¿Nueva tendencia en la Navidad?

El otro día, al terminar mis compras en una de las populares tiendas “de un dólar”, fui a la caja a pagar. La cajera, a secas, me dijo: “¡Felices Fiestas!”.

En el acto le respondí, con cierto grado de educada cortesía, entusiasmo cristiano y con un poquitito de volumen en mi voz: “¡Feliz Navidad!”. Ella, en voz baja, me respondió: “Mucho me hubiera gustado decirle ¡Feliz Navidad!, pero aquí ellos no quieren que digamos eso” (“ellos”, por supuesto, quería decir sus empleadores).

Decidí en ese momento que como testigo de Cristo no me quedaba otra opción que la de nadar contra la corriente y que en lo adelante era obligatorio para mí declarar en alguna forma la frase: “El motivo de estas ‘fiestas’ es el nacimiento virginal de Jesucristo” (por si no lo saben).

Recientemente, alguien me envió de regalo una caja de hermosas tarjetas de felicitación navideña. Estas tarjetas eran tan bonitas y sus sobres les añadían una apariencia tan distinguida y refinada que decidí usarlas con algunos de mis allegados. Pero al leer el texto impreso en ellas, mi primer instinto fue el de tirarlas al cesto de basura o de hacerlas tiras en el triturador de papel. Eran tarjetas superatractivas, pero en conciencia no podía decirse que eran en absoluto tarjetas de Navidad. Es menester, sin embargo, que haga una concesión justa aquí. Entre las vistosas tarjetas había una o dos que llevaban impresas la frase “¡Feliz Navidad!” y una iba hasta más lejos pues decía: “Bendiciones en Navidad”.

Desafortunadamente, el grueso de las otras tarjetas tenía textos ambiguos o puramente secularizados. Por ejemplo, algunas decían: “Deseándole unas fiestas alegres y un Año Nuevo lleno de promesas”. El caso es que en este mundo confuso y despistado, hay muchísimas alternativas que traen “alegría” por montones, y que además son capaces de prodigar muchísimo placer. El problema es que suelen venir envueltas en el paquete de la degradación, de la distorsión, de la irrealidad y, lo que es peor, empacadas, a veces, en una abierta y podrida obscenidad.

En cambio, el ángel anunciador del Nacimiento de Emmanuel sí que trajo a los campesinitos que pastoreaban sus rebaños en las frías colinas de Belén un mensaje de sana y vigorosa “alegría”, y de sustanciales “promesas” de un auténtico gozo. Cuando bajaron apresurados al valle, hallaron felizmente a María y a su Bebé. Paralizados de asombro por su hallazgo milagroso, acababa de explotar ante sus azorados ojos el portento de la encarnación.

Se trata nada menos que de la encarnación de Dios mismo en Emmanuel “el Unigénito Hijo del Padre” (Jn 1:14). Emmanuel significa “con nosotros Dios” (Mt 1:23). No es maravilla entonces que los tímidos hombres del campo fueran energizados por la fuerza del Espíritu del Altísimo, para que vertiginosamente procedieran, por las comarcas vecinas, a publicar con “alegría” la Buenísima Noticia.