No se cambia soberanía por comercio
Este es un país invadido casi con certeza por más de un millón de haitianos indocumentados, aunque las cifras no registran esa magnitud, debido a la naturaleza ilegal de este fenómeno y a la ausencia de estadísticas creíbles.
Estos inmigrantes entran y salen cuando y como lo desean, protegidos por un espeso manto de complicidades: autoridades que no los ven, ni aplican las leyes; sectores público y privado que los emplean por conveniencia; ciudadanos que no les importa que la sociedad se destruya, mientras puedan ganarse la vida de cualquier manera.
Es un país que ha visto como su propia gente ha disminuido sus oportunidades de trabajo y de ingresos, al ser desplazados de sus ocupaciones por la mano de obra indocumentada; que contempla como las obras privadas y muchas públicas están en manos de haitianos, y los hospitales llenos de haitianas que vienen a parir, despojando de las escasas camas a las parturientas dominicanas.
Un país sometido desde hace un tiempo a la insolencia de grupos que están tratando de convertir la estadía ilegal de esos inmigrantes, en derecho a exigir que se les conceda la nacionalidad dominicana por encima de lo que establece el ordenamiento legal.
En el futuro cercano podríamos tener una población ajena a nuestra cultura, con gran peso relativo y capacidad de ejercer derechos políticos y electorales. En ese momento, el destino del pueblo dominicano, que con tanto tesón luchó por su independencia de Haití, estará en las manos de esa masa de inmigrantes, cuyo ingreso nadie autorizó, pero que por omisión todos hemos consentido.
País abochornado, una y otra vez, por vecinos caribeños, y que insiste en ser miembro de Caricom, cuando lo digno es olvidarse de la pertenencia a ese grupo, pues nada compensa, en absoluto, la mediatización de la soberanía, como quieren exigirnos. Es preferible insertarnos en el núcleo disperso de países de nuestra lengua, a los que nos unen lazos culturales e históricos muy fuertes, verbigracia Las Antillas grandes (el sueño de Hostos), Centroamérica y la ribera norte de América del Sur. Y, si no fuere posible, promover la integración total con la economía internacional al estilo de Japón.
Es un país que, salvo la digna alocución de su Presidente, hace algún tiempo en Cuba, ha permitido que se le acuse injusta y reiteradamente en escenarios internacionales sin reaccionar y despertar del letargo.
Este es un país que ya debe tener claro con la quema de banderas dominicanas y asaltos a nuestros consulados en Haití, que la agresión acecha, y que no es descartable que se esté buscando una excusa para obligarnos por la fuerza a que aceptemos como nacionales a millones de haitianos para calmar la conciencia de quienes no están dispuestos a recibirlos en sus amplios territorios, pero en cambio conspiran para que lo hagamos nosotros, posponiendo nuestro avance social y económico, tal vez por siglos.
Todo tiene un límite. La paciencia también.
El remedio es uno solo, con dos vertientes.
La primera, poner riguroso orden interno, con medidas disciplinarias pesadas: aplicar las leyes de migración y laboral. La segunda, promover el desarrollo de Haití.
Es hora de sacrificios y entereza, tanto para el área pública como privada.
Y en esto, óigase bien, en esto nadie puede pretender que cambiemos soberanía por negocio o intercambio comercial. La clase empresarial tiene que prepararse también: no puede haber excusa para incumplir las leyes de inmigración y las laborales.
El dominicano puede integrarse a todos los trabajos; es cuestión de mejorar las condiciones laborales, modernización tecnológica y capitalización de las empresas.
La nación está en peligro y cualquier chispa puede terminar en hoguera. Hay signos sobrados que advierten sobre la tragedia que pudiera sobrevenir. No la evitaremos ni con medias tintas, ni temores, lo que no significa que debamos precipitarla.
Ante tan alto umbral de riesgo, hay que promover cada minuto del día la dominicanidad, sin incitar al odio entre hermanos. El camino empieza por la exaltación de nuestros valores. Y continúa por la aplicación a rajatabla, sin contemplaciones, de las leyes de inmigración y laboral.
Nada de indocumentados. Nada de superar los topes establecidos en la legislación laboral. Cumpliendo nuestras leyes no podrán acusarnos, con falsedad, de explotación y racismo. En cambio, se abriría un inmenso abanico de oportunidades a la integración familiar, puesto que permitiría frenar la emigración de dominicanos desplazados de su tierra.
Hay, como decía el escritor español Luca de Tena, renglones torcidos de Dios. Quién sabe si esta tensión a que nos someten fuerzas externas, conduzca a este país a enderezar el rumbo y abandonar el camino equivocado que se ha estado transitando por satisfacer intereses individuales de algunos pocos.
Enderezar esos renglones puede que sea el verdadero nombre del desarrollo dominicano.
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