Zamba para no morir

La noticia de la gravedad de Mercedes Sosa se regó como pólvora por un planeta que la vio rodar por su geografía para cantar por décadas canciones con fundamento. Redoble de bombo, voz grave, guitarra y charango. Zambas, chacareras, vidalas, bagualas, guaranias, gatos cuyanos, cuecas, carnavalitos, milongas, tangos, canciones, rock. Todo lo ensambló en su prodigiosa caja toráxica para darle soplos de vida sonora, esta tucumana tan tuya, tan mía, tan de todos. Quien sin ser creyente, sólo le pidió a Dios "que el dolor no me sea indiferente,/que la reseca muerte no me encuentre/vacío y solo sin haber hecho lo suficiente". La conocí en Buenos Aires a mediados de los 60, cuando emergía con fuerza renovadora del festival folklórico de Cosquín, en Córdoba, promovida por el "turco" gaucho Jorge Cafrune. Enamorado del folklore del Cono Sur y de los Andes, asistí al teatro Payró a un recital suyo. En Lavalle compré sus primeros Lps (Canciones con fundamento; Yo no canto por cantar), cargados de zambas y chacareras. Llevé a Santiago de Chile la buena nueva, que compartí con los amigos. En el Teatro Municipal de la capital chilena pronto pudimos reiterar la experiencia. Yo que andaba embelesado, quedé prendado de esta india valiente, con su cara de lunita tucumana y su cuerpo de tinaja.

Aunque la fiebre de la nueva canción -neo folklore incluido- sudaba la protesta social dando voz a los humildes y recogiendo la agenda de los sin tierra, los temas que me amarraron a la Sosa tenían otro perfume. Creaban la atmósfera propicia para esa vieja y majadera seducción entre pareja, insoslayable y grata. Dolorosa, además, como la dialéctica del dulce y el amargo. Zamba azul (del poeta mendocino Armando Tejada Gómez y Tito Francia) fue un recurso amatorio perfecto, cuando la juventud, briosa e incansable, desplegaba sus mejores metales en la intimidad: "Como un limpio amanecer/era tu pollera azul/Cielo por la zamba/duende andaba el aire/enredandote a mi voz/Mientras mi guitarra/buscaba en el alba/coplas que cantaran/ nuestro amor." De una textura sedosa, el texto se requiebra en remembranza azul: "Siempre te recordaré/junto a tu paisaje azul/Sombra que no olvido/Silueta del río/vestida de trigo y luz". Para remachar reflexivo: "Dicen que el olvido es cruel/Que no vuelve del adios/Pero mi guitarra/suena a zamba tuya/cuando por la noche estoy/buscándole grillos/que canten tu nombre/en la oscura voz del diapasón."

Practicante entonces de la guitarra folklórica -guiado por un manual y las orientaciones de algunos compañeros diestros en la materia-, habitué de peñas folklóricas como la de los hermanos Angel e Isabel Parra, en Santiago, y de otras en Buenos Aires, estas coplas revoloteaban en mi mente como pájaros de juventud. En el manual de marras figuraba Luna Tucumana, de Atahualpa Yupanqui, canción con la cual los argentinos sepultaron a coro a la Negra Sosa. Fue de las primeras que aprendí, esta lunita tucumana, "tamborcito calchaquí/ compañera de los gauchos/ en la senda del Tafí", un verdadero estandard que también grabó Mercedes. Sin embargo, Zamba para no morir, una de sus primeras grabaciones (letra Hamlet Lima Quintana y música Ambros-Rosales) me conquistó el diapasón sentimental. Su poca difusión entre centenares de temas popularizados por la cantora, amerita la transcripción íntegra. Por demás, su lírica profética encarna la biografía de esta artista extraordinaria que vivió para no morir.

