Un Nobel para el periodismo literario
No conocemos su obra, ni su nombre había aparecido en algún espacio a nuestro alcance como para señalarla, siquiera, de referencia. El Nobel Vargas Llosa dijo desconocerla por completo. En el ámbito de nuestra lengua un solo libro suyo ha sido traducido, con escasa lectoría, según parece. Nada de esto ha de importar, por el momento. Lo realmente trascendente es que, por primera vez desde 1901 cuando cumpliendo con el testamento de Alfred Nobel la Academia Sueca entrega el máximo galardón de las letras universales, se ha otorgado el mismo a una obra y a un nombre que provienen del periodismo literario.
Svetlana Alexiévich no es novelista ni poeta ni cuentista ni dramaturga. Es periodista que labora para una revista cultural de Minsk, la capital de Bielorrusia. Y periodismo es lo que sabe hacer, pero con un manejo literario que le ha permitido ser considerada digna de recibir el Nobel de literatura de este año, un hecho totalmente novedoso. Acababa de llegar de su dacha y se dispuso a planchar sus ropas cuando recibió la llamada desde Estocolmo. Nacida en Ucrania, hace sesenta y siete años, Svetlana se consagra como la primera periodista en recibir el codiciado lauro, lo que marca un giro mayor de los trescientos sesenta y cinco grados en el formato de adjudicación del premio, que ya comenzó a dar señales de cambio cuando hace dos años premió a la cuentista canadiense Alice Munro, por lo que también, entonces, se valoraba el ejercicio de la cuentística –Munro solo escribe relatos cortos- que le resultaba tan poco atractivo a la Academia sueca.
Estamos hablando de que el periodismo literario ha entrado ya por la puerta grande como un género a ser considerado parte del ejercicio de la literatura desde otra perspectiva y estilo. El mundo se encuentra viviendo un proceso de transformación radical de sus tradiciones en todos los órdenes y la nomenclatura de los géneros literarios consabidos sufre variables de consideración. Es un hecho que se percibe desde hace rato, pero no pocos mantienen sus reservas, sobre todo los escritores y críticos más ortodoxos que todavía no aceptan que existen diversas maneras de crear, enfocar, manejar y proyectar el hecho literario. Este Nobel pues, ha de marcar pautas en lo adelante, de modo más categórico. Alberto Manguel, uno de mis gurú preferidos, ha escrito por estos días, al destacar el premio a Svetlana, que no ha de descartarse que, en años próximos, géneros literarios como el cómic y la novela gráfica sigan rompiendo el cursor del Nobel y de otros galardones alrededor del mundo, haciéndose merecedores de estos reconocimientos. ¡Cuánto celebraría yo que le diesen el Nobel a Quino por Mafalda, el ejercicio literario gráfico más audaz, sabio, retador y contundente que ha conocido la humanidad! Al fin y al cabo, la única premisa del Nobel es que se le conceda el premio a la obra literaria más destacada “en pos de un ideal”.
¿Cuál es la historia de Svetlana, ya que de su obra no podemos hablar si aún no la conocemos? Ella decidió escribir desde el periodismo sobre el drama humano generado por el totalitarismo, teniendo como fuentes los testimonios de las víctimas y las referencias documentales. Desde ese planteamiento y visión, hizo del reportaje periodístico un vehículo literario para denunciar situaciones específicas de su sociedad, ajena a dogmatismos y acorralamientos políticos. “He buscado durante largo tiempo el género que respondiera a cómo yo veo el mundo. Y escogí el género de las voces humanas”. O sea, desde el periodismo, que es el género de la realidad real, Svetlana crea su propio enfoque en el cuerpo y plasma de una especificidad que golpea sus instintos y su conciencia. “Yo construyo mis libros y los recojo de la calle. Desde la ventana. En ellos, diversas personas reales hablan sobre los diferentes acontecimientos de su tiempo: la guerra, el hundimiento del imperio soviético, Chernóbil, y todos juntos reflejan en las palabras la historia del país, la historia común. La vieja y la más reciente. Y cada uno, la historia de su pequeño destino humano”. Ella ha tenido que explicarse ante sus congéneres de profesión una vez se anunció que era la ganadora del premio, pues ni ellos ni escritores y lectores del mundo, conocen a cabalidad su obra. Incluso en su país, sus libros no se publican desde hace veinticinco años a causa de la censura oficial. Tal desazón producen en los totalitarios.
