Noticias viejas, noticias frescas

Ilustracion RamÓN L. SANDOVAL
Amontonados a la puerta de entrada, con sus noticias gastadas por el paso de los días pero a resguardo de las inclemencias del tiempo gracias a la cubierta de plástico, los periódicos testimonian indiscretamente la ausencia del inquilino. Impecables, impolutos, con sus columnas y columnas de texto, fotografías y anuncios que nadie ha visto ni tocado, contrasta la virginidad del papel con la inutilidad de casi la totalidad del contenido.

En este mundo de noticias instantáneas, la obsolescencia del diario es igualmente rápida. A veces ya es viejo cuando alguien anónimo lo entrega en un ritual que se oficia de madrugada. Poco importa que en la casa no haya manos ansiosas por recogerlo; que no existe la prisa que la cortedad del tiempo impone para digerir todo lo que se ofrece en decenas de páginas con el espacio cuidadosamente aprovechado. Material para más de un libro grueso. Aún así, el diario es una costumbre, una seducción que se repite cada mañana y a la que se sucumbe con pasión que nunca muere, pese a la tanta desolación, agravios y congojas que a menudo deparan sus páginas.

Desbordado el ciudadano trotamundos por el aluvión de informaciones que llegan por todas las vías, la tentación de encarar la montaña de ejemplares que han sobrevivido sin mella lluvia, neblina, sol y sombra a la espera de su destinatario, es poca. El destino más probable será el recipiente especial donde en los barrios londinenses se coloca la basura con vocación de reciclaje, y que un día específico de la semana es recogida por un camión. No habrá noticias recicladas, sólo papel.

"The Economist", la joya de las publicaciones periódicas británicas, se atrevió a ponerle fecha a la muerte del diario. Y hay quienes también apuestan a la desaparición del libro impreso, reemplazado todo por ediciones digitalizadas a menor costo y con la misma o mayor eficacia. Hasta el prestante director del "New York Times", en estos días en Londres por compromisos profesionales, no descarta que su medio deje de imprimirse en un futuro no muy lejano, y de ahí la concentración de esfuerzos en la edición digital por cuyo contenido habrá que pagar a la vuelta de unos meses. Auguran que la civilización del papel tiene los días contados, no así para Carlos Fuentes, quien prevé una coexistencia de las diferentes modalidades per saecula seculorum, y para quien un ordenador es objeto de otra galaxia. ¡Que manuscribir Terra nostra, por ejemplo, es una doble hazaña, literaria y artesanal!

Destinados a una máquina que tras engullirlos, triturarlos, empaparlos y desposeerlos de todo rastro gráfico los devolverá al estado de papel prístino, quién sabe para qué uso, tantos periódicos sin ser leídos equivalen a un desperdicio anticipado. Les llegó el final antes de cumplir cometido alguno.

Sin embargo, un diario es más que informaciones. Puede ocuparse de hechos aparentemente irrelevantes, alejados de la concepción tradicional de la noticia, y que no encuentran acogida en el periodismo digital, --por lo menos en su versión más común--, más orientado a los acontecimientos recientes, de más impacto, y obligado por las limitaciones intrínsecas del medio a un uso diferente del espacio. Hay otra lectura posible de ese diario aparentemente inservible, con noticias "déjà vues", y razón para escarbar en esa montaña de páginas a la búsqueda de esas notas sencillas, pequeñas, pero donde confluyen la grandeza y pequeñez de la condición humana.

Así, es posible enterarse de la existencia de una llamada Corte de Protección, con jurisdicción sobre los asuntos tocantes a los incapacitados mentales. En una sentencia que reivindica nuestro don más preciado, la libertad, decidió que no se ajusta a la ley la pretensión de un ayuntamiento de forzar una mujer de muy bajo coeficiente de inteligencia a tomar anticonceptivos.

