La soledad natural del oso marino
Favorito del momento, el ejemplar por antonomasia es el tigre del bosque. No el cuadrúpedo, sino el bípedo, Tiger Woods, tinta asiática y afroamericana cuya destreza trasciende el golf, ese invento de los británicos para el mundo. Deporte placentero que se juega sin uniforme y a todas las edades, características aplicables a los otros talentos y actividades del increíble Woods, que tanta diversión produce con sus palos.
"No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague", titulo con el que Antonio de Zamora calzó su pieza teatral del siglo XVII, inspirada en el "Don Juan Tenorio" de Tirso de Molina, el celebérrimo dramaturgo y monje español que enseñó teología en Santo Domingo para la misma época, cuando el golf aún no existía, pero sí se practicaban los mismos juegos. Amatorios, claro está.
Pues se cumplió el plazo y hay que pagar la deuda. Tai Shan deja Washington y regresa a China. No por los altibajos del comercio sino-americano, ni por los pujos proteccionistas que toda crisis económica acarrea. Tampoco porque Estados Unidos reniega del ius soli, habida cuenta de que Shan nació en la capital norteamericana hace cuatro años, y la satanización de la libertad de tránsito es la gran paradoja de la globalización.
Pacta sunt servanda, y se había acordado la nacionalidad china pese al lugar de nacimiento y que tras su segundo cumpleaños volvería al lugar de procedencia de sus ancestros. Difícil establecer con certeza si aventaja a Tiger en fama y otros atributos, pero sí en peso, 200 libras, y tamaño. Su estatura no se mide solo en metros, sino en los millones de visitantes que ha atraído a su morada provisional, el zoológico capitalino.
La inminente partida del oso panda, cuyos padres vinieron a Washington producto del deshielo político, ha conmocionado una ciudad en la que se toman decisiones que conmocionan al mundo. Por esos dos años, el zoológico pagó 600 mil dólares a China, pero hizo el negocio del mundo. Al igual que Tiger, Shan tiene su fan club, ha aparecido en portada de revistas (y no deportivas), protagonizado documentales, adornado centenares de miles de camisetas y proporcionado felicidad a más de unas pocas damiselas, niños y niñas, solteros y solteras, casados y casadas, blancos y blancas, negros y negras. El apartado de la página web del zoológico dedicada a Shan recibe más visitantes que la de Tiger.
Shan proviene de una pareja que vale su peso en dólares multiplicado varias veces. Mei Xian y Tian Tian retornarán también a la tierra patria el próximo año. Por su estadía norteamericana se pagaron 10 millones de dólares a China, sin contar todo el bambú que engulleron. Deben ser los inmigrantes provisionales, el internamiento temporal de mercancía más costosos.
Los zoológicos son una negación de lo más caro al ser humano: la libertad. Son una contravención a la naturaleza y, sin embargo, no es causa que despierte las mismas pasiones que otros errores ecológicos atribuibles al espíritu depredador que llevamos dentro sin habitar en la selva.
Hay que declarar enemistad acérrima a los zoológicos. No a todos. Conviene releer "El zoo humano", de Desmond Morris, de donde copio: "... los animales salvajes, situados en sus ambientes naturales, no matan habitualmente a grandes cantidades de seres de su propia clase; pero, ¿y los ejemplares enjaulados?... La respuesta, con evidentes atenuaciones, es afirmativa". Diferencia radical con nuestra especie, que mata mayormente en libertad. A veces, con toda libertad.
Estos tiempos verdes por razones diferentes al golfista y de canto incesante a la libertad, la fauna como motivo de diversión debería apellidarse exclusivamente humana. Enjaular a especies nacidas para vagar sin impedimento por terrenos vírgenes, procrear y ayuntar cuando y donde mejor les plazca, parece una crueldad excesiva. Condenable, incluso, si como justificación se esgrimen razones educativas. ¿Acaso la educación sexual no se enseña con láminas y dibujos, y se recomienda que lo aprendido se ponga en práctica mucho después?
¿Vienen las clases de geografía acompañadas de viajes a lugares exóticos y a comprobaciones in situ de las variaciones físicas y climáticas que nuestro planeta exhibe? ¿No se imponen horas de instrucción religiosa, pese a que la laicidad del Estado tiene carácter constitucional, sin el requisito empírico obligatorio en otras disciplinas, y se enseña a guarecerse en la fe para aceptar sin remilgos el catecismo?
Reducir el territorio de bestias magníficas como el tigre a unos cuantos metros en violación de la ley de la naturaleza es criminal. Abomino del espectáculo triste de animales "embrutecidos" por la privación de movimientos, aherrojados en un hábitat para el cual no nacieron y obligados a prescindir de sus instintos. Quién sabe si el encierro o la convivencia forzosa con la misma pareja por años y años es la causa eficiente de la dejadez sexual y la baja o nula tasa de fecundidad que se registra en esas prisiones de animales abiertas a los ojos humanos.
