarme?
Es que se están vengando, y tienen razón. Todo es más complicado que haber sido sorprendido por la belleza de Elena de Handal en medio de la nada y la intemperie de un mediodía calcinante de julio. Más que haberla dejado huir, involucrada como estaba, hasta el cuello, en la última tentativa para matar, como a un perro, al Generalísimo. Más que haberme dejado embaucar por sus ojazos y las nalgas que se adivinaban bajo su guardapolvo gris; más que haber quedado deslumbrado por su manera elegante de fumar y esa languidez enloquecedora de gata poderosa con que me nubló los ojos y me hizo levantar para ella, y sus hijos, la barrera fronteriza, viéndolos luego internarse en Haití, en aquel auto asmático en que huían.
Los investigadores no tardaron en comprobarlo. "¡Qué bien!" fue mi manera de decir que Elena, mi Elena adorada, y sus hijos, llegaban a tiempo, a la hora acordada, al límite que separaba al peligro de la salvación. Mi manera espontánea de celebrar, en obligado silencio, la partida de mi amante, y mi compañera de conspiración. Y como ya ella está salvo, no hay manera de que tema a la muerte, imbéciles machacadores…
¿Vale de algo explicarles que, aquel día, por mi humilde puesto fronterizo, una diosa atravesó la línea?
¿Dejarían de pegarme, por ello, o me pegarían más fuerte?
¿Renunciarían a matarme?
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
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