Noche en el crematorio: Imborrable experiencia de un dominicano en New York
Ya graduado de bachiller, en 1973, decidí irme a trabajar a los Estados Unidos. Tenía parientes allá y las cosas, aunque difíciles al principio, empezaron a funcionar. Tras una serie de trabajos mal pagados obtuve un empleo estable en un almacén de alimentos al por mayor en Nueva York. Me iba bien y a los dos años ya me había comprado un carro, no nuevo, pero casi. Me enamoré entonces de Lidia, una muchachita dominicana criada allá y muy pronto empezamos a hablar de matrimonio. Como soltero ganaba bien, pero, viviendo como vivía, en un cuarto de pensión de “building”, me di cuenta de que necesitaba más dólares para alquilar un apartamento y empezar juntos a comprar muebles para casarnos. Revisaba siempre los clasificados de empleos del New York Times y a los pocos días me llamó la atención un aviso que leía más o menos así:
Night Job, highly paid
Simple tasks to do
No experience necessary
(Empleo nocturno, muy bien pagado
Tareas simples a realizar
No se requiere experiencia)
Llamé para una cita y me presenté a la entrevista. Era en las afueras de Jersey City, de 9 de la noche a cinco de la mañana. -¿Qué tengo que hacer? -Very simple- me explicaba un señor blanco, grueso, rubio, sin dejar de mirarme a los ojos. –You see, we cremate bodies for funeral homes (Verá, cremamos cadáveres para funerarias). –You will operate the burner (Ud manejará el horno). Tragué en seco al escuchar esto, pero el corpulento gerente quiso tranquilizarme ofreciéndome dos días libres y ¡700 dólares a la semana!, explicándome además, que a los seis meses, si me mantenía como un buen empleado me haría un aumento. Bueno, del trabajo no estaba muy seguro... pero del sueldo sí.
–I ‘ll take it, (Acepto) dije. Me dio entonces la mano y dijo: O.K. you start on Monday (Bien, comenzará el lunes). Mientras regresaba de la entrevista con un flamante nuevo empleo, saltaba de gusto en el auto, pues en realidad pensaba conservar mi otro trabajo, reduciéndolo a medio tiempo, de siete a once de la mañana, dormir algo en las tardes y cruzar a Nueva Jersey en la noche.
-Pronto podré alquilar y amoblar un ‘nice apartment’, y hasta guardar dolaretes, pensaba y reía.
Al tercer día de mi nuevo trabajo, el compañero que me había enseñado a usar el horno, un gringo, John, creo que de apellido polaco, alto, con espejuelos grandes y nariz larga, me sorprendió: -This is my last day with you (Este es mi último día contigo) I have to move to the day shift (Tengo que cambiarme al turno de día).
–And who I will be with? (¿Y con quién me quedaré?) pregunté.
–Nobody. These are one-man shifts (Nadie. Estos son turnos de una sola persona) me respondió a secas.
Anonadado, porque nadie me había aclarado antes el punto, ese de que iba a trabajar solo, pensé en hablar inmediatamente con el Gerente, aunque tenía que esperar hasta el sábado siguiente, en que yo estaría libre por la mañana, para verle.
–Hmmmj... arrugué la boca, quemar cadáveres solo... y de noche, ya es otra cosa. Bastante tenía ya con caminar desde el automóvil, que podía aparcar únicamente en un lote junto a la Autopista Lincoln hasta el Crematorio, a larga cuadra y media, sin casas, ni viviendas ni negocios abiertos a esa hora. Tan sólo fábricas, almacenes... ¡y ni un solo peatón! Me preocupaban los posibles asaltantes o “joloperos” (Hold Up) de tan triste fama en aquellos tiempos (“si te asaltan -me decían- y te encuentran pocos chavos te dan una paliza para que la próxima vez lleves más dinero”).
El jueves, pues, con la vergüenza en el bolsillo y el miedo en la espalda sorteé mi viaje de ida y vuelta a mi ahora solitario turno de ocho horas sin novedad, en compañía de inertes seres humanos que, en fila horizontal esperaban pacientemente para coger fuego y ser recogidos, en cenizas y huesecillos en un receptáculo especial con su identificación.