Prefiero esperar para disfrutar del verdadero reino animal, donde no hay cabida para el homo brutus; y si la espera se hace alguna vez interminable, habrá la satisfacción del recuerdo señero, a voluntad, de planicies africanas sin confines visibles. Con tierras de escoldos que el sol alimenta. Tierras nobles que aun resecas guardan árboles, agua y pasto para manadas enteras de elefantes, gacelas saltarinas, hipopótamos descomunales, y posibilitan la altivez de la jirafa y la rotundidad de la cebra. Y, en fin, son el escenario de una obra sin autor que se escribe desde antes de la historia.
De los osos, los más imponentes no son los pandas, vegetarianos y miembros de una especie que, como la humana, acusa la diversidad cromática en la piel: negros, marrones, blanquinegros, blancos con el negro detrás de la oreja y, el gigante de la especie, el oso marino, en competencia alba con su entorno circumpolar.
Solitario por naturaleza (¿?), desenvuelve su vida en territorios individualizados que sobrepasan la extensión de nuestro país. Su soledad es la misma de las tundras, glaciares y parajes helados por donde pasea su animalidad, de casi 10 pies y 1500 libras. Carnívoro, tiene una ventaja sobre los humanos, aparte de la sangre fría: por cada macho hay una hembra. Equilibrio perfecto en un hábitat desequilibrado por otro deshielo, no el que llevó a sus primos a Washington. El macho, como otro, el humano, se ha acostumbrado a matar a la hembra de cuando en cuando. E igual que muchos de nuestros congéneres, la capacidad del oso polar para caminar con la cabeza erguida se circunscribe a unos instantes.
No les va bien el cautiverio, por supuesto. Tres osos polares han muerto ya en el zoológico de San Luís, en el estado norteamericano de Missouri. Uno pasó ciertamente a mejor vida en medio de una cirugía estomacal de emergencia pues se indigestó con una ración de plásticos y trapos viejos, ambos productos industriales de manufactura humana. Cuánto plástico comió, no lo sé, pero el oso polar es capaz de llevar en su estómago el equivalente al 20 por ciento de su peso corporal.
A otro lo atacó un cáncer y con él se practicó lo que prohibimos: la eutanasia. A un tercero, una infección desconocida lo enfrió para siempre. En verdad, todos murieron de cautiverio.
Ante la desgracia mortal que asuela al zoológico sureño, el Ursus Marinus ha sido reemplazado por otro, de plástico y movimientos alimentados con electricidad. Este no tiene problemas con las altas temperaturas que usualmente remontan los 32 grados en el estío sureño, cuando en esa misma temporada el termómetro apenas marca un grado en las regiones ignotas de donde sacaron a la fuerza esos plantígrados de belleza salvaje.
Por jugar con la verdad de la naturaleza, ahora deben conformarse con un oso de juguete, de mentira.
Pacta sunt servanda, y se había acordado la nacionalidad china pese al lugar de nacimiento y que tras su segundo cumpleaños volvería al lugar de procedencia de sus ancestros. Difícil establecer con certeza si aventaja a Tiger en fama y otros atributos, pero sí en peso, 200 libras, y tamaño. Su estatura no se mide solo en metros, sino en los millones de visitantes que ha atraído a su morada provisional, el zoológico capitalino.
La inminente partida del oso panda, cuyos padres vinieron a Washington producto del deshielo político, ha conmocionado una ciudad en la que se toman decisiones que conmocionan al mundo. Por esos dos años, el zoológico pagó 600 mil dólares a China, pero hizo el negocio del mundo. Al igual que Tiger, Shan tiene su fan club, ha aparecido en portada de revistas (y no deportivas), protagonizado documentales, adornado centenares de miles de camisetas y proporcionado felicidad a más de unas pocas damiselas, niños y niñas, solteros y solteras, casados y casadas, blancos y blancas, negros y negras. El apartado de la página web del zoológico dedicada a Shan recibe más visitantes que la de Tiger.
Shan proviene de una pareja que vale su peso en dólares multiplicado varias veces. Mei Xian y Tian Tian retornarán también a la tierra patria el próximo año. Por su estadía norteamericana se pagaron 10 millones de dólares a China, sin contar todo el bambú que engulleron. Deben ser los inmigrantes provisionales, el internamiento temporal de mercancía más costosos.
Los zoológicos son una negación de lo más caro al ser humano: la libertad. Son una contravención a la naturaleza y, sin embargo, no es causa que despierte las mismas pasiones que otros errores ecológicos atribuibles al espíritu depredador que llevamos dentro sin habitar en la selva.