"Romperá la tarde mi voz/ hasta el eco de ayer./Voy quedándome solo al final,/ muerto de sed, harto de andar./Pero sigo creciendo en el sol/Vivo./Era el tiempo viejo, la flor,/la madera frutal./Luego el hacha se puso a golpear,/verse caer, sólo rodar./Pero el árbol reverdecerá/ nuevo./Al quemarse en el cielo la luz del día/me voy./Con el cuero asombrado me iré,/ ronco al gritar que volveré/repartido en el aire a cantar,/siempre./ Mi razón no pide piedad,/se dispo ne a partir./No me asusta la muerte ritual,/sólo dormir, verme borrar./Una historia me recordará/siempre./ Veo el campo, el fruto, la miel/y estas ganas de amar./No me puede el olvido vencer,/hoy como ayer, siempre llegar./En el hijo se puede volver/nuevo."

Esa misma envolvente referencia telúrica figuraba en otras piezas encantadas por la voz de una juvenil Mercedes Sosa. La Zamba del Riego, que es también la del vino, de Armando Tejada Gómez y Oscar Matus (esposo de la artista), nos habla del Guaymallén mendocino -tierra ubérrima de viñedos y durazneros- y del origen indígena huarpe de este asentamiento. "Por el Guaymallén, el duende del agua va/Llevando una flor de greda y de sol/que despertará en el riego/La voz vegetal del huarpe que está/dormido en su paz mineral./ Se va tu caudal, por el valle labrador/Y al amanecer sale a padecer/La pena del surco ajeno/Verano y rigor, va de sol a sol/la sombra del vendimiador." Zamba coronada en el vaso celebrante del zumo de la vid: "Morada zamba del riego, el agua te cantará/Cuando ande en la voz del vino cantor/la vendimia de mi pueblo/Y suba un rumor de acequia y cancion/por el rumbo agrario del sol."

De la colaboración fecunda del poeta de Salta Jaime Dávalos y el guitarrista cantautor Eduardo Falú surgieron temas emblemáticos que la Sosa consagró con su voz ronca y profunda de tinaja quechua. La Canción del Jangadero ("Río abajo voy llevando la jangada,/río abajo por el alto Paraná./ Es el peso de la sombra derrumbada,/con el anhelo del agua que se va"), describe el obraje maderero practicado en la provincia de Misiones ("la sombra derrumbada" declara el poeta) y el transporte fluvial de las vigas de cedro, lapacho, incienso y peteribí en jangadas o balsas. Para el jangadero que conduce la jangada, su destino por el río es derivar. Va detrás de su horizonte fugitivo y la sangre con el agua se le va.

De esta dupla salteña prolífica nació Juanito Laguna -"mirando la luna/ que se hizo con agua"- que canta a la negra suerte del anegado por las crecidas fluviales cíclicas, atrapado sin salida "en su barro tierno de dolor eterno". En la voz de esta médium prodigiosa -como recién la describió en Aristegui el cantautor uruguayo Daniel Viglietti, cuyo tema Dale tu mano al indio o Canción para mi América fue catapultado por la tucumana- se anuncia el mandato irrefrenable de la madre naturaleza: "En la correntada turbia y encrespada/van a la deriva,/entre la resaca, árboles que arranca/ de cuajo el torrente, minuciosamente/se imponen las aguas de la inundación."

Pero Falú y Dávalos, jangaderos de nostalgias y juglarías, no sólo se ocuparon de testimoniar la dureza del trabajo y los desastres causados por la fuerza implacable de la naturaleza. Tonada del viejo amor nos devuelve la belleza de la vida, entonada con la cadencia sentenciosa de Mercedes Sosa: "Y nunca te he de olvidar/en la arena me escribías/y el viento lo fue borrando/ y estoy más solo mirando el mar." La evocación, melosa, repara la ausencia: "Qué lindo cuando una vez/bajo el sol del mediodía/ se abrió tu boca en un beso/como un damasco lleno de miel." La esperanza del reencuentro reverdece en versos que la voz explaya: "Quisiera volverte a ver/sonreír frente a la espuma/tu pelo suelto en el viento/como un torrente de trigo y luz."

