La tolerancia a la luz del ataque terrorista contra Charlie Hebdo
Vivimos en un mundo muy grande, muy diverso y plagado de problemas e intereses inmanejables, cuyo tamaño se ha querido reducir a un solo espacio y un solo tiempo a través de un concepto: aldea global.
Al procederse así, solo se ha logrado enmascarar la realidad de un planeta poblado por más de siete mil millones de seres humanos que habitan en continentes y culturas muy diferentes unas de las otras. Es un grave simplismo el creer que los agentes y los beneficios de la globalización, como las tecnologías, la educación, el conocimiento, la promoción de los valores humanos y el consumismo, serán capaces un día de acabar con esas diferencias. Es desconocer que los designios de cada país, incluso del más pequeño, no pueden ser dictados por otros y desde fuera, sino que son inseparables de la historia, las costumbres, las creencias y la cotidianidad que dan sentido a las vidas de las personas.
Ante ese panorama, la tolerancia es un tema de urgente actualidad. Hay que tratar de saber convivir con las diferencias, en el seno de la globalización. Y convivir significa reconocer y respetar esas diferencias, pero también los bienes comunes a todos, en particular la vida humana.
La vida humana no puede ser puesta en peligro mediante guerras, actos de terrorismo o refriegas callejeras. No puede ser eliminada en nombre de un credo religioso, una causa política o la fama personal. No puede ser tomada como carnada para reclamar los derechos a la diferencia ni los derechos comunes.
En contra de los instintos criminales que hoy se esparcen por doquier en nombre de determinados derechos, fueren cuales fueren, volvamos al grito por la tolerancia que ha resonado en el mundo a propósito de los mortales y abominables ataques al semanario francés Charlie Hebdo.
En los días malhadados de ese atentado, una expresión de Voltaire de estirpe genuinamente humanista brotó en medio de la barbarie y se convirtió en el reclamo principal, además del eslogan Soy Charlie, de la libertad de expresión y de la tolerancia inherente a la condición humana: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo. “
Voltaire dejó plasmada esa profunda convicción libertaria en su obra Tratado sobre la tolerancia, escrita en 1763, a raíz del terrible asesinato de Jean Calas en 1762, protestante, acusado de hereje, parricidio y otros graves delitos por el fanatismo católico de entonces.
“Este escrito -afirma Voltaire- sobre la tolerancia es una súplica que la humanidad presenta humildemente al poder y a la prudencia.”
Ese es un radical llamado a la conciencia humana, que viene de atrás, del fondo de los siglos pasados, sobre la necesidad del respeto a la libertad de pensamiento y de expresión, que no puede ser coartada ni eliminada por la violencia o la coacción de ningún poder, ninguna creencia, ninguna consideración ética.
La intolerancia no tiene justificación; mucho menos las atrocidades que cometen los intolerantes, supuestamente para defender sus derechos y libertades. La intolerancia carece de argumentos, y cuando se blanden, detrás de estos siempre hay una falacia.
Es lo que acaba de demostrar una reciente investigación realizada por los sociólogos franceses Jean-François Mignot y Céline Goffette, publicada en el periódico Le Monde del 25 de febrero, acerca de las motivaciones para el atentado contra Charlie Hebdo. Esa investigación desmiente la idea que pudo servir de justificación al acto terrorista mortal del 7 de enero de 2015 y que costó la vida de 12 personas, entre ellas las de los caricaturistas estrella del semanario humorístico, Charb, Cabu, Tignous, Wolinski y Honoré.
La pregunta que orienta la investigación es la siguiente: ¿Es verdad que el semanario Charlie Hebdo estaba particularmente prejuiciado con el islam, que sus caricaturas burlescas mostraban una obsesión por difamar e insultar a esa religión?
Pues la respuesta es no. Nada de eso. Nunca habrá razón para una barbarie similar, y mucho menos cuando el crimen cometido se apoya en una falacia. Ese es el mensaje que envían los investigadores al analizar las “unas ‘’ o principales titulares del semanario, 523 en total, de enero de 2005 a enero 2015.
He ahí los resultados: durante ese período el tema religioso solo ocupó un 7% en las “unas” de Charlie Hebdo:
”Cuatros grandes temas emergen de las “unas’’ de Charlie Hebdo: la política; las personalidades mediáticas del deporte y el espectáculo; la actualidad económica y social; y la religión. De las 523 “unas’’ en el transcurso de los diez últimos años, cerca de dos terceras partes (336) conciernen la política. Sigue la actualidad económica y social (85 “unas’’), luego las personalidades mediáticas del deporte y el espectáculo (42). La religión no es tema sino del 7% de las “unas’’ (38). Finalmente, 22 “unas’’ tratan varios temas a la vez: política y medias (no.919), medias y religión (no.928), religión y política (no.932), religión y asuntos sociales (no.927), etc.”