Los servicios de Tov & Thomas* -así se llamaba el crematorio- eran requeridos a toda hora. Llegaban carrozas funerarias motorizadas o ambulancias privadas con sus entregas etiquetadas y sus correspondientes autorizaciones. Algunos llegaban con frío de congelador de morgue, otros con natural frigidez cadavérica. Llegué a tener hasta nueve “clientes” para “trabajarlos y devolverlos en pequeñas urnas que eran recogidas en el turno de día.
¡Cuánto trabajo! No dejaba de sentir un extraño escalofrío y un sentimiento como de hacer algo indebido, cuando incineraba a un muerto. Era un ser humano, me decía. Esta no es una manera natural de terminar con el cuerpo que albergó una vida. Para empeorar las cosas, a través del grueso cristal y por encima del sereno fragor de las llamas del horno, podía escuchar el crujir y silbar de algunos cuerpos calcinándose. Como remedio, empecé a encender una vieja radio que había encontrado allí. Parece que otros cremadores también la usaban. Aun así, mi aprehensión no se desvanecía.
Cosa curiosa, el último día de mi primera semana, el viernes, no encontré un solo cadáver esperando. Como a las 11:30 p.m llegó el primer vehículo funerario con su macabro encargo. Intercambiamos documentos y recibí un cuerpo para ser recogido en la mañana. Sin ninguna tarea pendiente pues, preparé a un hombre de tez blanca, de mediana estatura, delgado, con entradas en la frente que pintaba unos 40 años, diría. Lo coloqué desnudo en la larga bandeja corrediza y empujé el mecanismo para introducirlo al horno. Prefijé en los controles el tiempo y la temperatura para cuerpos de tamaño y peso promedio. Encendí y me senté en el escritorio, colocado frente a la única ventana del horno, situada lateralmente con vidrios resistentes a temperaturas de más de 1,800 grados Fahrenheit, requeridas.
Suena el teléfono. Es uno de los agentes funerarios preguntando por un trabajo encargado en la mañana. Me levanto, mientras converso, para dirigirme al anaquel de urnas listas, viendo de soslayo el resplandor de la ventana de chequeo. Al colocar el auricular encima del escritorio tengo una extraña sensación, como de ser observado, giro hacia el horno y no creo lo que mis ojos ven.
–... Lentamente se incorporaba hasta lograr sentarse, vista al frente
No sabía qué hacer: me petrifiqué en la escena que me pareció, se detuvo por completo, para dar paso a la paróxica experiencia que aguardaba a continuación
–...inmediatamente, de vista al frente empezó a tornar el cuello y mover lentamente la cabeza hacia la ventana del horno en un movimiento que parecía ser accionado por un mecanismo de cuerda.
Retrocedí por impulso y tropezando mis piernas con el escritorio casi caigo sentado ante esta visión de espanto que fue coronada cuando
–... al completar el movimiento de la cabeza sus ojos se encontraron con los míos abriendo lentamente la boca, que empezó a deshacerse mientras feroces, las llamas obscurecían todo el cuerpo.
Salí de allí entre gritos desesperados y aullidos de espanto dejando horno y establecimiento encendido y desatendido. Corrí jadeante al auto, llamando, rogando encontrarme con alguien que me auxiliara... pero ... nadie. Arrimado ya al vehículo buscaba nervioso las llaves sin encontrarlas, hasta que las sentí en la chaqueta. Monté y como pude me alejé de allí a toda velocidad. Una fría llovizna invernal empezó a cubrir el parabrisas y tuve que encender el limpiador, pero aún así no podía distinguir bien adelante, pues nada podía detener la borrasca que de continuo empañaba mis ojos, que también se movían con los convulsos estremecimientos del cuerpo...
Aún me sigue visitando la horrible visión en episodios de pesadilla con capítulos todavía más dantescos; uno de los más repetidos, el muerto quemándose que sale del horno y me persigue. En variaciones, a veces me grita mientras corre, “Why did you do it ! ”( ¡Por qué lo hiciste!)
* El nombre de la agencia ha sido cambiado en este artículo por razones obvias.
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