La vida

El frágil aliento que la violencia insiste en apagar

Lo único verdaderamente nuestro, al final, es la vida: ese aliento breve y vulnerable que, hasta donde sabemos, solo ocurre en este mundo imperfecto, compartido sin permiso, compartido con otras almas, rabias, miedos, pobrezas e ideologías absurdas. No sabemos producir la vida a voluntad. 

No sabemos devolverla cuando se apaga. Podemos intervenir un cuerpo, intubar, operar, medicar, llorar, rezar, investigar y castigar al que la quita (con sus excepciones). Pero cuando la vida se va, se acabó. Esa verdad elemental debería bastar para imponer una prudencia mínima.

Lamentablemente la sublimidad de la vida solo se toma en cuenta en muchos casos cuando ya deja de ser. Y no son solo los feminicidios, como los 30 que pesan en lo que va de año; los bombardeos militares sobre escuelas o las agresiones en la vía pública. No hay argumento que valga más que ese aliento frágil que sostiene a una persona.

No bastó para Esmeralda Moronta, que había denunciado acoso y vigilancia con GPS. La vida de una mujer no puede depender de que el agresor “todavía no haya hecho nada” a pesar de que exista una amenaza, persecución y control. 

Tampoco cuando una guerra convierte una escuela de niñas en un objetivo. Más de 180 muertos en Irán el 28 de febrero de este año. Totalmente olvidados. El suceso luego se diluye en un daño colateral por una guerra maldita que favorece a unas minorías que creen controlar el mundo. ¿En qué momento una niña sentada en una escuela dejó de ser intocable?

¿Por qué hay que darle una bofetada a la autoridad? ¿Y por qué una bofetada puede convertirse en un gatillo para disparar? La autoridad no puede olvidar que su poder existe precisamente para contener la violencia, no para multiplicarla. El orden público sin respeto por la vida se parece demasiado al desorden armado. La bofetada no debió ser, el tiro tampoco.

A pesar de que la humanidad avanza hacia un mayor respeto por la vida, lo hace demasiado lento. Todavía hay respuestas terminales para conflictos que debieron tener otra salida. 

La vida es el valor fundamental. No debería escudarse en respuestas posteriores que buscan evadir responsabilidades. La respetamos cuando uno de nosotros empieza a no elegir la violencia para la solución de conflictos.

Respetar la vida es aceptar límites. Es entender que toda persona lleva dentro un latido irrepetible. Y que ningún desprecio, petróleo en el mundo, despecho o una bofetada debe ser un botón para terminarla.

Periodista dominicano. Ha trabajado en los periódicos Diario Libre, El Caribe y Listín Diario donde ha ejercido cubriendo las fuentes de deportes y ciudad. Ha trabajado en radio, televisión y proyectos digitales.