Hay que declarar enemistad acérrima a los zoológicos. No a todos. Conviene releer "El zoo humano", de Desmond Morris, de donde copio: "... los animales salvajes, situados en sus ambientes naturales, no matan habitualmente a grandes cantidades de seres de su propia clase; pero, ¿y los ejemplares enjaulados?... La respuesta, con evidentes atenuaciones, es afirmativa". Diferencia radical con nuestra especie, que mata mayormente en libertad. A veces, con toda libertad.
Estos tiempos verdes por razones diferentes al golfista y de canto incesante a la libertad, la fauna como motivo de diversión debería apellidarse exclusivamente humana. Enjaular a especies nacidas para vagar sin impedimento por terrenos vírgenes, procrear y ayuntar cuando y donde mejor les plazca, parece una crueldad excesiva. Condenable, incluso, si como justificación se esgrimen razones educativas. ¿Acaso la educación sexual no se enseña con láminas y dibujos, y se recomienda que lo aprendido se ponga en práctica mucho después?
¿Vienen las clases de geografía acompañadas de viajes a lugares exóticos y a comprobaciones in situ de las variaciones físicas y climáticas que nuestro planeta exhibe? ¿No se imponen horas de instrucción religiosa, pese a que la laicidad del Estado tiene carácter constitucional, sin el requisito empírico obligatorio en otras disciplinas, y se enseña a guarecerse en la fe para aceptar sin remilgos el catecismo?
Reducir el territorio de bestias magníficas como el tigre a unos cuantos metros en violación de la ley de la naturaleza es criminal. Abomino del espectáculo triste de animales "embrutecidos" por la privación de movimientos, aherrojados en un hábitat para el cual no nacieron y obligados a prescindir de sus instintos. Quién sabe si el encierro o la convivencia forzosa con la misma pareja por años y años es la causa eficiente de la dejadez sexual y la baja o nula tasa de fecundidad que se registra en esas prisiones de animales abiertas a los ojos humanos.
Prefiero esperar para disfrutar del verdadero reino animal, donde no hay cabida para el homo brutus; y si la espera se hace alguna vez interminable, habrá la satisfacción del recuerdo señero, a voluntad, de planicies africanas sin confines visibles. Con tierras de escoldos que el sol alimenta. Tierras nobles que aun resecas guardan árboles, agua y pasto para manadas enteras de elefantes, gacelas saltarinas, hipopótamos descomunales, y posibilitan la altivez de la jirafa y la rotundidad de la cebra. Y, en fin, son el escenario de una obra sin autor que se escribe desde antes de la historia.
De los osos, los más imponentes no son los pandas, vegetarianos y miembros de una especie que, como la humana, acusa la diversidad cromática en la piel: negros, marrones, blanquinegros, blancos con el negro detrás de la oreja y, el gigante de la especie, el oso marino, en competencia alba con su entorno circumpolar.
Solitario por naturaleza (¿?), desenvuelve su vida en territorios individualizados que sobrepasan la extensión de nuestro país. Su soledad es la misma de las tundras, glaciares y parajes helados por donde pasea su animalidad, de casi 10 pies y 1500 libras. Carnívoro, tiene una ventaja sobre los humanos, aparte de la sangre fría: por cada macho hay una hembra. Equilibrio perfecto en un hábitat desequilibrado por otro deshielo, no el que llevó a sus primos a Washington. El macho, como otro, el humano, se ha acostumbrado a matar a la hembra de cuando en cuando. E igual que muchos de nuestros congéneres, la capacidad del oso polar para caminar con la cabeza erguida se circunscribe a unos instantes.
No les va bien el cautiverio, por supuesto. Tres osos polares han muerto ya en el zoológico de San Luís, en el estado norteamericano de Missouri. Uno pasó ciertamente a mejor vida en medio de una cirugía estomacal de emergencia pues se indigestó con una ración de plásticos y trapos viejos, ambos productos industriales de manufactura humana. Cuánto plástico comió, no lo sé, pero el oso polar es capaz de llevar en su estómago el equivalente al 20 por ciento de su peso corporal.
A otro lo atacó un cáncer y con él se practicó lo que prohibimos: la eutanasia. A un tercero, una infección desconocida lo enfrió para siempre. En verdad, todos murieron de cautiverio.
Ante la desgracia mortal que asuela al zoológico sureño, el Ursus Marinus ha sido reemplazado por otro, de plástico y movimientos alimentados con electricidad. Este no tiene problemas con las altas temperaturas que usualmente remontan los 32 grados en el estío sureño, cuando en esa misma temporada el termómetro apenas marca un grado en las regiones ignotas de donde sacaron a la fuerza esos plantígrados de belleza salvaje.
Por jugar con la verdad de la naturaleza, ahora deben conformarse con un oso de juguete, de mentira.
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