Son datos que desmontan las razones del terrorismo islámico contra Charlie Hebdo, que de ninguna manera nunca tendrá razón para matar ni para querer silenciar la libertad de expresión y pensamiento. Pero aún más, si alguna religión podía sentirse humillada o difamada por el semanario, no era principalmente el islam, sino el cristianismo. En efecto, la investigación demuestra que:
“Entre las 38 “unas’’ que tenían por blanco la religión, más de la mitad apuntan principalmente a la religión católica (21) y menos de 20% se burlan principalmente del islam (7). En cuanto a los judíos, estos son burlados siempre al lado de los miembros de por lo menos otra religión, como el islam en el no.1057.Tres “unas’’ conciernen todas las religiones a la vez, particularmente las “unas’’ 983 y 1108.
Y ahora, la conclusión general que echa por debajo la justificación de la masacre contra Charlie Hebdo:
“En total, de 2005 a 2015, solamente 1,3% de las “unas’’ se han burlado principalmente de los musulmanes. De hecho, Charlie Hebdo no estaba “obsesionado’’ por el islam. Si había obsesión era más bien dirigida a los hombres políticos franceses, en primer lugar a Nicolás Sarkozy, y en una menor medida a Le Pen y a Francois Hollande.”
Los autores materiales y los autores intelectuales del ataque a Charle Hebdo, además intolerantes, no entienden de libertad de expresión ni de libertad de pensamiento. Como muestra la investigación, el objeto de burlas y sátiras es, en casi su totalidad, la misma sociedad francesa en todas sus vertientes: la política; las personalidades mediáticas del deporte y el espectáculo; la actualidad económica y social. Y en cuanto a la religión, la católica es la tiene más presencia en los comentarios satíricos del semanario.
Y esto es algo que debe servir de lección: ninguno de los burlados o difamados principales por Charlie Hebdo recurrió a la violencia y el crimen para hacer valer su nombre, su honor o las virtudes o verdades que defienden. En muchos de esos casos, el medio de comunicación fue sometido a los tribunales, como debe ser en una sociedad libre y democrática, los cuales, según las leyes francesas de la libertad de expresión, dieron razón unas veces a los agraviados, otras veces al semanario.
Eso demuestra que no era necesario recurrir al crimen. Porque, además, los terroristas no entienden que Charlie Hebdo y su línea editorial provocadora y desafiante no surgió de la nada. Es parte de un sólido humanismo libertario del que Francia ha sido cuna y modelo, bajo las figuras de grandes escritores y pensadores como Montaigne, Rabelais, François Villon, Pascal, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, el Marqués de Sade, Víctor Hugo, Alfred de Musset, entre otros, y la Revolución francesa hasta nuestros días.
Es oportuna la apelación a la tolerancia en nuestro país en estos momentos, tomando como ejemplo el caso de Charle Hebdo. Desde un tiempo hasta acá estamos muy encasillados en la defensa de principios, valores y leyes que se consideran vitales. En particular, se vienen levantando brotes de fanatismo acerca de determinados temas provenientes de las religiones, católica y protestante, y de grupos que defienden posturas - en favor o en contra- en torno al tema haitiano y la nacionalidad dominicana.
Entre los intelectuales de nuestro país, y en general en la cultura dominicana, el delito de opinión es corriente. Quien no participe o milite en la orientación literaria o política del otro es objeto de las peores consideraciones. Es preciso cultivar más la tolerancia, respetando las sensibilidades artísticas, literarias, ideológicas y políticas de cada uno, y sobre todo la preservación de la vida humana.
El fanatismo es hoy, como lo fue ayer, una plaga asesina que debemos combatir, de ahí la necesidad de que todos siempre seamos Charlie Hebdo, y de que todos apliquemos el pensamiento de Voltaire : “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.”
Ninguno de los burlados o difamados principales por Charlie Hebdo recurrió a la violencia y el crimen para hacer valer su nombre, su honor o las virtudes o verdades que defienden. En muchos de esos casos, el medio de comunicación fue sometido a los tribunales, como debe ser en una sociedad libre y democrática, los cuales, según las leyes francesas de la libertad de expresión, dieron razón unas veces a los agraviados, otras veces al semanario.