Svetlana es una periodista y escritora que comenzó a hacer su tránsito en los años ochenta, cuando aparecieron en esa década sus dos primeros libros: “La guerra no tiene rostro de mujer” y “Los últimos testigos. Cien relatos no de niños”. En los noventa, publica tres: “Hechizados por la muerte”, “Los muchachos de zinc”, y “Voces de Chernóbil”, que es hasta ahora el único traducido al castellano. Hace dos años dio a conocer “Tiempo de segunda mano: el fin del hombre rojo”. Su traductor, Ricardo San Vicente, ha declarado que la suya es una literatura “al servicio de la realidad”. Y ha destacado el carácter periodístico y documental de su obra: “La veracidad periodística se funde con el complejo tratamiento literario de la obra”, que gira fundamentalmente en torno al hundimiento del mundo soviético del que ella abomina. Lo ha dicho con estas palabras, ella que es una mezcla bielorrusa, ucraniana y rusa: “Amo el buen mundo ruso, el mundo ruso humanista, de la literatura, el ballet, la música, aquel ante el cual todos se inclinan, pero no me gusta el mundo de Beria, de Stalin, de Putin; ese no es mi mundo”. Entonces vamos descubriendo que su batalla periodística ha sido contra el totalitarismo que afecta por igual “a los verdugos y a las víctimas”, según ella explica. “Seguimos viviendo el trauma de aquel periodo, todos estamos anclados a la experiencia soviética... por eso escribo sobre el hombre rojo, sobre la utopía que duró más de setenta años y los más de 20 años que estamos necesitando para salir de ella”.
Marta Rebón (es obligación acudir a quienes la conocen bien), traductora y crítica literaria, ha afirmado que Svetlana es un “hito del reportaje periodístico contemporáneo”. Ella no ha hecho otra cosa que ser periodista, en el ejercicio y en la escritura, solo que desde un estilo y una visión literaria propias y, sobre todo, desde una concepción del mundo que busca dar voz a las víctimas de los sistemas que han enterrado la libertad, la conciencia, la dignidad y la propia vida humana. Fijémonos bien en la impronta de este periodismo que ha merecido un Nobel. Su primer libro es de entrevistas a mujeres que participaron en el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial. Luego, hizo la crónica de los traumas que sufrieron los jóvenes –y sus familias- que participaron en la guerra de Afganistán; escribió un amplio reportaje sobre la plaga de suicidios ocurridos tras el desplome de la URSS; y, formuló el retrato de la tragedia nuclear de Chernóbil y sus consecuencias.
Svetlana Alexiévich acaba de honrar el ejercicio del periodismo literario, al ser la primera receptora en el género del magno lauro universal de las letras que se concede desde hace ciento catorce años en Estocolmo. Marta Rebón recordaba que la literatura que utiliza el testimonio como materia prima es de larga tradición en la literatura rusa: Turguéniev, Chéjov, Dostoievski, Solzhenitzin. En nuestro espacio hispanoamericano, lo hizo Gabriel García Márquez más de una vez (Relato de un náufrago, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile). Lo hace hoy la argentina Leila Guerriero, con un periodismo narrativo de primer orden (Los suicidas del fin del mundo; Frutos extraños). Y Javier Cercas acentúa con primores la valía y proyección del género con dos cañones de puro periodismo literario (Anatomía de un instante; El impostor). La ganadora del Nobel de este 2015 crea y recrea el periodismo literario, otorgándole al oficio “su sillón en el Parnaso” como ha escrito Manguel. Han de esperarse pues que lleguen pronto sus libros que, de seguro, ahora se traducirán a toda máquina. “Los totalitarismos, como los materiales radioactivos, tienen una vida muy larga y siguen emitiendo toxicidad de un modo invisible. Continúan quemando por dentro, imperceptibles a los ojos”, ha escrito Marta Rebón. Desde el periodismo literario, Svetlana ha puesto al totalitarismo de cabeza, recordándonos la dureza y espanto de los años soviéticos, y lo pronto que la gente olvida y vuelve a aparecer “la fiera en el hombre”.
Para la elaboración de este texto nos hemos servido de artículos de Alberto Manguel, Marta Rebón, Pilar Bonet y Ricardo San Vicente, de El País.
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