En el rico inventario de Mercedes Sosa figura sobresaliente su sentido homenaje a Violeta Parra. Grabado el álbum en los 70, las últimas composiciones de esta cantautora chilena cobran nuevos matices y ganan vuelo. Volver a los 17, "después de vivir un siglo", nos enternece "como un niño frente a Dios", nos retrotrae al momento fecundo en que la Parra ama otra vez, enredada "como en el muro la hiedra", arropada por un sentimiento que le va brotando "como el musguito en la piedra". Relanza Gracias a la vida, al grado de confundirse canto y cantora, en un solo haz luminoso, pletórico de sugestivas inflexiones tonales. Levanta una de las más bellas piezas de esta arpillera mapuche, La Lavandera, con su mensaje terrible de despedida suicida. "Ya me voy con mi canasta/ de tristezas a lavar/ al estero del olvido/ Déjenme, déjenme, pasar". Nos transmite la alegría esperanzada de la chilena universal en la canción Me gustan los estudiantes, "porque son la levadura/del pan que saldrá del horno/con toda su sabrosura". Y su llamado bolivariano y pacifista, presente en la cueca Los pueblos americanos: "por un puñao de tierra/ no quiero guerra".

Del cantautor tucumano Atahualpa Yupanqui -a quien conocí en Chile y con quien compartí en Santo Domingo, organizándole un tenso conversatorio en el Museo del Hombre Dominicano en los inicios de los 80, cuando dirigía esa entidad cultural, ampliado en casa de Milagros Ortiz Bosch-, la Negra Sosa grabó todo un Lp. en 1977 con sus temas fundamentales: Piedra y camino; Guitarra dímelo tú; Chacarera de las piedras; Tú que puedes vuélvete; La viajerita; Los hermanos; Criollita santiagueña; La alabanza; La arribeña; Duerme negrito; Zambita de los pobres; El alazán. Con motivo de ese viaje, en rueda de prensa organizada en un establecimiento en el malecón, el difícil Yupanqui se molestó ante la pregunta de un periodista, quien le pedía pronunciarse frente a la censura que el régimen militar argentino le había impuesto a su compueblana de patria chica. Cuando llegué, don Ata -quien residía en París- abandonaba el lugar iracundo y me decía encendido: "Qué tengo yo que ver con las inconveniencias que dice la tucumana. Allá ella que se mete con los milicos". Yupanqui había sido militante del Partido Comunista entre 1945 y 1952.

El pianista Ariel Ramírez y el poeta Félix Luna empataron sus talentos para regalarnos Alfonsina y el mar, que la Sosa inmortalizó. Una fecunda relación que prodigó producciones memorables: Mujeres argentinas (en la que figura Juana Azurduy, Manuela la Tucumana); Misa Criolla; Cantata Sudamericana. De lo mejor de la conjunción de virtudes en la discografía de esta exigente artista.

La Sosa electrizó a los dominicanos por vez primera en 7 Días con el Pueblo, un festival fabuloso organizado a finales de 1974 por Enriquito de León, Nélsida Marmolejos, Cholo Brenes, Freddy Ginebra, Ana María Acevedo, entre otros. Que congregó a Ana Belén y Víctor Manuel, Pi de la Serra, Danny Rivera, Lucecita Benítez y Antonio Cabán Vale, Los Guaraguaos, Noel Nicola y Silvio Rodríguez, Guadalupe Trigo, con sus pares locales Convite, Expresión Joven y Nueva Forma, y la furia merenguera del Combo Show de Johnny Ventura. Casa de Teatro y varios estadios alojaron esta fiesta solidaria de la Nueva Canción, en el marco de los terribles 12 años. Luego retornaría al escenario dominicano en el Teatro Nacional y en Casa de Teatro, para disfrute de todos.

Cargado su repertorio con nuevas canciones de jóvenes compositores argentinos de rock y pop. Del genial Fito Páez, Mercedes Sosa nos dejó Un vestido y un amor, y Yo vengo a ofrecer mi corazón. Del loquísimo de Charlie García Cuando ya me empiece a quedar solo. De Julio Numhauser, la efectiva cadencia de Todo cambia, que encandila a Milagros Ortiz Bosch. León Gieco, Sólo le pido a Dios. Astor Piazzolla y Pino Solanas cifraron la melancólica Vuelvo al Sur, "inmensa luna, cielo al revés". Y la Sosa tuvo energía para regalarnos Los Mareados y Cristal, dos tangos señeros de su querido Buenos Aires. Pero aun yo la espero en Zamba para no morir.