Caso complejo, porque el gobierno municipal en cuestión se ha visto obligado ya a otorgar en adopción a dos hijos anteriores. El esposo, se ha argumentado, es violento e intimidatorio y a todo lugar quiere otro vástago. Pero no, para el juez, la petición equivale a una posibilidad horrenda, con trazos de ingeniería social que nos acercarían a uno de los aspectos más repugnantes del nacionalsocialismo. Si la mujer queda embarazada, pues que así sea. Ya evaluará el ayuntamiento la situación y decidirá en consecuencia. Los derechos no se pierden con la disminución mental. Y no puede el Estado invadir el terreno de lo personal

La historia tiene un final. Al menos la del reloj de la catedral de Wells, en el oeste británico, y que ha estado en funcionamiento desde 1380, más de un siglo antes de que nuestra isla fuese "descubierta". Cinco generaciones de una misma familia, la Fisher, le han dado cuerda desde el 1919, para ese entonces ocupado nuestro país por tropas norteamericanas y, el Reino Unido, recién salido de la Primera Guerra Mundial. El reloj mecánico más viejo del mundo no lo será más, ni la familia Fisher dedicará una hora tres veces a la semana a darles 800 vueltas a las pesas de 250 kilos. Un motor reemplazará al músculo, y Paul Fisher podrá retirarse tranquilamente a sus 63 años.

Nadie notará que otras fuerzas mueven el reloj, que no será necesario recambiar el mecanismo como se hizo la última vez en 1880. Las mismas manecillas nos dirán la hora y podremos continuar viendo las fases de la luna, reflejadas en la cara de un reloj que ha medido y pregonado tantas y tantas horas, día tras día, ininterrumpidamente, durante casi siete siglos.

Los caribeños no sabemos de los halcones peregrinos, un ave de presa muy apreciada en el Oriente Medio. Un huevo se vende hasta por ocho mil dólares en Dubai, por ejemplo, donde la halconería es tan popular como la carrera de caballos. Se trata de una especie en extinción, y sólo quedan 1,200 parejas en capacidad de procreación en el Reino Unido.

Pues a un señor lo atraparon en el aeropuerto con 14 huevos del llamado "Ferrari del aire" amarrados al cuerpo para mantenerlos incubados. Es un ave impresionante, capaz de volar a casi 100 kilómetros por hora cuando persigue una presa, para luego hundirse en los aires a la velocidad alucinante de hasta 400 kilómetros por hora.

Alguien lo vio en el baño y pensó que se trataba de un terrorista, con una bomba atada a la cintura. De haber llegado a Dubai, su destino final, esos embriones le hubiesen representado 100 mil dólares y no los 30 meses de cárcel a que fue condenado. De los huevos, once mutaron en pichones que serán devueltos a donde pertenecen: a la naturaleza silvestre, su verdadero hábitat, y no a una jaula en un cuarto con aire acondicionado para, debidamente entrenados y encapuchados, cazar y divertir a unos árabes ricos.

Hay sentido de comunidad y de solidaridad en el Londres de casi ocho millones de habitantes, con las representaciones raciales y culturales más diversas. En una barriada oriental, una señora de 90 años casi se muere del susto cuando volvió de España y encontró la puerta delantera de su casa en el suelo. No fueron ladrones, sino la Policía, alertada por vecinos que, al no escuchar señales de vida, pensaron que la inquilina había fallecido o estaba gravemente enferma. No estaba muerta, sino de vacaciones.

Y aunque frente al hogar de la anciana se hubiesen amontonado los ejemplares de periódicos en señal delatora de ausencia, la preocupación hubiese sido la misma. Solo que, conociendo el cuidado de la Policía londinense, hubiese encontrado los periódicos cuidadosamente ordenados sobre alguna mesa. Con las mismas noticias obsoletas, muchas sin posibilidad alguna de ser historia. Pero también otras con la carga de humanidad que nos obliga a concluir que hasta un periódico viejo revela en toda la extensión lo que somos y no somos.

El diario es una

costumbre, una

seducción que se repite

cada mañana y a la que

se sucumbe con pasión

que nunca muere, pese a

la tanta desolación,

agravios y congojas que

a menudo deparan sus

páginas.